Vía: www.ultimahorapress.com | Por Gonzalo ALONSO

La vida es así. Cuando hace en 1978 Helga Schmidt quiso salir del Covent Garden tenía programada una «Norma» con Caballé, Bumbry y Lopez Cobos. Ahora, recién destituida, llega al escenario de su teatro la «Norma» que ella misma encargó al regista Davide Livermore, precisamente su sucesor en la intendencia del Palau de les Arts. Aquella lejana «Norma» fue problemática. Las dos divas tenían sus diferencias y además Bumbry se empeñó en cantar dos Normas para aceptar las Adalgisas. Ahora también han existido problemas: la mezzo no podía con un agudo en un dúo con la soprano al que ésta no estaba dispuesta a renunciar. A la premier de esta coproducción que Schmidt dejó planificada con el Teatro Real acudieron el consejero de economía, la consejera de cultura y el presidente de la Generalitat, quien por cierto ha hecho con Schmidt lo mismo que Rajoy con Ignacio Gonzalez: mandarla al cementerio sin una llamada personal. Algunos del PP necesitan volver a pasar por la escuela.

La representación en el Palau cosechó aplausos durante 10 minutos

La representación en el Palau cosechó aplausos durante 10 minutos

Los aplausos finales casi alcanzaron los diez minutos. Era el penúltimo triunfo de Helga Schmidt, esa mujer llena de tesón que supo llevar les Arts a lo más alto cuando le dijeron que había dinero y adaptarse al terreno cuando se encontró con que ya no lo había, sacándose de la chistera cantantes desconocidos que era capaces de dar la talla. Es lo que ha sucedido en esta «Norma» con Varduhi, Russell Thomas y Serguéi Artamonov. Los tres de estilo sin demasiados matices pero con voces sonoras, casi todas las notas y capaces de dar la réplica a la gran Mariela Devia. Ésta lleva admirablemente sus pronto 67 años. Su técnica y su seguridad son un prodigio admirable. El agudo sigue firme, el centro quizá pierda algo y de los graves nunca abusó. Livermore se coló al hacerla cantar «Casta diva» en las alturas, perdiéndose el sonido por los telares. Su Norma fue toda una lección de belcantismo que nadie puede impartir como ella. Callas era la emoción con irregularidades, Devia la segura exactitud y Caballé el bellísimo esteticismo. Era todo un reto el que asumía Gustavo Gimeno y bastante hizo con una aseada lectura de tempos vivos, cuadrando las cosas, aunque faltase equilibrio en los planos sonoros y vuelo en las melodías bellinianas. Se acaban de anunciar nada menos que tres directores musicales para el teatro: el violinista barroco Fabio Biondi, Roberto Abbado y Ramón Tebar. Se merecen un comentario aparte.