Este año se cumplirán 25 años de aquel recital histórico de Soda Stereo en la 9 de Julio, ante 250 mil personas. Al día siguiente, el italiano reunió a una multitud en el mismo escenario, pero no pudo igualar la marca.

Vía: www.clarin.com | Por Marina Zucchi

14 de diciembre de 1991: Varios vecinos exagerados llamaron a la policía. Vivían en las alturas, en Monserrat y San Telmo, y “registraron oscilaciones como de un sismo”. Cuando pasó el temblor (el primero), fueron anoticiados. Canal 13 transmitía en vivo y en directo un hecho histórico. Regalo de Navidad adelantado. 250 mil personas reventaban la 9 de Julio.
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Treinta mil watts de potencia. Dos tanques de Obras sanitarias. 10 mil litros de agua. 300 bocas de luz. Soda Stereo estaba a punto de ganarle a Luciano Pavarotti, que el día después, en el mismo ciclo gratuito, (“Mi Buenos Aires querido”) lograría 50 mil espectadores menos.

Por entonces se usaban cospeles. Se usaban australes. Se usaba walkman. También ya se usaba a los músicos políticamente. Por eso esta historia tuvo su vértice municipal. Era el Intendente de Buenos Aires (por entonces había intendentes en la ciudad), el que había impulsado el evento. Se trataba de Carlos Grosso –cuya gestión quedó ligada a la corrupción, y quien finalmente renunció en 1992-.

Dos horas de show, 23 temas y un Cerati treintañero cuyo cuerpo se sacudía aunque su alma anduviera lejos. El pensamiento viajaba hasta la casa de su padre, por entonces enfermo de cáncer -murió días después-. Gustavo entonaba compenetrado “Té para tres” y miles desconocían el verdadero significado de ese poema breve en el que hacía partícipe a su madre, Lilian Clark (“Te vi que llorabas, te vi que llorabas por él”).

Aquella noche de la bestia, después del cuarto de millón que vivó a Soda, muchos terminaron el show en Pumper Nic, paradójicamente la cadena de hamburguesas en la que la banda había presentado su disco homónimo, en 1984. Dice el mito que el sonido del recital en la 9 de Julio se escuchaba potentemente hasta en la estación Constitución. La revista Rock & Pop comparaba con un Woodstock. “Tanta gente no se consigue sólo con jóvenes, y menos en un país de viejos como es Argentina”. En Diario Popular se hablaba de la 9 de julio como “una autopista bailable”. En Clarín se calculaba: “Un año atrás metieron 40 mil almas en Vélez. Hace diez, no llegaban a juntar 40”.

La previa del recital estuvo a cargo de un joven Ari Paluch. El conductor aún hoy recuerda aquel bonito dolor de estómago: “Yo tenía muy buena relación con el grupo y ya era un exiliado de la Rock & Pop. Recuerdo que me llamó Gustavo para proponérmelo. Hice el inevitable chiste de ‘Grosso este es un recital tan Grosso’”, se ríe Paluch, que entrevistó a un Charly Alberti enfundado en un jardinero y a un Zeta Bosio que decía estar “excitado”.

“Cien mil argentinos veranean en Miami” y “Duhalde promete que no será candidato presidencial” eran los títulos que compartían las primeras planas con la melena de Cerati. Épocas de Angeloz, Medina Bello, Mónica Seles, Terminador 2, la muerte de Freddie Mercury, el boom de rating de Nuevediario, El show de Xuxa, el Albergue Warnes dinamitado, la erupción del Volcán Hudson…

Todavía nadie imaginaba el divorcio oficial de Soda, años después. Amor amarillo era una frase sin sentido aún. Y Cerati terminaba la noche al grito de “¡Chau, hermosos!”, perforado por un dolor silencioso, sin predecir ese final brutal. Cuando las luces se apagaron, por las callecitas oscuras, la gente seguía cantando “de aquel amor de música ligera, nada nos libra. Nada más queda”. Veinticinco años después nos queda una obra gigante. Y la prueba en video de aquel hito.