Vía: www.revistaenie.clarin.com | POR PABLO SANGUINETTI. DPA.

Daniel Barenboim lleva una vida defendiendo que el conflicto en Cercano Oriente es más humano que político. Un diálogo con el papa Francisco le dejó la idea de que comparten el enfoque. En parte por venir de la Argentina, país que el músico considera modelo de convivencia entre religiones. A sus 72 años, el pianista y director argentino-israelí repasa su vínculo afectivo con su país natal, habla de su encuentro con el Papa en noviembre e indaga en la identidad del genio creativo.

-Usted critica la situación en Cercano Oriente. ¿La responsabilidad es de ambos lados por igual?
-Sí. Pero Israel tiene la responsabilidad más grande: ya es un Estado fuerte con uno de los Ejércitos más fuertes del mundo, y está ocupando a los otros. No estamos en igualdad. Si hubiese un Estado palestino, a lo mejor se podría negociar. Pero no hay. Israel lo está ocupando desde 1967. Creo que la situación tiene que empeorar aun más para que ambos sientan que necesitan la paz.

-¿Es pesimista con el futuro de Israel?
-En este momento sí. Dicen que el 70 por ciento en Israel quiere la paz. Pero de ese 70, el 99 por ciento no conoce el precio de la paz. No conocen los problemas del otro lado. El problema del conflicto israelo-palestino no es político. Es humano, entre dos pueblos convencidos de tener el derecho de vivir en el mismo pedazo de tierra. Y de ser posible sin el otro. Es un problema humano. Por eso no se puede resolver políticamente y tampoco militarmente.

-Pero nadie encarna esa visión…
-Es uno de los temas que hablé con el Papa. Argentina es un país con una gran comunidad judía y una gran comunidad árabe, musulmana y cristiana. Una iniciativa humana podría venir de países donde hay grandes experiencias de convivencia. Por eso el festival que hacemos en el Teatro Colón este año se hace en cooperación con las diferentes comunidades. El concierto de música de cámara se hará en la catedral, en la sinagoga y en el centro islámico.

-¿Qué otra impresión se llevó del Papa?
-Es una figura gigante de inteligencia y sensibilidad humana. Cuando fue a Tierra Santa dijo cosas en Palestina que no gustaron nada a los palestinos y cosas en Tel Aviv que no podían gustar a los israelíes. Demostró un enorme coraje. Y fue más lejos e invitó a Mahmud Abbas y a Shimon Peres a rezar al Vaticano. Interpreté ese gesto como el Papa diciendo: “Todo lo que se ha hecho hasta ahora no funcionó, busquemos otra forma”. Esa otra forma puede venir de países donde conviven las dos comunidades. Argentina es un ejemplo de eso.

-¿Qué vínculo afectivo mantiene con la Argentina?
-Es cada año más fuerte. A lo mejor es una cosa de la edad. A los 30, 40 ó 50 años uno no siente tanto la relación con el pasado, porque mira al futuro. Eso cambia cuando uno llega al punto donde no se puede esperar un futuro tan largo como el pasado. Por otro lado, el otro punto de apoyo en mi vida fue siempre Israel. Pero la situación de Israel los últimos 40 años, para mí es un desastre.

-¿Cómo fueron sus regresos a la Argentina?
-Ahora que voy todos los años y tenemos nuestro propio festival con el West Eastern Divan en el Colón es muy emotivo. Estoy muy feliz de vivir en Berlín y no me mudaría. Pero a la Argentina la amo. Es otra cosa. El año pasado en Buenos Aires me hicieron un cumplido de los que más me emocionaron. Un señor me dijo: “Maestro, es muy importante que venga aquí. Usted representa lo que nosotros quisiéramos ser” (se ríe a carcajadas).

-La anécdota refleja algo muy propio de Argentina: un país con un enorme potencial que no termina de explotar. ¿Por qué es así?
-En Argentina tenemos algo autodestructivo. Se ve en una película reciente, Relatos salvajes: fantástica. Conocí a Damián Szifrón. Inteligente, extraordinario.

-En el Colón tocó con Martha Argerich. ¿Ella recuperó su vínculo con Argentina a través suyo?
-Estaba distanciada, sí. Ahora está muy feliz. Vuelve este año. Le fascinó la experiencia con el Divan. Estaba todos los días con los israelíes y los palestinos, quería oír toda la historia de cada uno.

-Hablando sobre música: ¿qué define a un gran compositor?
-Es muy difícil de definir. Muchos compositores buscan la sencillez, otros la complejidad. Además, una cosa son los gustos y otra la importancia histórica de ciertos compositores. Si Mendelssohn no hubiese existido, seríamos más pobres, pero la música se habría desarrollado exactamente igual. Bach, en cambio, es absolutamente necesario. Beethoven, Wagner, Debussy, Schönberg son necesarios. Supieron sumar todo lo que se había hecho antes. Y mostraron el futuro. Mozart, probablemente el compositor más grande de la historia, no tiene un papel tan clave en el desarrollo de la música. Verdi teatralmente sí, musicalmente menos.

-Recientemente le pidió a una espectadora que no le sacara fotos mientras tocaba. ¿La música clásica exige del público una concentración cada vez más difícil de encontrar?
-Hay dos problemas. El primero es que la música está en todas partes. En ascensores, restaurantes, aviones. Cuando uno está en un restaurant no le presta atención y se vuelve una especie de ruido de fondo. El segundo problema es que la gente no tiene educación musical. No hay en las escuelas, un grave error. No digo para tener más músicos o más público, sino para enriquecer la vida de los individuos.