Vía: El Mundo.es | Escrito por Rubén Amón

Una escrupulosa encuesta realizada en 2009 por la BBC no tenía dudas sobre la jerarquía tenoril de la Historia. Proclamaba a Domingo como el número uno, superando, incluso, el mito de Enrico Caruso y relativizando el duelo con Luciano Pavarotti en la cima del siglo XX.

Plácido Domingo

Plácido Domingo

Es cierto que el sondeo no tiene valor científico ni dogmático. También es verdad que la omnipresencia de Domingo condicionaba implícitamente el “concurso”, pero la falta de perspectiva no contradice el aspecto colosal que ha adquirido el “tenor madrileño”.

Vienen a cuento las comillas porque delimitan una restricción. Domingo es tenor y es madrileño, pero se le han quedado pequeños, muy pequeños, el sustantivo y el gentilicio. Ha puesto patas arriba el repertorio ―140 papeles…―, se ha cuajado como barítono, lleva cuarenta años dirigiendo, se gana la vida como gerente en las ópera de Los Ángeles  y se ha convertido en una suerte de cantante o de estrella global.Global es una manera de definir su polifacética naturaleza y su curiosidad insaciable, pero también es un modo de contener la idea de la globalización. Porque Domingo es el cantante de ópera del planeta, el arquetipo, la referencia, el símbolo.

De otro modo no se habría garantizado un lugar en Los Simpson. Apareció en la decimonovena temporada. Se le veía en unos vestuarios, charlando amigablemente con Homer. No necesitaba presentación. Cualquier espectador lo reconocería.

Plácido Domingo ha sido la banda sonora de muchas vidas. Lo decía el crítico de  “La Stampa” cuando el “tenor” debutó como “barítono” en la Scala de Milán, a propósito de Simon Boccanegra. Reaparecía el cantante después de habérsele extirpado un pólipo en el colon, así es que los espectadores temían encontrarse una suerte de fantasma.

La cuestión es que Domingo todavía permanece en activo ya bien entrado el siglo XXI. No lo han retirado los 72 años que cumple hoy  ni las 3.600 funciones que lleva encima. Tampoco lo ha disuadido el tumor, ni sus otras ocupaciones como gerente, factotum o mecenas de las nuevas voces.

Domingo ha descarrilado a quienes le auguraban una carrera breve. Ha desmentido a quienes le disuadieron de cantar Otello. Ha contrariado a los que presagiaban un fracaso en el repertorio wagneriano.

Así es que ahora se ha propone cumplir 72 años desde una insólita plenitud. Sirva como ejemplo su contribución al año Verdi interpretanto la parte baritonal de “I due Foscari”, “Nabuco” y “Giovanna d’Arco”, camino además de presentarse como Germont en “La Traviata”.

Plácido Domingo es el gran decatleta del escalafón operístico. No posee los sobreagudos de Juan Diego Flórez, ni su timbre es tan hermoso como el de Giuseppe Di Stefano.

Su legato y su fraseo son menos elocuentes que los de Alfredo Kraus y carece de la pujanza squillante que antaño tuvieron Franco Corelli y Mario Del Monaco. No es mejor actor que Jon Vickers ni tiene la facilidad de Lauri-Volpi.

Han llegado a reprocharle una emisión demasiado nasal, también se le considera menos dotado para el repertorio wagneriano que Melchior o que René Kollo. Ha habido mejores cantantes que él en el verismo (Gigli) y han podido superarle otros en el estrictamente lírico (Björling).

Existen en la historia colegas más carismáticos (Pavarotti). Los hay más exquisitos (Bergonzi). Los ha habido más longevos (Kolzovsky) y puede que hayan existido más famosos que Domingo (Caruso); y más atractivos, y más altos, y más esbeltos, y más enérgicos…

No siendo el mejor el decatleta en una especialidad, tiene que ser el mejor en la suma de todas. Exactamente como le ha sucedido a Plácido Domingo durante su medio siglo de carrera: medalla de oro, número uno.

Le han ayudado la inteligencia, el instinto y la musicalidad. También le han beneficiado la memoria, la naturaleza, la insaciable curiosidad, pero es cierto que se advierte en su carrera y en su vida la ambición del heroísmo, la expectativa del semidiós.

No es el más rápido, ni el más fuerte, insistimos. No salta más que nadie ni arroja la jabalina tan lejos como el que más, pero representa al atleta de atletas, al cantante de cantantes.

Más o menos como si unos y otros estuvieran contenidos en él. Domingo aloja al cantante lírico y al wagneriano. Al spinto y al dramático. También lo habitan el carisma y la personalidad, como lo identifican el noble fraseo, la intensidad del instrumento, el refinamiento, la emoción, la presencia, la nobleza, la humanidad.

La voz conserva una frescura impropia de un “jubilado”, no se le ha presentado el fantasma del vibrato no deseado ni puede decirse que las horas de vuelo hayan condicionado el rendimiento de su motor… Esultate!