http://futbol.as.com/ Por A. MÉRIDA / G. POSE

El tenor español José Manuel Zapata habla de fútbol con la misma pasión con la que interpreta a Rossini. Ancelotti le ha devuelto la ilusión por el Madrid.

¿Con qué equipo daría su mejor do de pecho?

—Estoy volviendo a tener sentimiento madridista, sé que puede sonar raro pero es verdad. Con Mourinho me borré del Madrid, no lo podía soportar, me mató las emociones. Todo con lo que yo me identificaba, la categoría, el respeto, la sabiduría. Lo que yo había aprendido de niño. Con el portugués desapareció todo eso de un plumazo.

—Pero hombre, el escudo está por encima de los hombres y los nombres que pasen por el Bernabéu.

—Pues sí, pero a mí me dio muy fuerte y me alejé de mi equipo de toda la vida.

—¿Y su militancia quedó en suspenso o se cambió de chaqueta?

—Tengo que decir que me acerqué mucho al Atlético de Madrid. Sí, me hice del Atleti. Desde que llegó el Cholo me ha enganchado ese equipo, ya ves qué cosas. Su filosofía conecta mucho conmigo. ¡Ay dios!, nunca pensé que iba a decir esto, pero bueno, creo que estoy volviendo a mis raíces.

—Entonces, vuelve a casa por Navidad.

—En eso estamos porque todo el mal que causó al Real Madrid Mourinho lo está corrigiendo Carlo Ancelotti. Es un tío dialogante que está haciendo jugar al equipo muy bien y con respeto hacia el contrario. Su mano se ha visto en jugadores como Cristiano Ronaldo, que ha cambiado su comportamiento. Ahora es más normal, menos arrogante.

—¿Quizá quiere decir menos divo?

—Uno no se puede creer que está por encima de todos por muy bueno que sea. Yo observo el fútbol con mucha naturalidad y con la pasión que merece el asunto, claro. Todos tenemos que reconocer el valor en los otros y cuando el rival es bueno no hay que despreciarlo. El Barcelona ha jugado al fútbol de maravilla, y eso era una evidencia que muchos madridistas decidieron pasar por alto. Mou tuvo mucha culpa de ello y por eso dirigí hacia el Atleti mis simpatías.

—¿En la última final de la Champions cómo llevó su giro emocional?

—Con el corazón partido pero queriendo que ganara el Atlético de Madrid. Al menos no ganó el Barcelona y eso estuvo bien.

—¿Qué sensaciones le transmite el Barcelona?

—Fútbol aparte hay algo que no me gusta nada del Barcelona, su empeño en politizar el fútbol. Es muy peligroso porque radicaliza a la afición, provoca una tensión en la gente que puede tener consecuencias nefastas. Su alineamiento con las oscuras maniobras independentistas de sus gobernantes no hace bien a nadie. Es una pena porque yo les he admirado cuando jugaban tan bien.

—¿Conseguir cantar en el Metropolitan de Nueva York es algo parecido a ganar la Champions o la Copa del Mundo?

—Es como tirar el penalti decisivo en la Copa del Mundo. Todo el mundo está observándote y todo depende de ti, sólo de ti. El público está esperando a escuchar al tenor y es una sensación parecida a la soledad del futbolista ante ese penalti crucial. Es ahora o nunca.

—¿Y cómo son las horas previas a saltar a ese escenario tan mítico?

—Es un tiempo lleno de angustia y emoción y mucha inquietud por no decepcionar. Cuando acaba todo, y acaba bien, sientes como si te deshicieras por dentro pero con una satisfacción magnífica.

—¿Usted no ha sufrido miedo escénico?

—He sentido de todo, pero no he dado la espantada aún. En la ópera no hay trampa ni cartón, es una orquesta de cien tipos y un señor cantando sobre un escenario más solo que la una. Y, cuidado, el público que está en las butacas quiere la perfección, que el tenor saque todo lo bueno que lleva dentro y consiga emocionar. Y claro que llega el miedo, una poderosa sensación que provoca que se te cierre la garganta, te domina y te tienes que sobreponer. Pero se supera.

—Si ocurre eso en un gran teatro abarrotado debe uno desear morirse.

—Eso les ha ocurrido a grandes tenores que han tenido que empujarles literalmente al escenario porque estaban atenazados entre bambalinas. Le ocurrió a Joan Maragall, un grandísimo tenor que se quedó seco antes de empezar la obra y hubo que espabilarle. Después se recuperó y triunfó como es debido.

—Es sabido el calentamiento apasionado que sufren los aficionados al fútbol durante un partido pero el público de la ópera a veces también es insultón y faltón.

—No lo sabes tú bien. El público de la ópera en los países mediterráneos como España e Italia no te perdona una. Yo he visto terribles pitadas e insultos en el Teatro Real de Madrid que sonrojarían a un forofo futbolero. Y estoy hablando del Real, que no es cualquier sitio. Se llegan a decir más animaladas que en un campo de fútbol. Pero bueno, al final la violencia no es una cuestión que esté ligada a una disciplina determinada, fútbol, baloncesto, boxeo, ópera…. está relacionada con la cultura y la educación. El maleducado que insulta a un cantante después de un aria es el mismo que luego va a casa y se porta con malos modos con su familia.

—¿Entre los grandes tenores existe la misma competencia que hay, por ejemplo, entre Messi y Ronaldo en el mundo del fútbol?

—Todo el mundo te va a decir que no, pero es mentira. ¡Claro que hay!, supongo que como en todas las profesiones. Y no es envidia sana, no, ¡es envidia pura y dura! También es lógica la ambición de estar a la altura de aquellos a quienes admiras. Entre Plácido Domingo y Pavarotti siempre hubo mucha rivalidad, un encono tremendo que no se reconoce porque no queda bien.

—Hablemos de Plácido Domingo, ¿sigue estando en la alta competición?

—Por supuesto que sigue estando muy arriba. A Plácido le entierran en la Champions. Plácido tiene algo que yo no he visto en casi nadie, es capaz de tocarte el corazón. De barítono, de tenor, de lo que sea, ese señor sube a un escenario se pone a cantar y hay algo que te conecta con el alma. Yo he llorado con Plácido interpretando el Cyrano de Bergerac en el Real y eso en la lírica es muy difícil que ocurra.

—Sin embargo su gran ídolo es Luciano Pavarotti.

—Sí, es verdad, y eso que nunca le llegué a escuchar en directo. Un día coincidí con él durante una comida en su casa de Pessaro y yo, que soy muy parlanchín, me atraganté a su lado y no me salía una sola palabra. Pavarotti contaba cosas y yo callaba y le escuchaba embobecido. Pavarotti ha sido el tenor más grande de la historia, sin duda, porque el timbre que tenía cualquier persona es capaz de diferenciarlo, aunque no sea aficionado a la ópera. Si queréis un símil futbolístico el Real Madrid de ahora es Plácido Domingo, gana, convence y aplasta, pero estoy convencido de que el Barça de Guardiola era Pavarotti. Plácido lo hacía todo bien pero con sufrimiento, a Pavarotti le salía la faena más natural, extrañamente fácil.

—¿Qué tenía Pavarotti que no tuviera Plácido?

—La técnica de Pavarotti era mejor que la de Plácido. Pavarotti tenía unas notas agudas que Plácido no ha tenido nunca. Esto lo digo teniendo en cuenta que la crítica mundial considera a Plácido Domingo como el mejor tenor de la historia, quizá porque era más versátil, lo ha cantado todo y de todas las maneras, mientras que Luciano tenía un repertorio más limitado. Pero desde mi humilde punto de vista Pavarotti ha sido el más grande y la primera estrella del rock de la ópera.

—Los tres tenores, Plácido, Pavarotti y Carreras, fueron culpables de popularizar la ópera. Y el fútbol tuvo mucho que ver en ello.

—En el Mundial de Italia 90 es la primera vez en la historia en que tres cantantes de ópera se convierten en estrellas del pop internacionales. Cuando actuaron en Roma y ante millones de personas pendientes de ellos en la televisión se produjo ese hecho, que fue asombroso. Todo el mundo cayó entonces seducido por la belleza de esa obra.

—¿Qué le parece el himno al Real Madrid cantado por Plácido Domingo?

—Es fantástico, pero si me tengo que quedar con un himno al Madrid me quedó con el de mi amado José Mercé.

—¿Qué estadio de los que conoce se parecería más a un teatro de la Ópera?

—El Bernabéu, sin duda. Es un escenario que sobrecoge e impresiona.

—¿Y para cuándo veremos a un tenor delgadito, o una soprano?

—(Ríe) Ya los hay, ¡eh! De hecho ahora existe una especie de tiranía de los directores de escena que exigen una imagen diferente a los cantantes de ópera. Los gordos tenemos más problemas, no te creas. Ahora los que mandan son los directores de escena, hubo una época en que mandaban los cantantes, pero eso ya pasó. Y la verdad es que no les falta razón del todo. Por ejemplo, para interpretar a la Traviata, aquella fulana tan estupenda y legendaria, parece más razonable que lo haga una cantante con un físico adecuado al personaje que una mujer con sobrepeso. En fin, cosas de los tiempos.

—¿Por eso va a hacer usted la bruja gorda y fea de Hansell y Gretell en el Teatro Real el próximo 20 de enero?

—Ja, ja, pues posiblemente, pero es un gran papel, el papel que yo quería hacer. Es un bombón, es la mala del cuento. Los tenores casi siempre somos los buenos y esto de ser la mala me parece algo maravilloso.

—En el caso del fútbol a una estrella indiscutible como Messi, por ejemplo, tampoco se le puede pedir que sea, además, un Adonis.

—Ya, son otros tiempos. ¿Pero quién vende calzoncillos o perfumes? Es otra cosa el fútbol, pero las marcas eligen a Beckham o a Cristiano en lugar de a otros como Messi.

—¿Y entre Cristiano y Messi, con quién se queda?

—A mí ese debate me ha parecido siempre una coña marinera. Creo que Messi está tocado por una mano divina y nadie le puede hacer sombra, y eso que Cristiano ha mejorado bastante en los dos últimos años, pero antes me daba la sensación de que no sabía irse de nadie mientras que Messi era capaz de solucionar por sí solo un partido.

—La mano de Ancelotti puede que esté detrás de ese cambio de Cristiano.

—Ancelotti es un gentleman, es un señor, y tiene nombre de tenor, Carlo Ancelotti. Adoro a ese hombre, tiene un temple excepcional y me ha devuelto la ilusión por el equipo de toda mi vida, que ha sido el Real Madrid.