Vía: ladobe.com.mx | Sebastián Verea | Dolores Caviglia | Revista Anfibia

El músico alemán que compone para para el dúo británico Pet Shop Boys y la banda alemana Rammstein volvió a la UNSAM para encabezar una jornada de trabajo en el Instituto de Artes Mauricio Kagel: “A diferencia de lo que pasa en la vida, en la improvisación se puede corregir lo que no nos gusta”. Un perfil del compositor de música orquestal contemporánea que puede mezclar una bocina de camión con “Las cuatro estaciones” de Vivaldi: Sven Helbig.

En la esquina de Borges y Guatemala, se escuchan autos y camiones, frenadas, el viento. Se escuchan voces, una moto que arranca, una persiana que se levanta, varias chicharras, un aire acondicionado, bocinas, cochecitos de bebés, zapatos de taco, crujidos de hojas secas, extranjeros que hablan en un idioma que no es nuestro; se escuchan, también, gotas que caen de los árboles: restos de la lluvia que acaba de parar. Y en medio de todos esos ruidos, en medio de la calle, en silencio, en su silencio, hay un hombre rubio vestido de negro, alto y muy flaco, con ojos pequeños, oscuros, una barba de pocos días y la piel blanca. Un hombre que, atento, persigue los sonidos.

Con un grabador omnidireccional, el músico alemán Sven Helbig intenta captar material que luego mezclará en sus composiciones. Las que escribe y arregla desde hace más de una década por encargo para el dúo de pop electrónico británico Pet Shop Boys o la banda de rock alemana Rammstein. Helbig sabe cómo utilizar los instrumentos de la orquesta para que en la mezcla final interactúen con los electrónicos. Es uno de los pocos compositores que utiliza ambos sonidos con resultados claros y contundentes.

Hace música para derribar barreras. Para que ya no haya críticos que, según dice, se sientan insultados si un artista toma “Las Cuatro Estaciones” de Antonio Vivaldi y la mezcla y las recorta y las duplica y las recompone. Y no le gusta hablar de lo “clásico” ni de lo “popular”: cree que las definiciones tajantes entorpecen, llevan una carga, distorsionan.

Sobre su mesa de trabajo, además de papel y lápiz, el compositor de la música orquestal contemporánea tiene una computadora Mac, una estación de loop, tres controladores, a veces cuatro, un mouse, su celular, una memoria externa, auriculares grandes, una cámara de fotos, una tablet y una enredadera de cables que lo interconectan todo. Un músico que decidió dejar los instrumentos.

A los doce años, Helbig vivía en un pueblo dentro de un bosque en la República Democrática Alemana, en el borde con Polonia. Alemania llevaba más de 30 años dividida y por las prohibiciones del gobierno, no había disquerías con buena oferta de música. No le quedaba más que buscarla en la radio. Pero Helbig no tenía radio. Se interesó por la tecnología, quiso entender cómo funcionaba. Entendió y, después de varios intentos, sorprendió a sus padres al construir su propia radio. Una radio simple que sólo le permitía escuchar un canal: el de música clásica.

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Solo, en el living del departamento de sus padres: su guarida, supo que quería ser compositor. Porque cuando entendió el mecanismo, armó micrófonos y los escondió en los rincones más incómodos de la casa para grabar los sonidos del ambiente y experimentar con ellos; también un dispositivo para que la puerta del living se abriese sola y otro para que la luz de todo el departamento se prendiese al instante con un ruido seco y así evitar el miedo a la oscuridad.

El primer instrumento que aprendió a tocar fue la guitarra, en la escuela pública en la que estudiaba. Le siguieron el clarinete y la batería. Fue por ella y por el jazz, el hip-hop, el blues y el soul de Stevie Wonder o de James Brown -que a veces enganchaba en la estación de radio que escuchaba el Ejército estadounidense en el otro lado de Alemania- que se convenció de que su futuro tenía que estar ligado a este arte, aunque en el Este la música profesional no tenía espacio. A los 15, compuso su primera melodía inspirado por las partituras de Schubert, Strauss y Wagner. Así, empezó todo.

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El silencio del Teatro Tornavía se quiebra de golpe cuando uno de los arcos se apoya distraído contra las cuerdas del violín y empieza a subir y a bajar hasta lograr un sonido suave, agudo y constante. De izquierda a derecha en el escenario hay un cello, una viola, un violín y otro más, frente a un fondo vacío que más adelante será cubierto con una enorme tela blanca. Helbig está abajo y camina de un lado a otro, con pasos de piernas largas, hasta que queda parado frente a los cuatro músicos:

—La idea de este encuentro es que hagamos juntos lo que nos gusta hacer. Por eso voy a probar una combinación de música electrónica con grabaciones que tengo hechas para cruzarlas con ustedes.   Vamos a tener tres momentos, los que tienen en las partituras, y en el medio interludios de improvisación. Se toca ambas orejas. Suele hacerlo, Helbig, cada vez que intenta dar órdenes sin sonar autoritario, relaja el cuerpo:

—Pueden agregar lo que consideren que pueda encajar en la historia, lo que se les ocurra. Estoy seguro que van a ver cómo las líneas se transforman en diferentes texturas, efectos y emociones. Lo que se les ocurra, dice.

—Yo les voy a transmitir las sensaciones que me mueven y espero sus reacciones. Lo ideal sería tener una pieza de diez minutos. Lo que dejamos, lo que mejoramos, depende de nosotros. En la improvisación se pueden arreglar las cosas que no nos gustan. Aprovechemos, que en la vida eso no pasa.   Así arenga a Juan Bellgamba (cello), a Mariano Malamud (viola), a Federico Terranova (segundo violín) y a Pablo Jivotovschii (primer violín) para comenzar con las jornadas de trabajo en el Área de Artes Sonoras del Instituto de Artes Mauricio Kagel de la UNSAM, una semana que tiene por objetivo crear una obra y documentar el proceso completo.

Un proceso que resume los objetivos del área de Artes Sonoras: sacar la música del ámbito intelectual, devolverla a su dimensión humana y sensible. ¿Cómo dialogan los instrumentos acústicos con la tecnología? ¿Cómo descubrir nuevas maneras de producir música, tanto desde lo técnico como desde lo artístico y estético?

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Cuando el cuarteto entero empieza a tocar, la música va de las cuerdas a la consola de sonido, de la consola de sonido a la mesa de trabajo de Helbig, y de la mesa de trabajo de Helbig al aire para sonar como un quinteto en el que la electrónica que procesa y dialoga con los instrumentos acústicos es un músico en comunión con el resto. Las cinco fuentes de sonido se invitan, se provocan, se proponen nuevos caminos y todos acuerdan en lo que se oye: una melodía que captura el aquí y el ahora, y lo traduce en vibraciones del aire que no se dejan etiquetar.

Las cuerdas cambian su sonoridad de acuerdo a los momentos de la composición, a veces contundente y a veces frágil, casi a punto de perderse entre los sonidos procesados de las calles de Buenos Aires que Helbig dispara desde su computadora. La música avanza lenta y cadenciosa, con diálogos entre los instrumentos y notas largas que anticipan lo que vendrá: una melodía con contrapuntos y un vals en el que por momentos las cuerdas se transforman en lamentos inaudibles.

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El despertador suena fuerte. Helbig sólo tiene tres minutos para darse una ducha; cinco para ponerse el uniforme, presentarse en la puerta del pabellón y correr tres kilómetros. En la Armada, la puntualidad y la eficacia no se negocian.

Más de dos décadas después, cuando piensa en esa época, si bien reconoce que el Ejército no es algo que un joven de 20 años necesite, tiene ideas encontradas. Cuando se pone a analizar el capitalismo actual, con su burocracia y sus impuestos, descubre que lo que parecía el peor momento de su vida no era tan malo. Durante aquel año y medio, su cuerpo no tenía otra responsabilidad que ser una máquina de músculos con una especie de libertad mental: todo el día podía pensar en música.

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Así, para componer, hoy no necesita nada. No usa instrumentos porque no le parecen imparciales: si los toca inevitablemente le harán sugerencias que cambiarán el rumbo de la partitura. Sentado en una de las mesas del hotel BoBo de Palermo, mientras toma su tercer café y termina su omelette, dice que sus composiciones están primero en su mente y que hasta que no se conceptualizan no puede pasarlas al papel.

—Para usted, ¿Qué es la música?

—Es una transformación, una reflexión sobre la realidad en un modo abstracto que extiende las opciones de comunicarse. Las palabras pueden decir lo que sea: Goethe, Shakespeare, Schiller hicieron de todo sin música. No creo que sea un lenguaje que llegue a donde las palabras no pueden. Se puede decir lo que sea con cualquier cosa. Con las manos, con la danza, con dibujos.

—¿Qué intenta transmitir con una melodía?

—El mensaje nunca es una palabra o un sentimiento. La música es otra puerta de entrada. No se puede transformar la palabra en música. Lo que quiero decir no puede decirse en palabras, porque en verdad los sentimientos tienen muchas más variaciones. Escribí una canción sobre no tener una casa a la que volver, porque estoy algo así como dividido entre ciudades que me gustan mucho pero que al mismo tiempo no tolero por más de un mes, como por ejemplo Nueva York. Es una ciudad que amo, pero a las cuatro semanas me tengo que ir y ni bien me subo al taxi hacia el aeropuerto empiezo a extrañarla. La pieza, “Urban Perfum”, habla de esto pero es abstracta. No creo que nadie pueda escucharla y decir: “Ah, claro, extraña Nueva York”.

El jueves 9 de noviembre de 1989, día en que cayó el Muro de Berlín, Helbig estaba en la Armada. Quiso celebrar pero no pudo evitar pensar que junto a aquellas paredes se derrumbaba también su propia estructura, su fe en que el gobierno, aunque corrupto y autoritario, podía instalar un sistema revolucionario y equitativo.

Tuvo que resignarse, aunque aprovechó los cambios, la reapertura económica, para volver a creer que la música podía ser una opción de vida.

Se mudó a Dresden, la mejor ciudad para aprender y componer música orquestal, y por primera vez se decidió a encarar una carrera profesional en la escuela Carl-Maria von Weber. A los dos años se convenció de que la música que en realidad lo había inspirado no debía estudiarla allí, sino en su lugar de origen. El jazz, el blues, el soul y el hip-hop debía aprenderlos en Nueva York. Durante los seis años siguientes, estudió batería en Drummer´s Collective, tocó en clubs nocturnos y regresó a Alemania al menos una vez por año: cada vez que la green card se le vencía.

En 1996, seducido por la propuesta de crear y dirigir junto a Markus Rindt la Orquesta Sinfónica, la primera de toda Europa dedicada exclusivamente a la música contemporánea, volvió a hacer base en Dresden. Fueron diez años de romper moldes, de juntar géneros que por tradición parecían distantes sin caer en superficialidades, de mezclar clásico, pop, rock y jazz.

La sensibilidad de Helbig para cruzar los mundos de la composición clásica, los sonidos electrónicos y la música popular le hizo ganar un lugar de reconocimiento en la escena europea. Su trabajo es parte del puente que la música clásica necesita para escapar de la zona de inaccesibilidad en la que la encerró el aparato crítico y académico. Con esta meta en la cabeza, en 2003 la Sinfónica captó la atención del público internacional con la canción “Mein Herz brennt” (“Mi corazón arde”) del compositor Torsten Rasch e inspirada por la música y las letras de la banda de rock alemana Rammstein, que se presentó en el premio Echo Klassik-2004. Además, junto a los Pet Shop Boys, grabó una nueva banda de sonido para la película muda de Serguéi Eisenstein “El acorazado Potemkin” y en 2006 cerró las celebraciones por el 800 aniversario de la fundación de Dresden.

Pero Helbig quería aún más. En 2006 se alejó de la Sinfónica y comenzó a hacer música solo, a escribir partituras y arreglos orquestales para los discos o las presentaciones en vivo de los artistas con los que ya había trabajado y de otros como the Fauré Quartet y Snoop Dogg.

Cinco años más tarde, el director del sello discográfico Deutsche Grammophon, de Universal Music, le propuso salir de las sombras, alejarse de la música por encargo, para grabar su primer disco. Helbig aceptó el desafío y regresó la casa de sus padres para encerrarse durante un año en un ático polvoriento. Se reconectó con su pasado, su infancia; encaró mejor el futuro.   En febrero de 2013 fue el lanzamiento mundial de “Pocket Symphonies”, doce canciones que sintetizan sus influencias musicales de la ópera al blues, y todas las cosas que sintió desde que era chico; doce canciones que reflejan humores de atardeceres, maneras de terminar el día, que mezclan cuerdas y pianos con los sonidos de la rutina.

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—En todo momento nuestra vida está repleta de ruidos digitales y electrónicos: un aire acondicionado, un celular, una luz. La materia prima que hizo que existiera la música fue la naturaleza. Hoy, esa materia también es electrónica, si estás abierto a todo tipo de música —dice en mientras recorre el Campus Miguelete, de fondo: los edificios nuevos.

Su obra habita en una región en la que se borran las fronteras impuestas de lo social y lo estético. Sus composiciones resuenan disonantes, recuerdan que somos seres imperfectos en busca de respuestas a. Su técnica es clásica, su espíritu es de un luminoso romanticismo y su forma habla el idioma del siglo XXI.

Extracto del texto originalmente publicado en Revista Anfibia. Click aquí para seguir leyendo.

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