Por David Torres, Vía: cuartopoder.es

De todos los instrumentos de la orquesta de jazz, más allá de la sensualidad del saxo o la dulce puñalada de la trompeta, el piano es prácticamente el único que puede funcionar a la vez como acompañante y como una sola voz con autonomía propia. A lo largo de la breve pero abigarrada e intensa historia del jazz, una serie de destacados solistas han ido marcando con su personalidad la trayectoria del instrumento. He aquí una selección necesariamente breve y personal que incluye a siete estadounidenses, un español, un francés y un canadiense. Diez gigantes, uno de ellos enano. Siete negros y tres blancos. Dos ciegos y ocho videntes. Dos esquizofrénicos y ocho casi cuerdos.

Art Tatum (1909-1956)

Art Tatum (1909-1956)

Art Tatum (1909-1956)

Cuando se rastrean las influencias del piano de jazz, inevitablemente todos los caminos conducen a Tatum, el gran genio ciego del teclado. Fue él quien independizó definitivamente el piano como instrumento y el que hizo que sonara como una orquesta entera. De hecho, su técnica era tan prodigiosa que tocaba desde muy pequeño piezas concebidas originalmente para dos pianos. Entre sus admiradores se contaban Horowitz, Rachmaninov, Gershwin y Rubinstein. Nada menos que Fats Waller dijo una vez al verlo aparecer en el local que tocaba: “Yo únicamente toco el piano pero esta noche Dios está en el local”. Barroco, imaginativo, elegante y florido, sus grabaciones de piano solista, sin acompañamiento de ningún tipo, siguen siendo consideradas una de las grandes cumbres del jazz.

Earl Hines (1905-1983)

Earl Hines (1905-1983)

Earl Hines (1905-1983)

Considerado el padre del piano moderno de jazz (de ahí su apodo), Earl “Fatha” Hines tocó a lo largo y lo ancho de siete décadas, atravesó varios estilos y épocas y llegó a asimilar influencias de sus discípulos, pero se le recuerda ante todo por su sonido incomparable, claro y fastuoso, sus cascadas de notas en racimo, su alegría y su humorismo. Trabajó junto a pioneros como King Oliver y Louis Armstrong, y más tarde también acompañó a los primeros espadas del bebop, Charlie Parker y Dizzy Gillespie. En un fragmento justamente famoso, Cortázar dice: “En el momento de su muerte, si hay tiempo y oportunidad, Lucas pedirá oír dos cosas: el último Quinteto de Mozart y un cierto solo de piano sobre el tema de I ain’t got nobody. Si ve que el tiempo no lo alcanza, pedirá sólo el disco de piano. Desde el fondo del tiempo, Earl Hines lo acompañará”.


Thelonious Monk (1917 – 1982)

Thelonious_Monk,_Minton's_Playhouse,_New_York,_N.Y.,_ca._Sept._1947_(William_P._Gottlieb_06191)

Con su estilo de bloques de acordes, ritmos sincopados, su toque a la vez brusco y delicado y sus cortes abruptos, no hay pianista más personal y característico en toda la historia del jazz. Su absoluta originalidad, fuera de las corrientes dominantes, lo convirtió en un acompañante de lujo para algunos de los más grandes solistas de su tiempo, hasta que al fin pudo montar su propio cuarteto y revelarse también como uno de los compositores fundamentales del jazz. Blue Monk,PannonicaRound MidnightCriss CrossStraight, No Chaser, son paradas obligatorias para cualquier músico posterior. De carácter huraño y retraído, fruto en parte de la enfermedad mental que lo acosó durante toda su vida, en ocasiones estaba días e incluso semanas en completo silencio. Su esposa Nellie, a la que dedicó una de sus más hermosas canciones, Crepuscule with Nellie, fue su apoyo durante toda su solitaria existencia.

Bud Powell  (1924 – 1966)

Powell llegó a asimilar diversas influencias (el piano stride, la música clásica, la guitarra flamenca que su abuelo tocaba en Cuba) para amasar un estilo único que cambiaría para siempre el rumbo del instrumento. Junto a Parker y Gillespie formó la sagrada trinidad del bebop, dominando el panorama hasta que los primeros brotes de esquizofrenia lo fueron apartando de los escenarios. Su vida atormentada, entre la música, el alcoholismo, la locura y la tuberculosis, forma la quintaesencia de tantas biografías jazzísticas que Bertrand Travernier la escogió para Round Midnight, probablemente la mejor película sobre el tema jamás realizada y donde fue encarnado por el gran saxofonista Dexter Gordon.

Bill Evans (1929 – 1980)

Músico blanco de la costa Oeste, influido por la música clásica occidental y muy especialmente por el impresionismo de Debussy y Ravel, Evans imprimió al piano un aire introvertido, profundo y melancólico, opuesto al nerviosismo y la energía de la escuela bebop. Fue uno de los principales impulsores del cool y el jazz modal, tanto en sus propias grabaciones como en las colaboraciones con Miles Davis, de cuyo cambio de estilo, que alteró para siempre la historia del jazz, fue uno de los principales responsables. Su labor en el trío, especialmente el que formó junto a Scott LaFaro y Paul Motian, marca la pauta para todas las agrupaciones modernas y su influencia se extiende a través de un inmenso cúmulo de músicos que incluyen a Keith Jarrett, Michel Petrucciani y Brad Meldhau.

Oscar Peterson (1925 – 2007)

El gran pianista canadiense es algo así como el reverso de Bill Evans: uno es blanco, flaco, intimista y nostálgico; el otro negro, gordo, extrovertido y bullicioso. Su extraordinario virtuosismo siempre estuvo al servicio de una imaginación musical prodigiosa. Nada menos que Duke Ellington (de quien hizo una versión de Lady of the Lavender Mist que parece un cruce entre Debussy y Liszt) lo llamó “el Maharajá del teclado”. La velocidad extraordinaria de su digitación le proporcionaba un dominio absoluto del swing, aunque luego, en las baladas, poseía un tono insólito, cristalino y lírico. La obra de Oscar Peterson, inmensa y variada como pocas, es un continuo descubrimiento que se derramó a lo largo de innumerables grabaciones con muy variadas formaciones.


Tete Montoliu (1933 – 1997)

Uno de los gigantes del jazz europeo, el catalán Tete Montoliú ya había asimilado las influencias de sus grandes ídolos, Art Tatum, Earl Hines, Lennie Tristano y, ante todo, Bud Powell, cuando el vibrafonista Lionel Hampton lo descubrió en el Hot Club de Barcelona. Ciego de nacimiento, como Tatum, al igual que el pionero de Ohio, Montoliú era dueño de una técnica apabullante que se traducía en una expresividad y una emoción únicas. Trabajó con casi todas las grandes leyendas del jazz, de Webster a Coltrane y de Grapelli a Dexter Gordon. Era capaz de imprimirle a una canción tradicional catalana la profundidad de un blues y de dotar a un estándar estadounidense con la tristeza del Cant dels Ocells. Un crítico comentó una vez que, de todos los pianistas blancos de jazz, Tete era el que más negro sonaba. Por su parte, él siempre sostuvo que los músicos negros eran los únicos que habían hecho avanzar verdaderamente el jazz y cuando le ponían a él como contraejemplo, replicaba: “Bueno, es que yo soy negro”.

McCoy Tyner (1938)

Conocido ante todo por su trabajo junto a John Coltrane, con el que formó la espina dorsal del cuarteto más grandioso del jazz, tras la temprana desaparición del maestro, Tyner se convirtió en un alma errante, un vagabundo de la música que no acabó de encajar nunca entre las diversas corrientes del postbop, el free, la fusión y el jazz-rock. Sin embargo, aunque ensayó diversos caminos, nunca perdió de vista sus señas de identidad: sus característicos acordes en cuartas, su ataque en stacatto y un sonido vigoroso, central y oscuro, tal vez la pulsación más enérgica entre todos los grandes pianistas y, paradójicamente, la más suave y espiritual. Pocos instrumentistas, y desde luego muy pocos pianistas, se han compenetrado con su instrumento de una forma tan íntima como McCoy Tyner quien, todavía hoy, al aparecer sobre un escenario, da la impresión de un centauro.

Keith Jarrett (1945)

Los adjetivos se agotan a la hora de hablar de Jarrett y a menudo también los sustantivos. Músico de formación clásica, ha interpretado a Bach, Mozart y Shostakovich, ha compuesto diversas obras de carácter experimental y en la escena jazzística empezó colaborando con monstruos como Charles Lloyd y Miles Davis. Su timbre es tan característico, tan puro y luminoso que un crítico llegó a decir que el simple hecho de poner un disco suyo inmediatamente transformaba una habitación. De entre sus diversas formaciones destacan los dos cuartetos (el Americano y el Europeo), y sobre todo, el trío que todavía forma junto a Gary Peacock y Jack DeJohnette, tal vez el más excelso, profundo y brillante de toda la historia del jazz. Con todo, donde la obra de Jarrett no tiene parangón es en sus conciertos de piano solo (Köln, Paris, Viena, La Scala) largas improvisaciones en las que músicas de varios siglos, culturas y estilos fluyen y se funden en un océano sonoro de incomparable belleza.

 Michel Petrucciani (1962 – 1999)


Todo es excepcional en este pequeño gran pianista francés que combatió su gravísima discapacidad con una dedicación casi maníaca a la música. Aquejado de osteogénesis imperfecta, una terrible enfermedad que dobla los huesos y provoca dolores y fracturas constantes, y aunque apenas llegaba al metro de altura, Petrucciani se sentaba ante el teclado e inmediatamente su alma alegre y juguetona se revelaba a través del marfil de las teclas. A pesar de sus carencias físicas, Petrucciani llegó a dominar el instrumento con un virtuosismo abrumador en donde se aunaban la delicadeza de Bill Evans y la potencia telúrica de McCoy Tyner. Del solo a la big band, pasando por el trío, del que era un consumado maestro, su obra abarca una inmensa gama de emociones, ritmos, influencias y mezclas. Muerto prematuramente en Nueva York, cuando aún no había cumplido los cuarenta años, la obra de Petrucciani es un fascinante ejemplo de la lucha entre el espíritu y la carne, entre el alma y el cuerpo.