Casi todo en la vida tiene un precio y el que aparentemente exige Daniel Barenboim a sus músicos parece ser demasiado alto. 

Vía: www.elmundo.es | Por CARMEN VALERO

Insultos, humillación, presión arterial alta, depresión. Media docena de colaboradores han criticado la manera dictatorial con la que el músico argentino-israelí trata presuntamente a su orquesta en la Staatsoper unter den Linden, aunque por miedo a represalias lo han hecho desde el anonimato. Las acusaciones han creado tal revuelo en la prensa alemana, que la dirección del coliseo se ha visto obligada a emitir un comunicado.

«En la Staatsoper, como en todos sitios, hay conflictos, pero los abordamos de forma constructiva», afirma el intendente, Matthias Schulz, en una misiva a la que se suma la Staatskapelle. Añade que la inmensa mayoría de los trabajadores de la casa y él personalmente aprecian sobremanera el trabajo de Barenboim y que esa colaboración se mantendrá en el futuro. Si el maestro quiere y la Staatskapelle no tiene ningún interés en lo contrario. De ser una orquesta de proyección internacional, sin Barenboim al frente, descenderán a la liga regional.

No es la primera vez que el pianista y director de orquesta argentino-israelí es criticado de absolutismo, pero si que las críticas sean tan explícitas y provengan de tantos frentes.

El trombonista Martin Reinhardt, actualmente en la Filarmónica de Berlín, es uno de los pocos que se ha atrevido a confirmar lo que sucede entre bambalinas. Sostiene que en 2015 canceló su contrato con la Staatskapelle porque no podía soportar la forma en la que Barenboim le trataba a él y a sus compañeros. «Sufría de estrés y alteraciones de sueño. Siempre tenía miedo de ir a trabajar. Miedo a su temperamento. A veces estaba de buen humor y en una fracción de segundo estallaba en cólera. Es un lunático».

Willi Hilgers también corrobora el supuesto maltrato. Formó parte de la Staatskapelle durante 16 años. «Los dos últimos años estuve tomando antidepresivos para poder seguir tocando. Fue horrible», recuerda el músico, que ahora forma parte de la Staatsoper de Múnich. Le quedaron grabadas «sus mañas caras, su desconsideración, su juego de poder».

Cuenta Hilgers que Barenboim nunca le llamaba por su nombre. Un día decidió dejar patente su molestia y le dijo en mitad de un ensayo que no se llamaba trombón: «Señor director, tengo un nombre y es Willi Hilgers, a lo que me respondió que era demasiado sensible y que se dirigiría a mi como quisiera», relata el músico.

Tras la polvareda que han levantado estas críticas, Barenboim ha señalizado en entrevista con la emisora RBB, su disposición a la reflexión y la autocrítica, a mejorar su carácter. Pero recordó que nació en Argentina y su temperamento es latino.

«Barenboim no es seguramente la persona más paciente. Pierde a menudo los nervios, se enfada, levanta la voz. Pero la pregunta es si un abuelo simpático es capaz de dirigir como hace él una sinfonía de Bruckner», afirmó Markus Bruggaier, cornista en la Staatskapelle y miembro del comité directivo de la orquesta.

La pregunta que se hace Barenboim es otra: ¿Por qué no salieron a relucir antes todas esas? Y ya tiene respuesta: sabotaje. «Creo que se trata de una campaña para que no me quede en Berlín». Su contrato, que se ha ido prorrogando desde contrato del maestro, que expira en 2020. Las negociaciones con las autoridades de Berlín, ya han comenzado.