Rondan los treinta años y llevan más de siete dedicados a construir y reparar distintos tipos de instrumentos. En pleno siglo XXI, estos jóvenes platenses difunden la luthería, un arte ancestral, por las calles de la Ciudad

Si hay algo característico de los talleres de luthería es el olor a madera. El aserrín lo envuelve y lo impregna todo: los estantes, el piso y los pulmones. En medio del polvo, los luthiers construyen sus instrumentos y reviven un oficio nacido en la Edad Media. Tienen la mística del trabajo artesanal, de la gubia y la lija, de las horas invertidas para sacarle brillo a un pedazo de caoba. Pero algo cambió desde ese entonces: el protocolo que originariamente envolvía a los luthiers, ya entrados en años y con reconocida trayectoria. Hoy no es necesario estudiar diez años con un maestro o venderle un violín a un señor de la aristocracia para ser luthier: lo fundamental es la pasión y la paciencia. Así lo demuestran cuatro luthiers platenses que, sin llegar a los 35, proyectan esta vocación como parte de sus vidas.
Leopoldo Ocampo

Leopoldo Ocampo

AMANTES DE LA MADERA

Con 34 años, Leopoldo Ocampo ama encerrarse en su taller de Ringuelet y darle vida a un pedazo de madera. Sin música que lo acompañe -porque se van terminando los cds y él ni se entera- y sin mate, porque toma uno y después se olvida de que existe. Comenzó con este oficio en 2007, de la mano de Pío Gonzalo, un luthier de Bernal. Aunque sus primeras experimentaciones fueron con estantes viejos y retazos que encontraba por ahí, Leopoldo tocaba el bajo y quería hacerse uno para él. “Con Pío estuve un año y medio, y mientras tanto laburaba en el patio de mi casa, solamente con una caladora, la lijadora y un router”, explica. También estuvo trabajando unos meses con Julio Giorgio, un reconocido luthier platense, con quien comenzó a hacer una guitarra.
Leopoldo Ocampo

Leopoldo Ocampo

Si bien un bajo construido por Leopoldo no sale menos de $7.000, esto no es lo que mantiene expectante al luthier. Lo importante descansa sobre la mesa de trabajo del taller, y aún está sin terminar: se trata de un instrumento de cuerda inventado por él, aún sin nombre. No sabe cómo va a sonar, no sabe cómo va a quedar estéticamente, pero el solo hecho de proyectarlo, le saca el sueño.

Raúl García Torres es platense, tiene 31 años, y también empezó con Pío. “A los 15 años agarré una guitarra de mi tío que estaba en un placar, toda rota y deformada por la humedad. La encolé, masillé, lijé y barnicé con lo que tenía a mano del taller de mi viejo. Fue como algo instintivo”, recuerda Raúl. A los 18 entró a trabajar en una carpintería, donde estuvo hasta los 23 y aprendió mucho del contacto con la madera. Ya a los 20 comenzó a hacer pequeñas reparaciones en los instrumentos de sus amigos, y cuando terminó la carrera de Licenciatura en Comunicación Social comenzó el curso con Pío, allá por 2007. Al igual que Leopoldo, estuvo con Pío cerca de un año, donde construyó su primer bajo.

Raúl también pasó por el taller de Julio, donde en un año hizo un violín: “el padre de una amiga que es concertista lo probó y dijo que por ser el primero sonaba bien”, afirma el luthier mientras lija un mango de arce, una de las maderas más utilizadas para esa parte del instrumento. Ahí comprendió que parte del trabajo implicaba no sólo saber construirlo, sino también estar familiarizado con su cuerpo y sus sonidos.

Cuando en el 2004 la mamá de Mariano Delledonne le habló a su hijo de Wayra Muyoj, un constructor de instrumentos que daba clases en capital federal, éste no lo dudó. Impulsado por su gusto en el trabajo manual y una curiosidad por la música heredada de su padre, Mariano empezó a trabajar desde el primer día. Hoy, con 29 años, ya hace diez que se dedica a la luthería. Después de un año de comenzar el curso con Wayra, el joven luthier y sus compañeros conformaron una cooperativa que se sostuvo un par de años, pero finalmente se disolvió. Mariano nunca perdió el contacto con su profesor, incluso cuando abrió un taller en La Plata, allá por el 2006. “A los tres años empecé a tomar arreglos acá en La Plata, pero se los llevaba a él para que me supervisara. Hasta que me impulsó a que siguiera solo en mi taller”, cuenta. Mientras estudiaba antropología hacía reparaciones, y los pedidos no tardaron en llegar.
Mariano Delledonne

Mariano Delledonne

Mariano Delledonne

Mariano Delledonne

Mariano Delledonne

Mariano Delledonne

Mariano Delledonne

Mariano Delledonne

Mariano tuvo pedidos de Bolivia, Chile y Perú. El último instrumento que construyó se lo pidieron de Ecuador: un charango eléctrico, poco usual en el mercado, que diseñó en permanente diálogo con el comprador. Los precios estipulados para este tipo de instrumentos arrancan en los $5.000 dependiendo de los materiales y los accesorios, y pueden trepar a los $10.000 si se trata de guitarras clásicas, requintos o guitarrones.

Matías Dibbern

Matías Dibbern

Matías Dibbern nació en Tres Arroyos hace 26 años y a los 18 se vino a estudiar composición a La Plata. Quería ser guitarrista o músico, pero cuando encontró el folleto de Julio Giorgio, comenzó a tomar clases con él. “Lo primero que me sugirió Julio fue que hiciera un violín. Yo no tenía idea de trabajar con madera y me llevó un año y unos meses terminarlo”, cuenta Matías. Mientras construía su primer instrumento cursaba composición en Bellas Artes, lo que si bien le sacaba tiempo, le daba herramientas para apreciar mejor los sonidos. Trabajó en su taller junto a Julio durante dos años, hasta que el maestro abandonó por problemas de salud. De él aprendió el oficio y el modo de enseñar, por lo que muchos de los clientes y alumnos de Julio, comenzaron a llevarle sus instrumentos y asistir a su casa por las clases.

Matías Dibbern

Matías Dibbern

Matías Dibbern

Matías Dibbern

Una de las particularidades de los instrumentos de arco está en que su valor y su sonoridad aumentan con el tiempo. “Necesitan asentarse, y que alguien los use”, explica el luthier. Es por eso que Matías les presta los instrumentos a sus amigos un tiempo para que los prueben.

UN OFICIO MUY PARTICULAR

Los cuatro jóvenes tienen recorridos distintos y se especializan en determinado tipo de instrumento: Leopoldo en bajos eléctricos, Raúl en bajos y guitarras eléctricas e instrumentos de cuerda, Mariano en charangos y guitarras clásicas, y Matías en instrumentos de arco (violines, violas, violonchelos). Sin embargo, son más las coincidencias que las diferencias: todos se dedican a reparar y coinciden en que es lo más redituable, pero todos aman construir, crear algo de la nada, poder volcar su creatividad en “construir sonidos”. También coinciden en que la principal virtud del luthier es su paciencia: “si uno se pone ansioso o quiere apurar el proceso, puede mandarse una macana grande”, afirma Matías.

La luthería es un arte complejo y muchas veces los procesos que están detrás de la construcción son desconocidos por aquellos que van a comprar un instrumento: el tipo madera, el corte, el estacionado, la combinación de las mismas y los artefactos que lo hacen vibrar son una composición única. Algunas de las maderas “preciosas” o “tradicionales” más utilizadas para la construcción de instrumentos eléctricos son arce, caoba, fresno, ébano, wengue, palisandro y rosewood. En el caso de los acústicos se destacan el cedro, pino abeto, red cedar, ébano y caoba. Por su parte, para los instrumentos de arco se acude generalmente al arce o maple rizado, ébano, boj y pino abeto.

Se tarda como mínimo tres meses en hacer un instrumento, e implica estar atento al chequeo constante de medidas, e incluso del clima: la humedad de la ciudad y las lluvias le juegan en contra al secado y generan el movimiento en la madera. No cualquier persona va a comprar un instrumento de autor -como se le dice a los instrumentos personalizados- y tampoco son los más baratos del mercado. Los jóvenes luthiers venden un promedio de 2 a 6 instrumentos por año, y el precio, que varía dependiendo del instrumento, puede oscilar entre los $3.500 y los $10.000.

“Mi profesor de bajo era Omar Gómez, que vio un bajo mío y lo compró. Como era una persona conocida me abrió las puertas a que salieran muchos trabajos más -comenta Leopoldo-, sin embargo no es fácil vivir de este oficio”. Mariano trabaja diez horas por día en su taller y muchas veces le cuesta estar tranquilo a fin de mes, al igual que Matías, quien tiene alrededor de cinco alumnos a los que está enseñando el oficio. Raúl se dedica por las tardes porque tiene otro trabajo de mañana: “tengo conocidos que viven de esto, yo todavía no puedo, pero me gustaría”, afirma.

NI CREMONA NI ANDALUCÍA: LA PLATA

El “mercado” de la luthería cambió, al igual que el vínculo entre los luthiers. Un circuito que era cerrado, privilegiado para aquellos de gran experiencia en el oficio, hoy se diversificó y cada vez más los jóvenes se animan a incursionar en este arte. En La Plata esto se puede ver en la cantidad de festivales y muestras de luthería que se organizan todos los años desde diversos espacios culturales, y en las redes que existen entre los luthiers.

“Yo cuando empecé no conocía a nadie acá en La Plata, y de repente aparecieron un montón, nos cruzamos en muestras y hay muy buena onda”, admite Raúl. “Hay muchos jóvenes que están dedicándose a este oficio -cuenta Matías-, antes había más luthiers grandes, de más de 40 años, y se aprendía yendo al taller y barriendo. Después fueron apareciendo escuelas, como la de Tucumán. Es difícil aislarse porque está más divulgado y hay más información”. Y agrega: “Me llevo re bien con todos, intercambiamos información, nos pasamos arreglos. Para mí ni siquiera hay competencia, porque el que va a buscar luthier es una persona particular, que va a buscar a alguien porque lo conoce o porque le gusta su trabajo”, coincide Mariano. Para Leopoldo, en los últimos años se comenzó a generar un circuito local que se retroalimenta: gente que hace estuches, micrófonos, etc., que son mejores y más baratos.

Si bien cada instrumento tiene su especificidad en torno a ventas y ofertas, los cuatro luthiers esperan poder seguir dedicándose a esto en el futuro y poder vivir del oficio. Las redes sociales simplifican la difusión y permiten mayor contacto con personas de todo el país y del exterior. Leopoldo, Raúl, Mariano y Matías sonríen cuando hablan de las maderas con cierto enamoramiento. Hasta extrañan sus instrumentos cuando los venden y les queda el vacío de la ausencia. No se disputan, como siglos atrás, las fórmulas de los barnices o quién hace el mejor acabado, sino que esperan un día sin humedad para calzarse el delantal, y darle rienda suelta al romance frenético entre la madera y su imaginación. Cuando la gubia talla el primer centímetro de una madera y el polvo empieza a volar, una sonrisa se dibuja en sus labios: la magia ha comenzado.