Vía: /www.lanacion.com.ve | Freddy Omar Durán | Fotos Gustavo Delgado
Los contrabajistas se parecen mucho al carácter del instrumento que ejecutan: aunque su sonoridad es fundamental para articular una pieza sinfónica o de cámara, prefieren que el público lego siga creyendo que el protagonismo corresponde a otros timbres, más ostentosos y, supuestamente, más complicados de interpretar.

En la escena mundial la historia del contrabajo cuenta con una noble prosapia, que de alguna manera continuó y cobró mayor brillo en Venezuela, a través del Sistema Nacional de Orquestas, fundado por José Antonio Abreu. Al referirnos a este hecho, obligado se hace mencionar al maestro tachirense Jorge Hernández.

Se considera a sí mismo, con mucho orgullo, descendiente del último Capacho, estirpe que no sólo lleva en el ADN, sino en su vena musical, surtidor inextinguible de su consolidación como uno de los más relevantes contrabajistas de Venezuela de los últimos 40 años.

Viajó por el mundo y fue aplaudido por los más variados y exigentes públicos. Fue testigo de excepción de cómo nuestro país alcanzó la gloria internacional a finales de los setenta y mediados de los ochenta: su testimonio revive en nosotros la emoción de esa epopeya…

La suya personal fue en crescendo desde el día en que, volviendo sobre los pasos de Cipriano Castro, se residenció en un principio en la tierra de sus ancestros. Era un bebé de brazos, quien con su familia se vino del Distrito Capital en aquellos convulsionados días posteriores a la caída del régimen dictatorial de Marcos Pérez Jiménez. Por entonces su padre, Luis Eladio, se reincorpora al mundo musical tachirense hasta formar parte de la Banda Oficial de Conciertos, institución que aún hoy en día venera su memoria.

Sangre musical

No escogió el contrabajo, el contrabajo lo escogió a él. Pero en el ínterin cruzaría varias experiencias instrumentales, porque aunque lo primero que le llamó la atención fue la percusión -en pos de la senda artística de su padre y de su abuelo Julio Hernández- con muchos instrumentos se ha puesto a prueba, como la flauta, la guitarra, el piano, incluso, el violín, y hasta ha llegado a tomar la batuta en varias oportunidades.

–Siendo un niño, de 4 o 5 años –afirmó Hernández– ya yo tenía la costumbre de abrir las guaduas y empíricamente construía instrumentos de viento. Eso maravilló a mis tíos, y dio pie para que me inscribieran en la escuela de música Miguel Ángel Espinel (*)

Ya alrededor de los siete años, fue llamado por el maestro Amable Alfonzo Sánchez para integrar la Banda Filarmónica Experimental, y paralelamente sería uno de los músicos fundadores de la Orquesta Típica -antiguamente Lira del Táchira- bajo las órdenes del maestro Eufrasio Medina.

Todo parecía el desarrollo normal de un músico en la provincia, hasta el día que el maestro José Antonio Abreu, por el año 1975, pisó tierra tachirense, y sin mayores preámbulos, lo señaló para ser parte de la historia, inicialmente destacándose en la flauta.

A ese muchacho de 16 años, más que un sentimiento de vanidad lo embargó la sorpresa, y ni sospechaba «en la que se estaba metiendo», ya que el nivel de exigencia vendría a ser intenso, aunque también muy fructífero.

Serían viajes de ida y de venida durante su proceso de formación en Caracas en el Conservatorio, y en el continuo cumplimiento de sus responsabilidades en el Táchira. En ese entonces su mismo padre le sugirió que se interesara por el contrabajo, viendo su buen manejo de los dedos y los escasos artistas que en la región se dedicaban a él. Fue entonces ante el profesor Rafael López, quien con una pequeña prueba dio el visto bueno para emprender un decisivo camino. Esos conocimientos los fortalecería en la Capital, con sus profesores Richard Blanco Uribe y René Álvarez, quienes a la larga lo convencerían a que desistiera de ingresar a la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar en la fila de las flautas -de mayor número de aspirantes- y más se animara a concursar con el contrabajo. La desconfianza inicial de sus bisoñas capacidades fue superada por su aguerrido temple tachirense y con ayuda de los maestros se puso a estudiar las retadoras partituras de Montanari y Bottesini. El, siendo el último en audicionar, resultó el elegido…

De cierta manera él y la cátedra de contrabajo de la Simón Bolívar iban surgiendo en paralelo, y no tardaría de pasar de alumno a educador. En ese entonces el espacio para ensayar era el Complejo Cultural Teresa Carreño, en plena construcción, rodeado de cemento y arena. Para crecer en sus conocimientos tuvo que viajar primero a Francia, para adquirir la técnica gala, posteriormente en Boston, la alemana, y en Venezuela al invitarse eminencias, la rusa y la italiana. Tal vez Jorge Hernández sea uno de los pocos en Venezuela en dominar todas las técnicas del contrabajo.

Fueron 16 años con la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela (OSB) hasta que solicitó el traslado para el Táchira en el año 1994 a incorporarse definitivamente como principal de la orquesta Simón Bolívar del Táchira, de la cual también fue fundador, pues antes había ocasionalmente actuado en ella e impartido clases. A su regreso trajo una mochila llena de anécdotas, y de alguna manera el sinsabor de querer haber hecho más a modo individual, siendo uno de los pocos que ha tocado todos los conciertos solistas existentes para contrabajo.

Tres veces le dio la vuelta al Mundo, de gira internacional por Europa, por EEUU, por toda Sudamérica. En otras ocasiones fue a comisión de servicios a otros países como Bolivia, donde sentó las bases de una escuela del instrumento.

–Fue una fortuna haber hecho esos viajes y es difícil que a uno se le borre de aquí los recuerdos (señalándose el corazón). Claro, uno iba a hacer música, no mucho turismo propiamente dicho, aunque mucho conocí, gracias al Sistema.

Indelebles serán entonces en su memoria los hitos fundamentales en los que internacionalmente la OSB puso un listón muy alto, y logró la consagración definitiva.

Nos mencionó Hernández un festival en Montepieller de orquestas de todo el mundo durante 15 días. La única que llevaba un repertorio insólito, por no decir atrevido, era la Bolívar: 17 sinfonías, aparte de los conciertos solistas.

–Eso era casi una tortura; nosotros teníamos que dormir con el instrumento prácticamente. En los estudios de Radio France nos presentábamos ante un inmenso público, y un jurado exigente. Entre esa muchedumbre melomana estaba la leyenda viviente Iannis Xenakis, quien alabó la orquesta y en vivo y directo -con toda Europa escuchando la transmisión- nos puso un reto: “yo traigo una obra que la acabo de terminar, voy a repartirla y le voy a pedir que la toquen”. Después de una breve deliberación entre los principales y el director, dijimos “si echémosle pichón”. Pues sepa usted que le hemos tocado la obra y se la estrenamos ahí mismo. Xenakis quedó con la boca abierta. A partir de ahí la orquesta cogió vuelo…

Otra anécdota tuvo como escenario San Juan de Puerto Rico: el director invitado por nosotros era un colombiano, con los humos arriba porque íba a conducir tan prestigiosa agrupación. Resulta que en un ensayo de la cuarta de Chaicovsky -que nosotros la leíamos al derecho y al revés, así como las misas de Beethoven- se fue la luz en plena noche. La orquesta sigue tocando durante los diez minutos que duró el apagón. A mí me dio dolor ver la cara del director al regresar la iluminación y colocó la batuta en el atril y dijo «no, no estoy en condiciones de dirigir esa orquesta». Se la leímos de memoria, y se tuvo que cambiar de director.

En Argentina hubo críticas muy encomiables a la fila de contrabajos, ya que nos tocó una pieza muy compleja de Serguéi Kusevitski y la afrontamos magistralmente.

De todas esas historias él tiene una gran carpeta con recortes de prensa, donde están las acreditaciones de esa memorable gesta.

Muchos continúan su legado

En su familia todos han escogido la música como carrera: su hermano Jairo, ha sido principal de la trompeta en la OSB, y ha impartido cátedra de todos los metales, y su hermana Jazmin se ha destacado en el violín.

Aunque con ciertas reticencias en principio de su parte, sus tres hijos también escogieron la música y están en la Simón Bolívar del Táchira: Emmanuel en el contrabajo, Michelle en el corno y Maury en el chelo.

–Una de las cosas que le dije a la mamá de ellos fue que no quería que se dedicaran profesionalmente a la música; pero cuando comenzaron a crecer eso que llevaban en la sangre brotó, y ellos mismos me insistían. Emmanuel era uno que a los cinco años yo tenía que ponerlo en el contrabajo para que se tranquilizara.

Pero de alguna manera sus alumnos han sido como sus hijos y su legado lo han puesto en práctica siempre, reconociendo lo que el maestro les legó: en el Táchira tenemos a Emmanuel Reck, Frank Santamaría, Henry Ruiz, Aarón Contreras, y en Bahía Blanca, Argentina, a Alejandro Sepúlveda. Y ellos habría que agregar los que han sacado provecho a sus enseñanzas en Bolivia, Colombia y España. Otros vástagos suyos no han sido humanos, también institucionales, por ejemplo el Núcleo de Fundamusical en San Juan de Colón, así como la Orquesta de Cámara de la Unet.

¿Por qué el contrabajo?

–Resulta que cuando yo me inicio en la dirección orquestal, en Maracabio con el maestro Eduardo Rahn, ya con mis conocimientos de interpretación musical recibidos del maestro José Antonio Abreu, comencé a entender la profundidad del contrabajo: El contrabajo es la base, es el que mueve todo, es el que manda. Decia Mozart , “quien pueda dominar la izquierda domina el mundo musical”, lo que en verdad significa es que esa mano lleva la armonía, el bajo. Pero eso de mucho atrás lo sabía Bach -otro de los que me enseñó a querer la música. Yo fui el único que logró pasar el curso, y se lo agradezco al contrabajo. De otra parte cada instrumento, cada fila produce una onda sonora muy especial, en velocidad, tamaño y vibración, eso incluso afecta la parte psicológica del intérprete. Tú ves, por ejemplo, que los violinistas son los más rápidos, los más violentos y los que saben todo. En cambio en el contrabajo la onda arropa al artista: ¡es una onda de metro y medio! (señala con los brazos la extensión a lo largo). Esa onda te produce dentro del cuerpo una sensación, lo va transformando a uno hacia una nobleza espiritual increíbe, en este sentido, el único que lo puede superar es el órgano tubular, de resto no hay otro instrumento que tenga la profundidad de un contrabajo. Esa onda está llena de una gama de armónicos, que toca toda la energía que tenemos nosotros y transforma al ser, de acuerdo a la dedicación y el tiempo, esa onda nos va acoplando, nos va calmado, nos va llevando a las profundidades de la música. Cuando un contrabajista está interpretando una obra, su estado visual es muy diferente que el de toda la orquesta, nosotros captamos la música con aquel amor, con aquella profundidad; sabemos lo que está pasando por los cambios armónicos; nosostros sabemos por dónde va el asunto, el porqué de la obra, la esencia de lo que quiere decir el compositor, y eso me para los pelos. La mayoría de los grandes directores del mundo han sido contrabajistas: Von Callahan, Zubin Mehta, Leonard Bernstein.

Actualmente se ha retirado algo del instrumento, pero no de la música. El atril lo ha convocado en múltiples ocasiones en el Táchira, dirigiendo la cuarta de Tchaikovski, la quinta deBeethoven, el Americano en París, el Concierto de Aranjuez, la Sinfonía Nuevo Mundo. Incluso en un ensayo le recibió al mismisimo Abreu la batuta para que lo remplazara en los ensayos de la USB. Todo un caudal de historias que da gusto escuchar…

(*)Por aquel entonces el mundo cultural sancristobalense se movía mucho en lo que hoy son los alrededores de la Gobernación, con su punto de encuentro de la Cueva Pictolírica, la sede de la Banda Oficial de Conciertos, y un poco más allá, ya en La Concordia, en el Club Tennis, la Peña Literaria Manuel Felipe Rugeles, -aún activa más de medio siglo después.