Vía: lavanguardia.com

Hacía tiempo que no se veían tantos esmóquines juntos en Barcelona. Y desde luego no mucha gente recordaba advertir misteriosas figuras con cabeza de tigre o rostros aztecas deslizándose sobre los brillantes pavimentos de nuestro teatro de la ópera. Pero eso es lo que ocurrió el pasado viernes por la noche, con motivo del Baile de Máscaras convocado por el Cercle del Liceu, que reunió a casi quinientas personas.

La actual junta del Cercle, que dirige Ignacio García-Nieto y tiene a José García Reyes y Luis López Lamadrid en la vocalía cultural, ha pisado el acelerador y no para. Tanto traen a Plácido Domingo, Antonio López o Eduardo Mendoza para un coloquio como rinden homenaje al centenario de Octavio Paz, o reúnen a la ANC y la Societat Civil Catalana para que debatan sus diferencias -lo hacen mañana-, como relanzan una costumbre con más de un siglo de antigüedad.

“Queremos que la tradición y lo actual se den la mano -explica García-Nieto-. Y el baile es un acto lúdico que contrasta con nuestros habituales encuentros culturales”. La idea, en este caso, vino del estudiante de Derecho Ramón Soler Padró, hijo del exconcejal barcelonés. “Que fuera el socio más joven del Círculo quien lo sugiriera indica que este tipo de propuestas tiene vigencia”.

El origen de la fiesta se remonta a 1848. La Vanguardia, que nació en 1881, la ha documentado a menudo. “En el último baile de máscaras del Liceo ocurrió un incidente que produjo alguna confusión, motivada por haber sorprendido una señora a su esposo que iba acompañado de otra mascarita”, reza un breve de 1883. Los bailes de fines del siglo XIX y primeros años del XX fueron especialmente espectaculares. Tras la Guerra Civil, la costumbre desapareció -a Franco no le gustaba mucho el carnaval-, y ya en democracia ha habido solo algún tímido intento de revivirlo.

Pero estamos en el 2015. Y hacia tiempo que no se veían tantos esmóquines juntos en Barcelona, ciudad no muy amante de la etiqueta indumentaria -a las señoras se les pedía traje largo-. Yo mismo, para ser sinceros, no estoy muy familiarizado con este negro conjunto. De modo que me alquilé uno flamante en La Trajería de la plaza Kennedy -tiembla, Daniel Craig- y el viernes a las nueve, camuflado tras mi antifaz de Batman, entré en el emporio.

Ya en las escaleras que vieron rodar las perlas de Mariona Rebull empezaban a lucir las máscaras. Algunas en la tradición de la Commedia dell’Arte -Arlequín, Pantaleón, Polichinela-. Otras de aire más variado. Caretas con melenas chillonas, con plumas, con dorados; composiciones florales, de leopardo, de aire abstracto… Todas, sospecho, muy calurosas.

“Este año son máscaras, pero tal vez el próximo nos atrevamos con los disfraces”, señalaba, ufano, García Reyes. La reacción a la convocatoria ha sido más que positiva, animando a una decena de patrocinadores que facilitaron cena y bebidas a los asistentes.

La fiesta ocupó tanto las dependencias del Cercle como el Salón de los Espejos del Liceu. Se accedía solo por invitación, y junto a miembros muy activos del club convocante como Paco Gaudier, Mercedes Arnús, Miguel de Quadras o Francisco Llonch, y profesionales como el abogado de Boston Michael de Marco con su esposa, la historiadora Aranzazu Escudero de Zuloaga, circulaba un personal heterogéneo en el que distinguí a escritores como Jordi Cabré, Carmen Güell o Carlos Martorell, seguro que tomando buena nota de lo que allí ocurría.

El actor Abel Folk leyó un pregón recordando que el baile de máscaras “es una alegoría perfecta de lo que ocurre en la sociedad”, donde casi todo el mundo, y especialmente los poderosos, van enmascarados. Y después hubo música y baile a cargo del dj Gustav Grau y la cantante Gigi Mc Farlane. En un Salón animado por luces violeta y chorros de vapor, que llegaban casi al techo.

Y también hubo premios: a la mejor pareja, para Cristina y Ernesto Domínguez, por un conjunto SM muy en línea Cincuenta sombras de Grey. Rosa y José Monteys, Braulio Haba, Jeannine Guitart, Carla Canals y Serena Williams recogieron otros por sus máscaras o indumentaria.

Ignacio Agustí, el gran narrador de los años dorados de la burguesía catalana, ambientó en el carnaval del Liceu una escena de su Desiderio. Un servidor, mientras salía a la Rambla de madrugada, no dejaba de pensar qué novela puede surgir del baile del viernes. Les mantendré informados.

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