El director Diego Matheuz se pone al frente de la Sinfónica de Castilla y León con un concierto de percusión a cargo de Grubinger

Vía: www.elnortedecastilla.es/ VICTORIA M. NIÑO | VALLADOLID

Por fin Diego Matheuz dirigirá en el Miguel Delibes a la Sinfónica de Castilla y León. Hace dos años estaba programado pero una lesión le impidió venir. Si entonces era una sinfonía de Shostakovich y una obra de JohnAdams, en este caso también será una sinfonía (la 10ª) del ruso y un concierto contemporáneo de percusión, que firma Tan Dun, y que interpretará Martin Grubinger. «La sinfonía la conozco muy bien, la he dirigido bastantes veces y estoy cómodo. En cuanto al concierto, Martin crea la atmósfera propia y es una obra muy bien escrita», explica Matheuz.

De la misma ciudad que Gustavo Dudamel y tres años más joven, Diego Matheuz (Barquisimeto, 1984) es el otro exponente de la excelencia del Sistema Abreu –el que lleva décadas enganchando a los niños venezolanos a la música–. Acaba de terminar su residencia en La Fenice y desde hace cuatro años trabaja en Melbourne. Ahora viene de Japón y su estómago se ha resentido de aviones y menús tan dispares.

«No atiendo a estereotipos geográficos que si suramericano o europeo. Mi centro es la música, lo que me mantiene y me guía. Es la razón de nuestras vidas», dice quien era violinista y comenzó a estudiar dirección, algo porque siempre sintió curiosidad. Hasta que un día Claudio Abbado se enteró y le sacó literalmente de la silla para «ponerme a dirigir la ‘Séptima’ de Beethoven. Ydesde entonces él me marcó el camino. Fui su asistente y comprobé su generosidad y su humildad. Me enseñó el respeto por la música», cuenta quien se considera «un pianista frustrado». Ambicionó el instrumento rey pero terminó quedándose con el más completo, la orquesta, «ese es el mío. Los músicos son mis cómplices, sin orquesta no soy nada».

Subió al podio pronto y ahí sigue. Si a Abbado le debe la oportunidad, reconoce en su compatriota Dudamel el mérito de «abrir las puertas a los directores jóvenes. Hay un antes y un después de Gustavo, fue el pionero y a partir de él se nos dieron oportunidades». Su generación rompió el techo de la edad, la experiencia es un grado pero la juventud también puede tener algo nuevo que decir en la dirección. En seguida se ganaron el apoyo de ciertos mayores, y las batutas en la treintena empezaron a ser invitadas en las grandes orquestas del mundo. Dudamel es el titular de la Sinfónica de Los Angeles. Matheuz considera que está en el momento de «probar, experimentar. Me gustaría ser titular de una. Es algo que vendrá pronto, no hay que desesperarse».

Solo tiene palabras de agradecimiento para el Sistema venezolano de jóvenes orquestas «al que debe todo», y al que vuelve una vez al mes para trabajar allí. «Ahora mismo hay 800.000 niños en las orquestas y en dos años llegaremos al millón».

También lleva por el mundo la música de su país, «hay buenos compositores venezolanos en este momento. Suelo hacer su música por ahí». No siente la diferencia de público cuando está en Europa, en Australia o en América porque «la misión de la música no es adaptarse a las audiencias. Es el público el que busca y ve cada cosa y se da cuenta de la diferencia entre Tchaikovsky, Mahler o Mozart por encima de la nacionalidad».

Siente que ha enganchado bien con la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Si se le pide que valore las distintas formas de sostener las orquestas a ambos lados del Atlántico, es salomónico. «El problema viene de los gobiernos. Creo que se están focalizando los recursos en cosas estúpidas como la guerra en vez de apoyar la música. Qué casualidad que cuando hay recortes siempre se hacen sobre lo mismo, sobre lo esencial, sobre la cultura que es la identidad de un pueblo».