MARÍA PAULINA ORTIZ  | Redacción EL TIEMPO

El director se presenta en Bogotá con la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela.

Tenía seis años cuando dirigió una orquesta filarmónica por primera vez. Los músicos seguían obedientes las instrucciones de su batuta y el público aplaudía a rabiar. La batuta era un pedazo de alambre sacado de los ganchos de ropa de su abuela y el público era un vecino de su misma edad, que miraba aterrado la forma como se movía su amigo cada vez que la orquesta (un disco a todo volumen en el equipo de sonido) entraba en un movimiento rápido. Hoy Gustavo Adolfo Dudamel Ramírez tiene 32 años y es reconocido por críticos, público y colegas como uno de los mejores directores del mundo. Bajo su conducción está, desde hace cinco años, la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles; también es la batuta de la Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela.

Desde este sábado, Tannhäuser de Wagner con la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela en la Ópera de Colombia.

Desde este sábado, Tannhäuser de Wagner con la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela en la Ópera de Colombia.

Su casa quedaba en un barrio de clase media baja de Barquisimeto, capital del estado Lara, en Venezuela. Hijo único, Dudamel creció con sus papás –que no habían cumplido veinte años cuando lo tuvieron, fueron más como sus hermanos mayores– y sus abuelos, que terminaron por criarlo. La música sonaba siempre. Su papá, Óscar, era el trombonista de un grupo de salsa y quiso que su hijo de cuatro años aprendiera a tocar ese mismo instrumento. El niño lo intentó, una y otra vez, pero sus brazos no le alcanzaban para manejarlo. Probó con la trompeta, pero le dolían los dientes. Así que, al ver que varios amigos tocaban violín, se decidió por ese instrumento.

Y le encantó.

Que muchos de sus amigos tocaran violín en un barrio pobre de Barquisimeto podría sonar difícil de creer, si no estuviera de por medio el que ha sido uno de los experimentos de formación musical más importantes de los últimos tiempos: el Sistema de Orquestas Juveniles e Infantiles, creado por el maestro José Antonio Abreu, que llenó al país de centenares de orquestas. El Sistema, como se le conoce, fue una segunda casa para Dudamel. Al mismo tiempo que muchos vecinos de su misma edad se metían en la delincuencia o en la droga, él y otros tantos tomaban el camino de la música. Sus primeras clases de violín las tomó en el Conservatorio Jacinto Lara. “No soy un niño prodigio. Soy el fruto de disciplina, esfuerzo y trabajo” ha dicho varias veces Dudamel que, con sus movimientos frenéticos que hacen volar su pelo ensortijado, ha tenido bajo su batuta las mejores orquestas del mundo, entre ellas la Filarmónica de Berlín, la más prestigiosa de todas y de la que se presume que puede llegar a ser su próximo director a partir del 2018.

No era que se la pasara todo el tiempo con el violín en sus manos. Disfrutaba jugando fútbol en las calles de su barrio, marcando carreras de béisbol –esa afición sigue todavía; es un fanático enfermizo de Cardenales de Lara– y en las clases de karate a las que su abuela lo había matriculado. Sin embargo, la música siempre volvía. Siempre estaba. Dudamel era el niño que amenizaba las fiestas del barrio: creó con un vecino el Dúo Larense, en el que él tocaba el cuatro –con los dos acordes que se sabía– y su amigo las maracas. “Era un desastre”, recuerda. A los ocho años recibió de regalo su primera batuta, de manos de su abuelo. A partir de ese momento, los ganchos de ropa quedaron a un lado y los muñecos que paraba en el piso de la sala de su casa, como si fueran los músicos de su orquesta, tuvieron director con todas las de la ley.

Dudamel siguió en sus clases y entró a la orquesta de cámara Amadeus, de su ciudad, como uno de los violines de la orquesta. Un día de ensayo, al ver que el director se demoraba en llegar, puso el violín sobre la silla y empezó a dirigir a sus compañeros. Hizo sonar la Pequeña serenata nocturna. Tenía 12 años. Todos obedecían sus instrucciones. El director llegó, y le dijo:

–Continúe.

Siguió. Y sintió que eso era lo que quería hacer en su vida.

Su primer maestro en dirección musical fue Rodolfo Saglimbeni. Después su formación quedó en manos de José Antonio Abreu, que no tuvo dudas en entregarle la batuta de la Orquesta Nacional Juvenil Simón Bolívar, cuando tenía 18 años. En esa época conoció a uno de sus ídolos, un director al que había conocido por sus discos, el gran maestro italiano Claudio Abbado. Al verse, sin embargo, los cumplidos fueron al revés: “Dudamel es el más dotado de los directores jóvenes”, dijo Abbado, de quien el joven venezolano empezó a imitar el estilo sencillo de saludar al inicio de cada uno de sus conciertos.

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Para ese momento muchos sabían del tesoro escondido que tenían en El Sistema. Pero fue en 2004 cuando Gustavo Dudamel selló su futuro como director musical. Lo convocaron para participar en la primera versión del Concurso de directores jóvenes Gustav Mahler, organizado por la Sinfónica de Bamberg. Y ganó. Dudamel recuerda que ese día almorzó cinco veces: lo perseguían representantes musicales, agentes, periodistas que querían saber de su futuro, ofrecerle trabajos. En ese momento Dudamel solo pensaba en el lema de El Sistema, que está impreso en las medallas en forma de violín que llevan los músicos en sus uniformes: “Tocar y luchar”. Había llegado el momento de empezar su camino internacional. Un año después del concurso, firmó como artista exclusivo del prestigioso sello Deutsche Grammophon.

Vino después una ruta de éxito que lo ubicó como uno de los directores de orquesta más importantes del momento. Dudamel es el más condecorado de su generación; ha sido elegido por la revista Time entre los 100 personajes más influyentes del mundo (en 2009); recibió el Premio Eugene McDermott en las Artes entregado por MIT; tiene la Orden de las Artes y las Letras como Caballero, otorgada en París; recibió título de doctor de la Universidad de Gotemburgo (el venezolano dirigió la orquesta sinfónica de esa ciudad durante cuatro años); ganó un Grammy en 2012 por la grabación en vivo de la Sinfonía No. 4 de Brahms con la Sinfónica de Los Ángeles. En fin. Y, quizá para él más importante que los premios: colegas como Abbado, Daniel Barenboim y Simon Rattle (actual batuta de la Filarmónica de Berlín), que eran sus ídolos cuando niño, lo consideran uno de los grandes. Y los niños que empiezan en El Sistema lo ven ejemplo a seguir. Todos quieren ser Dudamel.

–Si soy un referente y un ejemplo, entonces me gusta ser una celebridad –ha dicho el venezolano en varias ocasiones–. Lo asumo como una misión.

Ha sido fiel a su estilo, el mismo de cuando jugaba a dirigir en casa. Lo primero que busca es una comunicación cercana con los músicos. “Un director no es nada sin una orquesta –ha dicho–. Busco que los músicos sientan que, al tocar, está pasando algo especial”. Les ofrece su energía, su pasión, que parecen infinitas. Muchas veces, en los ensayos, se le ha oído pedirles a sus músicos “que se sienta la sangre”. Por esa misma conexión especial, rara vez utiliza partitura: Dudamel prefiere que sus ojos estén concentrados en mirar a sus músicos y que ellos, cuando lo busquen, encuentren su mirada y no su cara leyendo un papel. Es un estudioso de la obra a interpretar, la oye una, dos, cientos de veces hasta encontrar la manera personal en que quiere dirigirla.

Lo suyo es él y su batuta. Una batuta que tiene domada con sus movimientos. Solo una vez tocó con una que no era la suya: sucedió cuando lo invitaron a dirigir la Filarmónica de Nueva York, terreno pisado por uno de los más grandes de la historia: el director y compositor Leonard Bernstein. Antes de salir a escena, luego de dejar de lado los jeans y la camiseta de cuello que suele vestir, ya con traje de gala, se le acercó una de las organizadoras.

–Queremos que use esta batuta– le dijo.

Era una de las tres que pertenecieron a Bernstein y que la Filarmónica guarda como una reliquia. Dudamel aceptó. En medio del concierto, la batuta se rompió en dos y una parte salió a volar. No la había golpeado, nada, simplemente hizo crac. El director venezolano se metió entre el público a buscar el pedazo, que uno de los asistentes había guardado como reliquia. Dudamel le rogó que se lo devolviera y al finalizar ofreció mandarla reparar. Los anfitriones le dijeron que preferían guardarla así, como recuerdo de lo que había pasado esa noche.

Su vehemencia en escena –que a muchos encanta– también ha sido objeto de comentarios negativos. Uno que otro crítico musical ha dicho que a Dudamel le gana su personalidad encantadora a su pensamiento musical. Esas opiniones son la excepción. Sin embargo, es evidente que el venezolano –que entre el público y la crítica internacional es conocido como ‘The Dude’– ha moderado sus movimientos al momento de dirigir, aunque no dejará de tener la sangre en sus venas, que lo llevó a imaginarse desde niño como el mejor director del mundo.

La misma sangre con la que coge un violín y toca un tango en las parrandas con amigos, en las que puede terminar bailando un merengue o una salsa con su esposa Eloísa Maturén, una bailarina clásica de ascendencia gallega. El prestigio que ha ganado no le quita la sencillez. La noche de su debut en Los Ángeles, por ejemplo, no quiso una cena elegante: se antojó de un perro caliente. Y se encontró con un lugar que empezó a frecuentar tanto, que decidieron incluir en su menú el Dudamel hot dog.

Con Eloísa, y con su hijo Martín, reparte el tiempo entre su casa en Los Ángeles y Caracas. En realidad, si se tiene en cuenta su agenda, su hogar también es un avión. Para las próximas temporadas, además de sus compromisos como titular de la Filarmónica de Los Ángeles y la Sinfónica de su país, estará como director invitado de las orquestas de Viena, Berlín, Nueva York, Munich, Londres. Aunque está acostumbrado, cada vez que se sube a un avión, se encomienda a Nuestra Señora de la Divina Pastora de Barquisimeto, de la que es devoto.

Gustavo Dudamel Ramírez tiene 32 años. A esa edad muchos están comenzando su carrera. Él ya tiene miles de kilómetros recorridos. Será porque empezó a soñar temprano.