Cuando Joep Beving (Doetinchem, Holanda, 1976) se sienta ante el piano, el instrumento parece casi de juguete.

Vía: www.abc.es | Por Julio Bravo

Con sus 2’08 metros de altura y su apariencia de «hipster», este músico particular y heterodoxo mira las teclas como un niño los pasteles; sin poder resistir la sensación, comienza a acariciarlas. Es un sonido dulce, casi melancólico, reflexivo. Así es su música, que en su día cautivó al gigante de la música clásica Deutsche Grammophon, con el que acaba de editar su tercer disco, «Henosis», y que le sirve de presentación para el público español.

«Creo que no es fácil clasificarme, pero ¿por qué no lo intenta? -reta al entrevistador mientras sonríe desde las alturas- Son los medios y las tiendas de discos los que necesitan estas clasificaciones. Si yo tuviera que definirla, diría que es piano yendo hacia la música alternativa o pop aburrido del vocabulario clásico. Pero me han definido como pop, avant-garde, nueva música clásica… No lo sé, tampoco me importa demasiado. Hago “música simple para emociones complejas”».

Aunque no difiere de la de otros músicos, la historia de Joep Beving tiene algo de romanticismo. «Mis padres tenían un piano en casa -relata-, y desde muy pequeño me sentí atraído por la música. Tocaba solo por diversión, pero a los trece años empecé a hacerlo de manera seria». Como todos los adolescentes, a esa edad Beving era inconstante, y flirteó con otros instrumentos, como la guitarra y la batería; se dejó atrapar por la música electrónica y, más tarde, empezó a trabajar. Sus ocupaciones, entonces, le robaban demasiado tiempo y volvió sus ojos hacia su primer amor, el piano de su infancia.

«No tenía otra elección, y regresé al piano que mi abuela me había dejado al morir-cuenta-. En un pequeño estudio en mi casa lo tocaba y tanto mi novia como mis amigos me animaban a que estudiara». Así que entró en el Conservatorio. «Fui un año, y alternando estos estudios con los de Economía y Sociología. Pero lo dejé al cabo de ese tiempo -una lesión de muñeca fue su excusa-. Esa es mi única formación, el resto lo he aprendido tocando».

Varias experiencias en público llevaron a Joep Beving a componer y grabar -la mayoría de las veces en la cocina de su casa- varios temas, que reunió en un álbum titulado «Solipsism». Lo editó en vinilo él mismo, y los 1.500 ejemplares de esta primera edición se agotaron con el boca a boca. Pero aún fue mayor la respuesta de los usuarios de Spotify. Fue decisivo que sus responsables incluyeran en una popular lista de reproducción, «Paceful piano» («Piano pacífico») un tema suyo… Y luego otro. Una de las piezas, «Sleeping Lotus», tuvo treinta millones de reproducciones; en total, todas las canciones se han reproducido en streaming más de ciento ochenta millones de discos.

Berlín, dos de la mañana

Un amigo de Joep Beving puso el disco en un pub de Berlín, «a las dos de la mañana, con todo el mundo fumando y bebiendo cócteles Mula de Moscú». En aquel pub estaba un directivo de Deutsche Grammophon, que se enamoró de su música y, tras contactarle, le ofreció un contrato. La discográfica se quedó con los derechos de «Solipsism» y editó un segundo trabajo, «Prehension», y más tarde el citado «Henosis».

«Lo que más me mueve a componer es la relación con la realidad; trato de investigar y de explorar en este sentido, y todos mis álbumes cuentan con esta inspiración. Trato de encontrar la naturalidad, la familiaridad en la música, que todo el que la escuche encuentre algo reconocible; trato de crear algo que sea bello y suene sincero». ¿Su música es como usted», se le pregunta. «Intento que sea sobre todo honesta… Y sí, es un reflejo de cómo siento…

Uno de los secretos de Joep Beving es la afinación del piano. «Toco con una frecuencia más baja, 432 Hz. Después de mi primer disco hubo gente que me sugirió que usara esta afinación; lo probé, grabé dos canciones a 442 Hz. en el piano de mi abuela, y a 432 Hz en otro piano. Invité a varios amigos a mi estudio para que las escucharan, y todos estuvimos de acuerdo en que con la afinación habitual la música se iba directamente al cerebro, y con 432 Hz. Llegaba más fácilmente al corazón; así que decidí grabar mi segundo álbum a 432 Hz».

El músico holandés compone «por la mañana temprano o después del anochecer, cuando hay más tranquilidad, siento menos presión y me concentro mejor por la oscuridad». Lo hace mientras toca. «No tengo formación clásica. Compongo lo que escucho en mi cabeza y lo repito en el teclado. Alguna vez escribo la música en una partitura, pero necesito tocar para sentir las emociones que quiero transmitir».

Hasta hace poco, confiesa, le daba pánico tocar en público. «Pero ahora disfruto haciéndolo -dice satisfecho-. Es muy bonito recibir su energía… me gusta esa sensación». A lo que no se atreve todavía es a tocar música de otros. «No puedo. Soy muy malo leyendo partituras; tendría que traducir lo que tengo enfrente, no estoy preparado para ello, es muy complejo. Espero algún día poder hacerlo y poder leer partituras de Liszt o Rachmaninov».