Vía: www.elmundo.es | Por PABLO SANZ

La perfección no existe en jazz, porque es una música que vive en el calambre de la emoción libre, esto es, de los sentimientos al vuelo, naturales, impredecibles. De todos los estilos musicales es el único que sabe del derecho y del revés de las partituras, de lo correcto y lo incorrecto, de lo hermoso y de lo feo. Kurt Elling (1967) es el cantante más personal de la actual escena jazzística, y lo es no por su aliento barítono academizado, sino por sentido de la canción, que atiende según le bombee la sangre al corazón. Ya lo hemos dicho: no tiene una voz especialmente bonita y sin embargo todo en él es belleza, incluso cuando de tarde se tarde se va de nota.

El cantante de Chicago llegó al Auditorio Nacional para darle lustre vocal al ciclo de jazz del Centro Nacional de Difusión Musical, ysemanas antes ya había colgado el “no hay billetes”. Acudía con la gloria que le confieren todos los reconocimientos cosechados en rankings de revistas tan prestigiosas como Down Beat, y ese decir tosco y grave que convierte toda la fealdad de la arruga en belleza. Sí, en su caso se ajusta como anillo al dedo aquello del oso cuanto más feo… más Kurt Elling.

 

Se arrancó a capella para calentar la voz, como los flamencos hacen con el martinete, y enseguida atendió uno de los temas señeros de su nuevo disco, Passion World, el Come fly with me que inmortalizaraFrank Sinatra; difícil tarea diferenciar todo un clásico mil veces cantado, tarea de la que Elling sale airoso porque es mucho más que una voz. Se lo demostró luego a todas las audiencias interpretando Where the streets have no name de U2, con otro arreglo heterogéneo sacado de una chistera musical tan emocionante como inteligente. Queda claro que el cantante es distinto a todo cuanto nos llega actualmente de la escena vocal masculina, porque la suya es una garganta que antepone la emoción a la técnica; la primera es cosa de privilegiados; la segunda una cualidad al alcance de cualquiera que se entregue con esfuerzo a su pasión.

Hubo momentos en su actuación de auténtica genialidad, sobre todo cuando establecía un diálogo con la cuerda, bien del contrabajistaClark Sommers, bien del guitarrista John McLean. Completaban la reunión dos músicos con mucho instinto, el baterista Kendrick Scotty el pianista Gary Versace, empleado a fondo con ese instrumento mágico y pecaminoso que es el Hammond B3, con el que hizo las delicias de los buenos amantes del blues.

En la recta final se echó a la espalda el bolero Arrepentida, que más allá del apunte exótico fue un divertimento audaz que poco tenía que ver con lo raro que empastaban en su boca las palabras en castellano; tampoco le empastan a Caetano Veloso cuando le da por lo mismo. Y ya en los regalos otra pieza universalizada por Sinatra, All the way, que puso al respetable en pie extasiado de felicidad.

Antes también hubo en su recital tiempo para descubrirnos su corazón cultural, interpretando un poema de James Joyce con música de Brian Byrne. Y mucho, mucho humor, como el que estos días se gasta en una gira agotadora que, por poner un ejemplo, le trajo a Madrid desde Rumanía y luego le llevará a Suiza, en sólo tres días.