Por Emilio Sanmiguel
Especial para El Nuevo Siglo

Colombia tardó años en darse cuenta del fenómeno del Sistema nacional de Orquestas y Coros juveniles e infantiles de Venezuela por esa inveterada costumbre de andar mirándonos el ombligo. La directora ejecutiva de una de las orquestas locales prefirió mejor ignorar esa realidad e inventarse, de la nada, como por arte de magia, que su orquesta había sido declarada la segunda de América Latina… nunca informó sobre el concurso producto de su imaginación.

Dudamel

Dudamel


Afortunadamente de un tiempo para acá los rumores sinfónicos de Venezuela dejaron de serlo. La Sinfónica Simón Bolívar se ha presentado ya en varias oportunidades en el Teatro Mayor bajo la dirección de Gustavo Dudamel que es una de las grandes estrellas de su oficio en este mundo.

La noche del jueves ocurrió lo propio y una vez más los más de cien músicos de la más importante orquesta sinfónica de América Latina llenaron el escenario del teatro, cuyo aforo es apenas capaz de contenerlos para, como ha ocurrido en los últimos años, tocar una sinfonía de Gustav Mahler (1860-1911), la Novena, que es su canto del cisne y se estrenó póstumamente en Viena.

El teatro, desde luego con el aforo agotado, y no era para menos, pues oportunidades de esta talla no son cosa de todos los días, pero quizás lo más importante, con un público sinceramente interesado por lo que ocurrió en el escenario.

Para nadie es un secreto que Gustavo Dudamel está evidentemente interesado en forjarse un lugar de excepción en la liga de los grandes directores mahlerianos, y lo está consiguiendo; conocedor como es del mundo sinfónico internacional, sabe perfectamente que para conseguirlo no basta con dirigir impecablemente su formidable orquesta que ya está curtida ante los más grandes auditorios del mundo entero. Eso exactamente fue lo que ocurrió la noche del jueves en el Mayor.

Porque no es tarea fácil llevar a buen puerto las dificultades de todo orden que plantea el primer movimiento, Andante comodo, que en manos menos expertas puede resultar tedioso, pero que el jueves fue discurriendo con admirable lógica e imaginación.

Durante el segundo, Im Tempo eines gemächlichen Ländlers. Etwas täppisch und sehr derbapareció de forma incuestionable la jerarquía del gran director, por esa manera tan inteligente de ir trabajando acentos aquí y allá para poner en evidencia y de relieve todo lo vienés que entraña este movimiento, pues en el manejo de las frases evocadoras del Ländler (una danza popular austriaca) se permitió con detalles rítmicos muy sutiles que la música dejara escapar ciertos visos de Vals, pero de un Vals primitivo, una suerte de vals entreverado de su ancestro de Ländler, todo un riesgo musical, pero extraordinariamente bien resuelto.

El tercer movimiento, Rondo-Burleske: Allegro assai. Sehr trotzig fue sin duda el mejor momento de una noche de grandes momentos, fue el movimiento dirigido con más fogosidad, Dudamel parecía estar absolutamente relajado y su imaginación en el tope de la creatividad por el vigoroso manejo de los Tempi que dieron paso, en la sección central, a una auténtica isla de sensualidad, en la frontera de lo erótico (algo no tan infrecuente en algunos de los compositores de la época que, como Mahler, andaban anclados entre los ideales del siglo XIX y las primeras décadas del XX), pero matizando la pasión con momentos de evidente lirismo; entonces ocurrió el milagro, cuando abrió de nuevo las compuertas de la fogosidad de la primera parte, con una habilidad y un dominio del sonido, la forma y el carácter que sólo están reservados a los directores auténticamente grandes, porque a la final, simplemente se permitió decirle al público que si de los movimientos de esta sinfonía uno ponía en evidencia los atavismos con el pasado dieciochesco era este Scherzo con Trio.

A estas alturas de la Novena mahleriana ya era de sobra sabido que las partes más complejas de la obra eran asunto del pasado y lo que restó no fue otra cosa que darle paso al último movimiento, Adagio. Sehr langsam und noch zurückhaltend, que Dudamel trabajó con control y virtuosismo, sin permitirse excesos innecesarios, se trata de otro de los sublimes Adagios del compositor, Dudamel desde el podio hizo de la música una filigrana y sencillamente sumió al público en una especie de trance hipnótico; en los últimos compases la música ya no venía del escenario, flotaba en el aire y el silencio que la siguió formaba parte de ella.

De romper ese trance se encargó el timbre de un celular, porque nunca falta el llamado a mandar al traste un momento irrepetible.

Lo demás, pues que el teatro rompió en aplausos, cada vez más emotivos, de todas partes los espectadores empezaron a alzarse de sus lugares y, una vez más, Bogotá ovacionó a Dudamel y a la Sinfónica Simón Bolívar.

A Bolívar le habría gustado estar presente la noche del jueves en el Mayor: Colombia y Venezuela unidas por la música… un sueño americano.