Vía: www.laopiniondemalaga.es/Alejandro Zabaleta

En agosto de 1970 el trompetista Miles Davis subía al escenario del Festival de la Isla de Wight enfundado en unos vaqueros claveteados y una chupa roja. Rodeado de jóvenes músicos bien versados en la instrumentación electrónica, tenía frente a él a la generación psicodélica, los miles de hippies obstinados en apurar el último tripi antes de que la nueva década les diera de bruces con la realidad. La música que Davis les dedicó esa tarde era estrepitosa y minimalista a la vez, deliberadamente fea, abstracta, rockera de una manera que el rock no había conocido hasta entonces. Pero ¿era eso jazz?

La conclusión a la que llegaron los que venían siguiendo al músico desde los años cincuenta fue casi unánime: Miles estaba acabado, y con él el estilo del que había sido glorioso exponente. Hoy sabemos que no fue así. En realidad, el jazz, esa vieja puta, lo había vuelto a hacer. Tras una década haciéndole ascos al rock, su hijo bastardo, se había metido en la cama con él. El astuto Davis no hacía otra cosa que alumbrar el fruto de esa relación incestuosa, que nacía bien saludable y envuelto en la gozosa placenta de la controversia.

Tantas vueltas y revueltas ha acogido el jazz, tantas revoluciones, traiciones y replanteos estilísticos, que durante décadas no hubo música más plenamente vuelta hacia el futuro, siempre huyendo de sí misma, buscándose en la cohabitación con los otros, borrando sus propias huellas para volverlas a inscribir y volverlas a borrar, hecha tiempo en el frenesí de un swing que latía con sístoles y diástoles elásticos.

Pero desde los años ochenta del pasado siglo una pulsión retrospectiva se ha venido adueñando del terreno; alguien plantó el retrovisor y ahora no hay quien venga a buscarlo y se lo lleve. Se podrá arguir que no han dejado de surgir alternativas, nuevas fusiones y rupturas, pero éstas son más la excepción que la norma, más la periferia que el centro de una música demasiado embo bada en el reflejo que le devuelven las gloriosas aguas de su pasado. Así, el jazz, que hoy celebra su día, puede estar quedando en una opción estilística más, en un mero color de la apacible paleta que ofrecen los auditorios. Francamente, no se hizo tanta revolución para esto.

Tensión

Mestizo y fronterizo como pocos, este estilo lleva más de un siglo tanteando los lindes entre la alta y la baja cultura, entre el sudoroso tugurio y la sala de conciertos. De esa tensión, de esa doble porosidad, parte su innegable capacidad para prohijar fusiones de todo tipo y la versatilidad que le ha permitido permanecer al cabo de la actualidad sin renunciar a sus señas de identidad.

El primer jazz tenía el sabor furtivo de la medida de whisky que algunos contrabandistas escondían dentro del tacón de sus botas durante la ley seca. No tardó en seducir a Estados Unidos y convertirse en la banda sonora del país hasta la II Guerra Mundial, mientras sofisticaba sus armonías y se iba domesticando en el seno de las big bands más comerciales. Cada vez más desprovisto de su colmillo, del oscuro misterio que sugieren sus blue notes, el estilo corría el riesgo de quedar reducido a una serie de manierismos.

Así iba todo hasta que a mediados de los años cuarenta apareció en escena el saxofonista Charlie Parker, que fue para esta música su Bach, su Beethoven y su Schönberg. Apodado Bird (pájaro), liberó definitivamente al solista de cualquier atadura y situó su improvisación en el epicentro de la música. Los picados y contrapicados de Parker lo imantaron todo. Suyo es el genio del mejor solista y suyo el arquetipo autodestructivo, desequilibrado y anárquico con el que habrían de cargar los que pudieron seguir su estela. Descoyuntó la sintaxis del fraseo jazzístico, sembrándola de asimetrías y cesuras, para fraguar un vocabulario que aún hoy es parte medular de la base idiomática del estilo. Con él y el resto de la nómina del bebop, la música se reconcentraba en sí misma, se enroscaba en su propio discurso y le iba retirando la sonrisa al público. El riesgo solipsista no tardaría en asomar.

Una de las postreras grabaciones de Bird fue, ironía, La cucaracha, que interpretó con una media sonrisa bien plantada en la embocadura del saxofón. El pájaro moría desperdiciando su inmenso talento en corridos. Con Parker y el resto de beboppers, el jazz renunciaba al cetro de la gran popularidad, que cedió en primer término al rhythm and blues, al que a su vez sucedería el rock, mucho mejor manufacturable para grandes audiencias blancas. Pero los cantos de sirena del éxito masivo no dejarían de tentar a los jazzistas, que de vez en cuando han flirteado con los laureles y los dólares que emanan del volátil hit-parade.

Estéticas

Tras el bebop, y partiendo de sus logros, se sucedieron distintas estéticas. Algunas quisieron nivelar las aristas de aquel estilo, como el sinuoso cool –dicen las concupiscentes lenguas que Kind of blue es el mejor disco para hacer el amor–. Otras las erizaron y exasperaron, como el free jazz, que llevó hasta sus últimas consecuencias la libertad expresiva del intérprete y entró en contacto con la raíz africana de esta música.

Mecida en los terciopelos del saxofón de Stan Getz, llegó en los sesenta la bossa nova, que diluía las complejas armonías del jazz moderno en el balanceo sensual de la batida brasileña. Otros injertos resultaron más cuestionados, como la denominada third stream (tercera corriente), con la que por enésima vez se intentaba una exitosa aproximación a la música clásica. Algunos vieron en esto no tanto una empática voluntad de acercamiento como un soterrado intento de blanquear la música y despojarla de sus raíces negras.

Finalmente, y estamos de nuevo en la Isla de Wight, advino el jazz rock o jazz fusión, inagotable cantera de talentos y quizá la última gran, y discutida, renovación. Fue, desde cierto punto de vista, una claudicación ante el vibrante empuje del rock, que se lo comía todo a finales de los sesenta. Pero no cabía otro desahogo, porque el jazz andaba a esas alturas en un callejón con pocas salidas. Ni el free ni la third stream eran corrientes de fácil digestión para el gran público. Esto no quiere decir que toda la fusión fuera una música fácilmente asimilable. Es más, podía ser jodidamente abstracta, y cualquiera que haya escuchado el Bitches brew del propio Miles podrá dar cuenta de ello, pero tenía también otra cara, soleada, funkera y vacilona. Y en esas alas volaron los años setenta.

En la década siguiente llegó la esperable reacción contra la hegemónica fusión, que empezaba a dar signos de extenuación. Pero quienes se alzaron contra el jazz rock no propusieron una nueva estética sino una mirada revisionista y ortodoxa. Por primera vez, la tradición se convertía en un valor per se. Wynton Marsalis, excelente trompetista e historiador del estilo, lideró este movimiento, que es como uno de esos engañosos pasos de breakdance en los que el bailarín parece andar hacia adelante pero en realidad se desplaza hacia atrás.

El revival tuvo algunos sorprendentes efectos colaterales: uno de ellos fue la resurrección del vocalissta vocalissta de jazz, al que la fusión había condenado a las catacumbas o a los hoteles de Las Vegas. Algunos veteranos vieron reverdecer sus glorias, caso del eterno Tony Bennett, pero no tardaron en aflorar nuevas gargantas cantando la música de sus padres: Harry Connick Jr, Diana Krall, Norah Jones, Jamie Cullum… El encuadre de alguno de estos cantantes en el jazz es bastante relativo, pero han alcanzado una notoria popularidad rescatando para las nuevas generaciones el repertorio standard, un caudal inagotable en el que poder pescar. Y ése es precisamente su talón de Aquiles, la incapacidad para encontrar entre las canciones contemporáneas vehículos válidos para sus interpretaciones.

Quien no parece tener ese problema es el muy talentoso pianista Brad Mehldau, especialista en escarbar en las canciones de Nick Drake o Radiohead. Y como un excelente minero, extrae sugerentes pasajes en los que sus improvisaciones se aproximan a una especie de trance free. La suya ha sido una de las apuestas más decididas y radicales por hacer del jazz de nuevo una música que mire cara a cara a la contemporaneidad. Y no le ha ido nada mal.

Una versión inofensiva de la fusión, apta para ascensores y salas de espera de dentista, se adueñó de algunas emisoras de radio estadounidenses a finales de los ochenta. El inocuo smooth jazz o pop jazz tuvo su momento en la era Bill Clinton, con músicos como Kenny G, David Sanborn o Grover Wasshington Jr. Los críticos lo odiaron.

Batiburrillo

Lo que queda ahora es un batiburrillo de estilos diseminados por el universo jazz, sin que ninguno sobresalga del resto, sin que ninguno trascienda lo suficiente por sobre las barreras de este género como para dejar una impronta significativa en la marcha general de la música popular. Nu Jazz, Acid Jazz, Punk Jazz, M-Base… etiquetas que se unen a veteranos como la fusión o el tradicionalismo, aún con cultivadores y seguidores, para conformar un cuadro entrópico, que puede ser fascinante o desalentador según el color del cristal con que decidamos mirarlo.

¿Sigue vigente el jazz como fuerza motriz de la música popular? A algunos la cosa les huele a cadaverina. Basta echar un vistazo a los carteles de los festivales del género para comprobar cómo estos eventos son cada vez más colonizados por otras músicas, más o menos conexas o emparentadas con él. O el jazz ha acabado fundiéndose y confundiéndose con todas los estilos habidos y por haber y ya es ellos, o lo han ido desalojando sigilosamente de su propio domicilio, con la casa tomada por otros.
La cuestión es más complicada de lo que parece y esconde no pocos factores. El jazz bien puede ser víctima de su propio ciclo, pero también le está tocando lidiar con un ecosistema hostil. Menguan los locales que programan conciertos en directo. Y cuando los hay, a menudo las bases instrumentales son pregrabadas o programadas. Esto es letal para una música que pone en el centro del foco el discurso solista del instrumentista.

Hay quien defiende que con un plato de DJ o mediante el rapeado se puede alcanzar un nivel de sofisticación impovisatoria homologable al del instrumentista tradicional. Están por ver esos excelsos resultados que proclaman, pero sea como fuere no debemos dar por muerto tan pronto al jazz. Es especialista en levantarse de la tumba justo cuando la van a clavetear