“El destino del músico es morirse de hambre”. Estas son algunas de las frases que aparecen permanentemente encarnadas en la voz de los artistas.


Vía: promocionmusical.es | Melina Brunori

Te cuentan que no hay apoyo a las bandas independientes, que el público consume “sin criterio” lo que escucha y que los lugares para tocar se aprovechan de las bandas. La visión que tiene el músico de su realidad, es la de la desventaja y la imposibilidad. Este discurso fuertemente arraigado, se repite cual disco rayado. La canción es siempre la misma y no avanza, se traba a mitad de camino, y a veces ni siquiera logra comenzar. Al parecer así, es la vida del músico.

¿Qué pasa que no se logran naturalizar estas dificultades?

Reflexionándolo, las contingencias de trabajo que implica este arte, son como las de cualquier otra profesión. Comparando con diferentes ámbitos pasa exactamente lo mismo: Un médico tiene que hacer guardias de 24 hs por un sueldo ínfimo, un arquitecto de escasa trayectoria es explotado en los estudios y un psicólogo necesita de 5 años a 10 años para tener un óptimo flujo de pacientes. En pocas palabras: nada es fácil.

A pesar de esto, la situación del músico siempre es más desoladora. Se escucha el drama asentado en la modalidad de vida que llevan. El artista profesa un discurso romántico que lo ubica en el campo de la marginalidad, hay poesía de sacrificio en su hablar y estas palabras son las que van marcando su destino. Bandas con mucho recorrido repiten en su queja la falta de consagración, y a la vez toda su carrera la han profesado en el dolor, el llanto y la dificultad del duro camino que implica ser un músico independiente. Escriben testamentos en las redes sociales dónde se le tira el fardo a la gente que escucha “basura”, a los grandes medios, a la falta de cultura, al país y a los grandes monopolios.

Años diciendo que las cosas no deberían ser así, pero ahí es donde todo queda. Es en este punto dónde se corta la cadena, en el eslabón de la queja. En su circunferencia es donde gira el proceder del músico, convirtiéndose en un círculo vicioso, del cual es muy difícil salir. Esto tiene su lógica porque el psiquismo es muy cómodo y masoquista. Como dice Miller, ver las causas en el afuera evita que uno se pregunte acerca de cómo es que no pudo lograr sus metas. Por lo tanto, la queja brinda una posición muy cómoda, en la cual uno se queda en lo habitual y no apela al cambio.

Ante esta situación conviene pensar en el concepto de rectificación subjetiva, este juego de palabras que puede sonar algo rebuscado, quiere decir que el músico debe dejar de quejarse de los otros para empezar a quejarse de uno mismo, es decir que se debe responsabilizar de lo que ocurre. Este proceso, es el que nos marca a los analistas, la entrada en análisis de cualquier paciente y es a partir de esto dónde se puede comenzar a elaborar una nueva manera de pensar. Una que permita un costo menor de angustia y malestar.

Muchos músicos lamentan que la gente no va a los shows, si se implica subjetivamente en su situación, el cuestionamiento sería: ¿Qué me falta hacer para que la gente vaya? ¿Estoy sonando bien?, ¿Estoy dando un buen show?, ¿Difundí mi evento?, ¿Le estoy dando a mi público algo nuevo? Mucha gente considera que porque hace arte el resto debería consumirlo y que es una falta de respeto no hacerlo. Pues no es así.  Si el músico insiste en el círculo de la queja, el modo de operar va a ser siempre el mismo y su implicancia va a ser nula. La queja es puesta en el afuera, por lo tanto no hay nada que cambiar. Pensando en salir de este circuito quizás  se pueda recorrer otro camino que lleve a algún lado. La decisión está en uno.