Vía: El Mundo.es | Escrito por: Rubén Amón | París

Los grandes maestros compaginan la altura del podio con la oscuridad del foso, aunque también les distinguen los privilegios de la burbuja en que se han instalado. Están sobrevalorados pecuniariamente porque no justifican sus tarifas en la taquilla y porque necesitan de los patrocinadores, pero les custodia y los preserva una suerte de tabú. Rara vez trasciende el salario que perciben o se conocen públicamente sus honorarios.

Lorin Maazel

Lorin Maazel

¿Por qué? Una razón consiste en el pudor que implica disociar el dinero del arte, aunque el hermetismo informativo más bien proviene del miedo a perder el estatus y del secreto institucional: la música clásica y la ópera forman parte de la cultura subvencionada.

Semejante evidencia tendría que redundar en la transparencia de las cuentas y en el pudor económico. No ocurre así. Los dinerales que perciben los maestros, los grandes solistas y las estrellas de la ópera se custodian como misterio. Un misterio embarazoso que se prolonga a pesar de la crisis y que beneficia la tesorería de las primerísimas batutas. Todas ellas tendrían que agradecerle a Herbert von Karajan haber sublimado la figura del director de orquesta. Nadie ha ocupado su sitio, pero sus colegas y epígonos se han aprovechado de la altura a la que el maestro austriaco situó el podio.El caso Maazel

“Little Lorin” se han convertido en el “Big Maazel”. Por razones artísticas y por cotización. Bien lo sabe la Generalitat Valenciana, de cuyas arcas provienen unos emolumentos descomunales. De otra manera, Lorin Maazel no habría aceptado ocupar una plaza marginal, por mucho que la orquesta de la ópera valenciana sea, de largo, la mejor de España. Su primer trienio le costó al Palau de las Arts 4,5 millones de euros. Asegura la gerente valenciana, Helga Schmidt, que ha renovado ahora en condiciones menos cuantiosas, pero Maazel lidera la clasificación de los directores mejor pagados del planeta. Rara vez dirige un concierto por debajo de los 50.000 euros y casi siempre merodea los 80.000.

El ‘dream team’

Detrás de Maazel destaca el pelotón de los galácticos. Euro arriba euro abajo, Riccardo Muti, Zubin Mehta, Daniel Barenboim, Seiji Ozawa y Claudio Abbado no suben al podio por menos de 50.000. Sin olvidar que muchos de ellos ejercen el pluriempleo. Quiere decirse que compaginan la titularidad de una orquesta y de una ópera con las giras internacionales, las invitaciones y las grabaciones de discos. Sirva como prueba el ejemplo de James Levine. Es el titular del Met y de la Boston Symphony, así es que la suma de ambos cargos le suponen casi tres millones de euros. Que han de añadirse al caché ocasional por ópera y por concierto.

La serie B

No son peores directores que los mencionados arriba, pero su cotización es ligeramente inferior: Riccardo Chailly, Valery Gergiev, Mariss Jansons, Simon Rattle y Daniele Gatti suelen cobrar 35.000 euros por concierto. A veces llegan a 50.000 y otras se conforman con la mitad. Su ventaja consiste en que perciben contratos millonarios por su condición de directores titulares: Gewandhaus de Leipzig, London Symphony, Concertgebouw de Amsterdam, Filarmónica de Berlín y Nacional de Francia, respectivamente.

Viejas glorias/ jóvenes maestros

Era el maestro Colin Davis quien reprochaba a sus colegas haber disparatado los honorarios. Decía sentirse en situación de embarazo ante el baile de ceros y consideraba que muchos directores perciben emolumentos inmorales. Nada tiene que envidiar artísticamente a los galácticos, pero Davis, como Kurt Masur o como Haitink, se han atenido a una moderación salarial que merodea los 20.000 euros por concierto. Un peldaño por debajo se colocan los jóvenes pujantes. Empezando por Daniel Harding, Vladirmir Jurowski, Tugan Sokhiev o Philippe Jordan. Su caché redondea los 15.000 euros. Les aventaja el ídolo venezolano Gustavo Dudamel, entre otros motivos porque su designación como sucesor de Salonen en Los Ángeles le permite sobrepasar el millón de dólares anuales.

El caso español

Frühbeck de Burgos y López Cobos lideran la clasificación española. El primero cobra un promedio de 20.000 euros, mientras que el segundo termina ahora un contrato suculento en el Teatro Real. No tanto por el sueldo anual de director -150.000 euros- como por los 18.000 que percibe cada vez que dirige una función en el foso.