Vía: www.aurora-israel.co.il/ Samuel Auerbach, Natanya

El gran maestro musical Daniel Barenboim que nunca ocultó su apoyo incondicional a los árabes en el conflicto que Israel mantiene con los palestinos en el Medio Oriente, acaba de recibir un nuevo puntapié aplicado por sus defendidos, que lo vuelve a desubicar dentro de su actuación paralela como comentarista político de segunda categoría.

El primer puntapié lo recibió cuando pretendió actuar el 1 de Mayo de 2012 en Qatar, una ciudad árabe en el golfo Pérsico. Lo pretendía hacer con la Orquesta West-Eastern Divan que junta jóvenes músicos de Israel y otras culturas de Oriente Medio. Pero unos días antes, rindiéndose a las presiones de la “Organización palestina para el boicot a Israel”, las autoridades de Qatar suspendieron el festival “a pesar de reconocer los valores del maestro Barenboim”. Justificaron su decisión diciendo que “Barenboim representa la ocupación de los territorios retenidos por Israel”. “No es momento ni el lugar para recibir a israelíes y a un director de orquesta sionista”. “Las autoridades de Qatar ofrecen al maestro sionista Barenboim la oportunidad de mostrar un rostro positivo a Israel”. “Bendecimos a la resolución de no ofrecer apoyo a todo aquello que se relacione con el enemigo sionista”.
Un nuevo intento para congraciarse con sus amados enemigos, acaba de reventar en las nubes de sus ilusiones. Es el segundo puntapié que ellos le propinan.

Su macabro deseo de presentase en Teherán, esta vez con la Orquesta Estatal de Berlín, tampoco resultó. El portavoz iraní Hussein Nuschabadi rechazó la idea: “Irán no reconoce al régimen sionista y no trabajará junto con artistas de ese régimen”
¿Será que el exceso de música lo sacó de sus cabales? Ni más ni menos que en la ciudad capital de Irán, el país que anhela fabricar una bomba atómica para poder borrar del mapa a Israel en un instante. Con este nuevo intento de acariciarle la nuca a los persas, Barenboim no pudo ofrecer al mundo mejor prueba sobre la repulsión que profesa al país de los judíos, sin importarle que él mismo lo es, como lo fueron todos sus antepasados.

Felizmente no pudo llevar a cabo su soñado concierto porque no tuvo en cuenta que el antisemitismo, en todas sus formas, es una enfermedad que se traduce en odio sin atenuantes contra el judío, cualquiera sea su rango, posición o pensamientos. Si hubiera tenido en cuenta ese detalle, no habría sentido el dolor de los puntapiés que recibió. Por más indolente que uno sea, los puntapiés producen dolor, si no es en los glúteos, en el alma lo es con seguridad. Se lo merece. Vayan esos puntapiés junto a los que los judíos del mundo hubieran querido propinarle por judío renegado y enemigo de Israel que demostró ser.