El director del Grup Instrumental de València analiza las políticas culturales de los últimos años y reclama a los nuevos gestores mayor atención a la música contemporánea

Vía: www.abc.es/ Por MARTA MOREIRA

La primera pregunta que formula Joan Cerveró a sus alumnos del Conservatorio de Castellón es “¿Para qué sirve la música?”. Esta es una cuestión central en el pensamiento de este director de orquesta, compositor y programador cultural. “Durante la Transición, ahora tan denostada, la cultura era importante para la vida. La música era cultura. Ahora se ha convertido en un entretenimiento puro”, lamenta.

Cerveró ha dedicado gran parte de su trayectoria profesional a difundir la composición contemporánea en España; quizás la vertiente más intelectual y difícil de popularizar de la música orquestal. Hablamos con él precisamente cuando se cumplen 25 años de la creación del Grup Instrumental de València, los mismos que celebra la delegación de ABC en la Comunidad Valenciana. El músico de Manises reconoce que la sección por la que comienza a leer el periódico es siempre la de Cultura, “porque es desde ese lugar desde el que interpreto el mundo”.

Cerveró defiende la necesidad de implementar políticas culturales “amplias, tolerantes y equilibradas, que respondan a un proyecto arriesgado e incluso algo idealista. Así es como se mejora la sociedad y debería ser igual para los partidos de derechas y de izquierdas”. Sin embargo, a su pesar, ninguno de los programas electorales presentados en la cita del 24 de mayo satisfacía estas premisas. “Todo lo que he escuchado han sido lugares comunes y superficialidades”, critica.

-La música contemporánea ha sido especialmente castigada por la crisis. ¿Por qué?

-Las estructuras que se habían creado en España para dar espacio a la música contemporánea no eran lo suficientemente sólidas como para mantenerse en un contexto de disminución de presupuestos públicos. El Palau de la Música es imposible que desaparezca, porque la música clásica tiene una ubicación y un público, pero la música contemporánea está en un estado líquido. Si hay espacio habitual de exhibición, no hay creación de nuevos públicos ni estímulo para nuevos creadores. Una prueba de ello es que la mejor música que se está componiendo ahora mismo se da en el cine. Esto es porque existe una industria que sirve de estímulo, que genera negocio no solo en un sentido pecuniario, sino de ritual social, de valoración social como músico de cine, etc.

-¿Es esa desazón la que le llevó a dimitir como director del festival Ensems?

-No dimití de Ensems porque estuviese cansado, sino porque estaba harto de trabajar a salto de mata. Sin proyecto, sin directrices claras. Discutiendo continuamente sobre la necesidad de promocionarlo mejor. Yo pregunté [a los gestores de la Conselleria de Cultura] ¿para qué queréis un festival de música contemporánea si no hay ni espacios, ni músicos, ni encargos, ni compositores, ni público?” Ellos me contestaban que querían mantenerlo “porque es el más antiguo de España”, pero por ejemplo tampoco me dejaban renovarlo con propuestas de música electrónica. Para mí dejó de tener sentido continuar.

-¿Cree que Les Arts ha debido hacer más por la música contemporánea?

-Si la idea era convertirlo en la Salzburgo del Mediterráneo, lo que han hecho es que se parezca, pero a la de los años 50. Porque Mortier estuvo de director allí y lo cambió todo. Programaba “La Bohème” y “Tosca”, pero también contemporáneo, e incluso flamenco. Se puede ser moderno sin destrozar lo antiguo, como decía John Cage.

-El nuevo intendente, Davide Livermore, ha programado a Francisco Coll la próxima temporada.

-Coll es un chico joven y con mucho mérito. Su maestro, Thomas Adès, ha visto en él a un magnífico compositor y lo está metiendo en todos los sitios. Eso está muy bien y se lo merece, pero también veo ahí una especie de “paletismo”, porque parece que solo sabemos apreciar a nuestros compositores si se les reconoce fuera de España. No conozco personalmente a Livermore, pero por lo que me llega creo que está cambiando las cosas. Creo que tiene un proyecto por lo menos esperanzador. Ya no se ve la misma prepotencia que con Helga Schmidt. Tiene más empatía con la gente de la ciudad. Creo que ella tenía un proyecto falto de realidad y sustentado en mentiras.

-¿Qué mentiras?

-Creer que por programar grandes óperas van a venir los turistas a Valencia a gastarse el dinero. Que van a bajar del crucero, y dedicar la única tarde que tienen a ir a Les Arts. Que la gente va a pagar lo que cuesta la ópera, que es un dineral. El proyecto de Les Arts tiene que tener más contacto social, y no basta con abrir las puertas y que los ciudadanos lo visiten.

-Parece complicado dar con la clave para enganchar del todo a la ciudadanía.

-Al final siempre vamos a parar a la Educación. Se necesita una sensibilización temprana por la belleza y el arte. Y no solo no la hay, sino que por ejemplo se generan muchas burlas hacia el supuesto esnobismo de la música contemporánea. En el fondo, lo que hay detrás de esa burla es miedo. Y creo que eso es lo que tenia Helga Schmidt. Livermore (que creo que dirige en Italia un teatro que programa vanguardia), tiene menos miedo. Los auditorios no son museos, la música debe estar viva. Y la música contemporánea es necesaria porque completa la idea del mundo. La cultura no solo debe ser entretenimiento; tiene una función social.

-Uno de los principales argumentos por los que la música contemporánea se ha visto relegada en los auditorios es que no llena los patios de butacas. ¿Existe una especie de dictadura de las mayorías?

-Total. Las sociedades verdaderamente avanzadas son aquellas que protegen a las minorías, ya sean discapacitados, minorías raciales o personas interesadas en las formas artísticas que no tienen vocación de masas. Me parece perverso, casi pornográfico, que los gestores institucionales se preocupen solo por llenar las salas. El buen programador es el que acepta los riesgos y busca la transmisión a las mayorías de las cosas que no conocen. Pero como las artes minoritarias son las menos corporativas, las que infligen menor daño electoral, son los que primero se eliminan. Por eso pienso que los políticos que no tienen vocación reformadora no valen.

-¿Con las carteras de Cultura en manos de Compromís y el PSPV, cree que mejorarán las cosas?

-No lo sé. Soy una persona muy positiva, pero parto de la decepción. En cualquier caso estoy expectante, porque es cierto que aquí los “sillones” son importantes.

-El Palau de la Música tiene ahora mismo vacante su dirección, ¿qué perfil cree que se necesita en este auditorio?

-El Palau necesita un “repintado” importante. Debería convocarse un concurso público que premie al que tenga un proyecto suficientemente arriesgado, amplio y sostenible. Que proteja a las minorías y, sobre todo, que quiera “cambiar el mundo”. Sino, no vale para nada. Pero un concurso con un comité de expertos, como han hecho en el IVAM, sino estamos en las mismas.

-¿Se presentaría usted a ese concurso?

-No sé, soy muy ciclotímico. Pero lo cierto es que a mí me encanta programar, porque para mí es una forma de crear. Así que sí, podría presentarme, por qué no.

-¿Cree que existe el riesgo de pasar de la cultura de élites a la cultura estrictamente popular?

-Fomentar la música popular tampoco puede limitarse a apoyar a las bandas de música, por ejemplo. Eso igualmente nos llevaría hacia una sociedad incompleta. Y no es bueno vivir en una sociedad donde falta información, porque es como vivir castrado.