Vía: Abc.es

Roberto Alagna, que abandonó en 2006 el escenario cuando fue abucheado mientras cantaba «Aida», iba a regresar al teatro milanés, pero lo ha cancelado: «Es superior a mis fuerzas». María Callas, Pavarotti o Caballé tampoco se libraron

Roberto Alagna, que abandonó en 2006 el escenario cuando fue abucheado mientras cantaba «Aida», iba a regresar al teatro milanés, pero lo ha cancelado: «Es superior a mis fuerzas». María Callas, Pavarotti o Caballé tampoco se libraron

Roberto Alagna, que abandonó en 2006 el escenario cuando fue abucheado mientras cantaba «Aida», iba a regresar al teatro milanés, pero lo ha cancelado: «Es superior a mis fuerzas». María Callas, Pavarotti o Caballé tampoco se libraron

El «Loggione», la zona de los aficionados más críticos del Teatro La Scala de Milán, temido por los cantantes por sus despiadadas críticas, atemoriza al tenor Roberto Alagna, que fue abucheado en 2006, y renuncia ahora a volver al prestigioso coliseo porque es, dice, «superior a mis fuerzas». El tenor francés, de origen siciliano, creía que había olvidado y perdonado aquella noche de diciembre de 2006 cuando, sumergido en silbidos y abucheos mientras representaba Radamés en la «Aida», abandonó el escenario.

La fuga de Radamés provocó que la mezzosoprano Ildiko Komlosi se encontrase sola mientras tenía que cantar un dúo y entonces se produjo la entrada del sustituto de Alagna, un desorientando Antonello Palombi en camisa y vaqueros. Unos días más tarde, en una entrevista al diario «Le Monde», Alagna se disculpó aduciendo que quiso volver al escenario, pero Palombi no le habría dejado.

Aquel fue un enésimo escándalo provocado por el «Loggione» de La Scala, que se nutre de esos exigentes aficionados operísticos para alimentar su fama de temible, pero que para uno de los «divos» de la opera actual como Alagna fue un verdadero trauma.

Aparición cancelada
Ocho años más tarde, Alagna parecía haber hecho las paces con el templo milanés, que preparaba su vuelta y preveía su participación para la próxima temporada operística. Sin embargo, el pasado viernes llegaba un comunicado del teatro milanés que confirmaba el pánico escénico que puede provocar La Scala. El Teatro informaba en la nota de que en estos meses el nuevo director artístico, Alexander Pereira, y el tenor se encontraron cuatro veces para hablar sobre tres proyectos: la ejecución del «Werther» de Massenet, la «Tosca» en los meses de junio y julio de 2015 con ocasión de la Exposición Universal que se celebrará en Milán, y el debut como protagonista en una nueva producción en octubre del próximo año próximo.

Todo estaba confirmado, pero por sorpresa en una nota el artista daba marcha atrás. «Durante mi estancia en Milán -explicaba Alagna- he podido constatar que todos los artistas y el personal del Teatro y los mismos ‘loggionistas’ me han reservado una acogida calurosa, pero he asistido también a todos los espectáculos representados en La Scala en estos 15 días. Todos han sido silbados. Me he sentido dolido y turbado y en estas condiciones me ha parecido algo superior a mis fuerzas afrontar de nuevo tantas tensiones», confesaba el tenor.

El público de La Scala, magnífico, pero intolerante; erudito, pero radical, no ha tenido nunca compasión o preferencias y ha devorado como un Dios Saturno a estrellas como Monserrat Caballé o Maria Callas. En 2012, la aclamada mundialmente mezzosoprano italiana Cecilia Bartoli volvía a La Scala diecinueve años después de su última actuación y fue envuelta en un abucheo tan atronador que le impidió seguir cantando e incluso un furioso Daniel Barenboim abandonó la batuta y se dio la vuelta para hacer callar al público. «Fue un honor. Ya estoy en la misma nómina que Callas y Caballé», aseguraba Bartoli después con la ironía y el buen humor que le caracteriza. Pero no ha vuelto al teatro milanés.

Llamaron «bruja» a la Caballé
La cruel Scala que mimó durante años a Maria Callas y la consagró como «La Divina» tampoco la libró de silbidos y abucheos. Ni siquiera se salvó Luciano Pavarotti, silbado en 1992 con el «Don Carlo». Lo recordará con angustia también Montserrat Caballé y su «Anna Bolena» en 1982, cuando, presionada por el público después de que una enfermedad le obligó a cancelar varias representaciones, salió al escenario y un fallo en un Do sobreagudo despertó a los ultras del «Loggione» que hasta la llamaron «strega» (bruja).

La soprano italiana Katia Ricciarelli, tras una noche infausta en La Scala, se lo tomó con filosofía y aseguró que «sólo a las cantantes mediocres no se les silba nunca». En diciembre del año pasado, La Scala dio por terminado el año de Verdi con una sonora pitada a «La Traviata», que hizo incluso que el tenor Piotr Beczala jurase en su página de la red social Facebook que no volvería a cantar en el teatro milanés. Ante la que parece una auténtica epidemia de silbidos, el pasado marzo Pereira convocó a los «loggionistas» para entender precisamente qué querían y lo que estaba pasando ante tanta crítica. Por el momento, no parece que haya calmado a los puristas ultras del teatro.