Vía: 2neweb.com | Por Xóchitl Partida Salcido

Antonio Malacara Palacios es crítico e historiador del jazz nacional. Desde hace veinte años escribe sobre música y desde hace dieciséis se especializa en el género del jazz, razón por la que se ha ganado el respeto tanto de los músicos como de los periodistas. Su libro más reciente lleva por título Sub versión de los hechos. 200 bandas de jazz (2012). También es autor de Eugenio Toussaint: las tangentes, el jazz y la academia (2009); Viaje al fondo del jazz. Coloquio memoria (2008); Juan José Calatayud. Modelo para armar (2007); Catálogo casi razonado de jazz en México (2005) y De la libertad en pequeñas dosis: notas del jazz nacional (2002).

El también columnista de La Jornada estuvo el pasado 29 de mayo en Jalapa para participar en el homenaje que organizó la Universidad Veracruzana (UV) para recordar al pianista y compositor veracruzano Juan José Calatayud, con motivo del décimo aniversario de su fallecimiento. Aproveché la oportunidad para conversar unos minutos con Malacara, aquí lo que me contó.

-¿Cómo hiciste la biografía de Juan José Calatayud?

Se tomaron las declaraciones de diferentes personas muy cercanas al maestro: músicos, cantantes, la misma señora Gloria me hizo algunas declaraciones. Como yo me dedico a escribir en La Jornada y todo el tiempo estoy dando mi opinión sobre lo que pasa en los discos y en los conciertos, a la hora de hacer los libros, en realidad lo que intento es darle la voz a los que no la han tenido a nivel de la palabra escrita, porque en el código de las palabras éstas se van en el aire, pero cuando las dejas escritas tienden a formalizarse.

-Lo dices como si fuera muy fácil, como si nada más transcribieras.

Mi libro más reciente se llama Sub versión de los hechos, y ahí sólo pongo una introducción, no hago nada más. Yo tengo la convicción de que cuando estás escuchando a alguien debes tratar de volcar lo que estás oyendo tal cual. Los periodistas tienden, por sus escuelas y las instrucciones de sus maestros, a darle coherencia a lo que están diciendo los otros y eso me parece una tontería. Es decir, si tú le entiendes bien a alguien cuando te está hablando o platicando, tienes que pasar textualmente su discurso y eso le da una riqueza enorme al texto, le da color, vida, fondo.

-Entonces llevas lo oral a lo escrito.

Escribir como hablas es una tontería, pero al momento de hacer periodismo y darle voz a la “otredad” yo creo que tienes que escribir como ellos hablan y lo tienes que hacer para respetar su voz, incluso dejando los barbarismos que pudiera haber. Es complicado, pero creo que lo he logrado, ¡ah qué vanidoso soy! (risas). Creo que dejar que la “otredad” pueda transmitir esos ecos, esas voces tal cual se escucharon es importante. Esto lo discuto mucho con Javier Quirarte y él me dice que todo lo que acabo de decir es una estupidez.

-¿Dónde se consigue la biografía que hiciste de Juan José Calatayud?

Quedan sólo diez ejemplares aquí afuera. El libro se estuvo distribuyendo durante diez años en librerías, sobre todo, de la Ciudad de México. El gran problema con el jazz es que su difusión es casi nula. Con los discos de jazz aumenta el problema y con los libros de jazz el problema se va a sus últimas consecuencias.

-¿Quién lo editó?

El FONCA tuvo algo que ver y las instancias particulares. La empresa que participó en la edición se llama Music Frontiers, que dirige Julio Rivarola. El jazz vive en México gracias a estas iniciativas privadas.

-¿Estudiaste música o cómo te decidiste a escribir sobre música?

Por la enorme carga musical que tuve desde chavo. Tuve un grupo de rock por ahí de 1969 o 70, tiempo en el que levantabas una coladera y aparecía un grupo de rock (risas). En serio, no es broma. En cada colonia había mínimo diez o quince grupos, yo tenía uno de esos.

-¿Eras rockero?

Claro. Generacionalmente pertenezco al rock, pero cuando me di cuenta de lo malo que era como músico lo asumí, pero como no me quise alejar de la música, me puse a escribir y lo hice porque desde niño, con los amigos, lo que más disfrutábamos, además de escuchar música, era platicar sobre ella. Escuchas música solo, pero platicarlo con tus cuates es una delicia y una forma de retroalimentar todo el fenómeno. Entonces empecé a hacerlo y descubrí que hasta me podían pagar por ello (risas).

– ¿Y te quedaste con el jazz?

De hecho empecé a escribir sobre música folklórica y nuevo canto porque a la primera revista que llegué, México canta, era una revista de rock y ya había demasiada gente escribiendo sobre ese género y porque a la directora le gustó como redacté una nota sobre Led Zppelin y me preguntó que si podía hacer otras cosas y yo le dije que por supuesto. “¿De qué quieres que escriba?”. “No seas presuntuoso” -me contestó-. Le expliqué que cuando yo era pequeñito mi mamá ponía en las mañanas a Los panchos, a Nicolás Urcelay; a mediodía llegaban mis hermanas y escuchaban a Los locos del ritmo, Los rebeldes del rock y en la noche llegaba mi papá y ponía a Louis Armstrong, Ella Fitzgerald. No era presunción, yo realmente había escuchado todo esto. Lo único que hice ya que me aceptaron en la revista fue meterme a la Escuela Nacional de Música para estudiar introducción al lenguaje, tener entrenamiento auditivo, historia de la música.

-¿No pasaste por una escuela de comunicaciones?

Estudié Letras Hispánicas en la UNAM, pero esto sólo te daba ciertas herramientas para medio disfrutar y medio redactar. En realidad todo se tiene que dar con la práctica, pero en una ocasión, entrevistando a Héctor Alcázar, del grupo Talón San Cosme, que era un grupo genial, me empezó a hablar de siete sextos y de algunos recovecos y estoy seguro que puse cara de estúpido porque me dijo: “No sabes de lo que te estoy hablando, ¿verdad?”. Y le dije: “No”. “Entonces cómo te atreves a escribir de música” –me cuestionó-. Yo era un chaval de diecinueve años, pero siempre he sido muy hablador y le empecé a decir: “Por eso y por esto, porque yo como público también puedo dar mi opinión”. Y después de todo el choro, que me escuchó muy amablemente Héctor, me dice: “Pero no sabes de qué estoy hablando de todos modos”. Y me preguntó: “¿No quieres saber?”. Contesté que sí y él me llevó con el director de la Nacional de Música. Ahí estuve dos años, como te digo, no estudié música, sino introducción al lenguaje y entrenamiento auditivo.

-Y ahora amalgamas todo, música y letras.

Yo tenía una columna en La Jornada que se llamaba Discoterapia y ahí escribía sobre toda la música. Hasta que llegó el momento en el que hice la reseña de un disco de Óscar Chávez que se llama Los tangos prohibidos, donde puse que el disco era una investigación documental de primera línea, pero que Óscar Chávez no sabe cantar jazz. Mi editor me dijo: “¡Es Óscar Chávez!” y le dije: “Sí, pero no sabe cantar jazz”. Tuvimos una discusión muy seria, tremenda, hasta que lo mandé al carajo y él a mí, yo ya iba de salida cuando me llegó una lucecita y se me ocurrió que me podía limitar al jazz, le dije al editor que el jazz casi ni discos tiene. “Ya ves cómo sí había una solución” –me dijo él- y desde entonces me dediqué a escribir sólo de jazz, pero fue por esa anécdota estúpida.

-¿Ahora sólo escuchas jazz?

Tengo dieciséis años con la columna del jazz, pero sigo escuchando de todo. De rock ya sólo escucho lo que me ponen mis hijos. Mi hijo de veinte años y mi hija de dieciocho son los que me mantienen informados de la nueva canción. Yo por chamba tengo que estar escuchando jazz.