La viuda del destacado intelectual de origen palestino co-fundador de la West-Eastern Divan Orchestra estuvo en Chile junto a Daniel Barenboim.

 

Vía: culto.latercera.com
Por Rodrigo González

Catorce años han pasado desde la muerte de Edward Said (1935-2003), el eminente intelectual y profesor de Columbia que ayudó a desterrar varios estereotipos acerca de la cultura árabe, y sus sueños aún siguen siendo vagas esperanzas en Medio Oriente. Uno de ellos, que la Orquesta West-Eastern Divan se presentase en todos los países árabes, está más lejos que nunca de concretarse. Desde 2003 hasta hoy las cosas han empeorado hasta la ausencia total de diálogo entre palestinos e israelíes, y la viuda de del autor de Orientalismo, Mariam C. Said, tiene clara aquella sombría película.

Nacida en Beirut (El Líbano) y residente en Estados Unidos, Said es la vicepresidenta de la Fundación Barenboim-Said, el organismo bajo cuyo alero funciona la orquesta, la Academia Barenboim-Said y el Centro de Música Barenboim-Said de Ramallah. Estuvo en Chile acompañando a la West-Eastern Divan Orchestra, que Daniel Barenboim dirigió el miércoles a tablero lleno en el Teatro de CorpArtes.

Por primera vez en Chile, aprovechó de visitar Santiago y a media tarde, en el Club Palestino, ofreció esta entrevista a Culto.

—¿Cómo era el clima político en 1999, cuando su esposo y Daniel Barenboim crearon la orquesta?

La situación en Medio Oriente era bastante mejor que ahora. Cuando mi esposo murió en 2003 (a los 67 años a causa de una leucemia), él estaba seguro de que prontamente la orquesta iba a tocar en todos los países árabes. Por supuesto, eso nunca sucedió. Vino la Segunda Guerra de El Líbano en 2006 y las cosas empezaron a empeorar rápidamente .

—¿Quién tuvo la idea de la orquesta: Edward Said o Daniel Barenboim?

No es tan fácil decir eso. Antes de la orquesta, Daniel y Edward habían hecho varias conferencias juntos. Fueron un éxito. Todo empezó en Weimar (Alemania), que en el año 1999 era capital cultural de Europa. Le pidieron a Barenboim que diera un concierto, pero respondió que tenía una mejor idea: un taller con israelíes y palestinos. A la audición llegaron 300 árabes, muy buenos, y eso nos sorprendió a todos, sobre todo a mi esposo, que pensó que por razones políticas no habría muchos. Ahí se formó la orquesta: Barenboim pensó que con esa cantidad de interesados había que hacerla. Yo-Yo Ma también estaba en ese taller inicial.

—¿Qué es lo que su esposo, que además tocaba el piano, encontraba en la música que no hallaba en la literatura?

La trascendencia. El lenguaje de la música va más allá que otros y facilita la comunicación. Al mismo tiempo, cuando los músicos están en un escenario dejan de ser israelíes o árabes, dejan de representar a un país. Son individuos. Son Mohammed, Ari o Maria. Otro aspecto que siempre solía discutir con Daniel es el de las melodías contrarias: en la música dos melodías diferentes ejecutadas al mismo tiempo crean la armonía. Es como dos naciones con diferentes puntos de vista que se expresan y crean algo nuevo, algo mejor.

—¿Cómo se financia la orquesta?

Cuando la orquesta recién se creó, la Junta de Andalucía (España) contribuía con mucho dinero. Después de la crisis económica, el dinero empezó a ser menos de la mitad y tuvimos que buscar otra forma de financiarnos. Pero mientras menos recursos había, la orquesta tocaba mejor. Esto nos dio la posibilidad de negociar las presentaciones y pedir que quienes solicitaban los conciertos pagaran todos los gastos. Básicamente la orquesta llegó a financiarse por sí misma debido a su alta calidad y también por el aporte de privados individuales.

—¿Cómo es ser árabe y vivir, como usted, en Estados Unidos, un país siempre alineado con Israel?

Creo que después de 1967, tras la Guerra de los Seis Días entre Israel y los países árabes, las cosas se pusieron bastante malas para nosotros en Estados Unidos. Por otro lado, vivimos en Estados Unidos, respiramos ese aire y, de alguna manera, somos americanos también.

—Tras el 11 de septiembre de 2001 debe haber sido aún peor

Todo cambió. Después de la Guerra de Vietnam vino una época que algunos consideran políticamente correcta, pero en el fondo estaba claro lo que se podía o no se podía decir del otro. Había cierto respeto. Tras el 11 de septiembre se acabaron esas fronteras y se permite todo tipo de ataques, sobre todo en asuntos de raza. Los estereotipos crecieron aún más. Un día hablaba por teléfono por un problema en mi tarjeta de crédito y la persona al otro lado de la línea iba demasiado rápido. Le pedí que hablara más lento y, en forma burlesca, empezó a pronunciar con el tono y la velocidad en que se le habla a las guaguas. Le dije que entendía inglés, pero que de lo que se trataba era de no ser tan rápido. Sin provocación alguna me dijo: “Mejor devuélvete a tu país”. Ese tipo de situaciones demuestra que hay una ira contra los extranjeros. Si tienes un acento, puedes tener problemas.