Por: Jesús Ruiz Mantilla

Muchos artistas han salido de este mundo con un tópico repicante en la mollera: no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Es algo que se aplica a los niños en los devaneos con la vagancia, pero en el caso de Bach, Mozart, Schubert, Puccini o Mahler, por tomar ejemplos de la mitología musical, hay que lamentarlo en cuanto a que dejaron un puñado de obras maestras sin terminar.

La Fundación Juan March ha dedicado este mes a examinar algunos casos. Cabe preguntarse, más allá de la muerte, qué  mueve a un creador a dar una obra por terminada. Puede que el empuje perfeccionista obsesione de tal modo a tantos que uno no vea jamás conclusa una obra de arte. Siempre existen cambios aplicables, pasajes suprimibles, algo de lo que arrepentirse por no haberlo incluido o, viceversa, porque una vez dentro, estorba.

Así que la muerte es una buena excusa para dar una pieza por terminada, aunque no lo parezca. Bach nos legó el misterio de lo que hubiera hecho con El arte de la fuga. A Mozart, bien el delirio o la enfermedad que le hacían confundir a un oscuro emisario que le encargó una misa de difuntos con el enviado de su propio final, le dejaron de retumbar dentro los tambores del más allá con su Requiem inconcluso. Tuvo que ser Franz Xaver Süssmayr quien le diera una coherencia final todavía vigente. A Schubert también le sobrevino la muerte demasiado joven, con los dos movimientos de su Sinfonía Inacabadaentre manos. O quizás sí: nunca lo sabremos…

Pero el caso que más vigencia ha adquirido en los últimos tiempos ha sido el de Gustav Mahler y su Décima Sinfonía. Norman Lebrecht lo ha descrito con una pasión desnuda en su magnífico ensayo ¿Por qué Mahler? (Alianza Música). Lo primero que llama la atención en esta obra pasional, desesperada, son las anotaciones que el autor hizo en la propia partitura. Toda una rareza que no parecía tener otro objeto que avivar en su esposa Alma mala conciencia o testimonio público de su desgracia.

Fueron los tiempos en los que le acechaba irremediablemente su enfermedad, los tiempos en los que fue tratado en una sola sesión para la historia por Sigmund Freud. Pero, sobre todo, los tiempos en los que loco de amor, sentía haber echado al abismo del fracaso su relación con su musa eterna.
Ella, consciente y harta de haber sufrido la insatisfactoria relación con un neurótico, se echó en manos del joven Walter Gropius, arquitecto berlinés de 26 años, con quien acabaría casándose. Para purgar su desgracia -bastante merecida, en parte- Mahler llena de garabatos sus notas en la partitura: “Vivir por ti, morir por ti”, al tiempo que se sentía bailando con el diablo y coqueteando con la muerte. Fue algo que, por otra parte, siempre hizo. Desde su Primera Sinfonía, en ese movimiento hermoso y macabro inspirado en el funeral de un niño.

Sabe Mahler que su pérdida es culpa principalmente suya y así lo indica: por no haber mirado suficientemente por ella, por haberse encerrado demasiado en sí mismo. Clama a Dios sintiéndose abandonado, escribe un Adagio de derrota para dar comienzo a su precipicio sonoro, en el que se dirige, como casi toda la Viena musical ultramoderna de principios del XX, que lo veneraba, hacia la atonalidad.

Dice Lebrecht que la historia de ese trío, contada por Alma, parece todo un melodrama de Arthur Schnitzler. No falta el esposo engañado, la joven y atractiva mujer, una madre entrometida y el amante atlético. El caso es que aquello solo pudo terminar en un auténtico delirio amoroso. Golpes de tambor que se extinguen, los ecos del anhelo y el arrepentimiento, la Décima Sinfonía queda un agosto de 1910 inconclusa y metida en un cajón hasta que el musicólogo y estudioso del compositor, Deryck Cooke, convence a la viuda y, más a fondo a su hija Anna, que había llegado el momento de reconstruir la obra para disfrute de la posteridad.

En medio queda un amor descarnado, el terror a la muerte y varias discusiones avivadas por Freud junto a sus discípulos y colegas en la Sociedad Psicoanalítica Vienesa sobre si el inconsciente podía acelerar la muerte de un hombre como aquel debilitando su resistencia.