Charlie Harmon, el que fuera asistente del genio de la música, cuyo centenario se cumple el 25 .de agosto, relata en un volumen de reciente publicación en EE UU cómo fueron los cuatro años que vivió a su lado, después de los cuales necesitó ayuda psiquiátrica para recuperarse.

Vía: www.larazon.es | Por Gema Pajares.

Algo tan sencillo como contestar un anuncio le cambió en 1982 la vida a Charlie Harmon. Buscaba trabajo y deseaba comenzar otra etapa, aunque quizá no la que experimentaría en los cuatro años en que fue contratado por Leornard Bernstein para convertirse en su sombra. Nada menos. Pues bien, la escueta inserción publicitaria pedía a alguien que dispusiera de tiempo libre, todo el del planeta, para viajar, saber leer música y dotes o capacidades de organización; tal era el caos en el que vivía el genio americano. Él llegaba con una licenciatura bajo el brazo en Composición de la Universidad Carnegie-Mellon, años de experiencia como bibliotecario de música y con una fama de ser un pianista bastante decente.

No se desvelaba en el anuncio el nombre del «genio mundial», pero el joven, de apenas treinta años, pensó que podía convertirse en la oportunidad de su vida. Lo fue.

No se desvelaba en el anuncio el nombre del «genio mundial», pero el joven, de apenas treinta años, pensó que podía convertirse en la oportunidad de su vida. Lo fue. Descubrió al poco tiempo que se trataba de Bernstein. Un mareo le nubló parcialmente la vista, el sentido, directamente, pues no se trataba de desempeñar un trabajo de simple asistente: era necesario que pudiera hacer frente al extenuante día a día del compositor y director, aunque también dependía de él que sus excesos con la bebida, con el sexo y con las sustancias nocivas no trascendieran y echaran un borrón que se convirtiese en un titular. Debía estar pendiente de cada sesión de trabajo, anticiparse a lo que el maestro demandaba y ser capaz de acarrear su interminable equipaje, literalmente infinito, por todo el mundo, porque estaba a punto de embarcarse en una gira planetaria. ¿Cómo podía Harmon desaprovechar una oportunidad semejante? Fue aceptado para el puesto y durante cuatro años dejó de vivir su vida para convertirse en la mano derecha y la izquierda de Leonard Bernstein. Los recuerdos de aquellas jornadas maratonianas en las que no había ni principio ni final ocupan el libro que acaba de ver la luz en Estado Unidos, de puño y letra de quien fuera su asistente, cuatro años que parecen pocos pero que para él supusieron un entrenamiento impresionante. El volumen, «On the Road & Off the Record», titulado en español como «Mis años con el genio exasperante», dan fe de cómo fueron esos más de 1.400 días en los que hasta le tocó ejercer casi de niñera, confesor y terapeuta, pues el músico acusaba sobre manera la pérdida de su esposa, que falleció en 1978, y arrastraba un sentimiento de culpa por haber llevado una doble existencia.

Una muerte y un fracaso

A pesar de algunas reservas sobre si sería capaz de afrontar tamañas tareas, en enero de 1982 Harmon partió con Bernstein y su séquito en dirección a la Universidad de Indiana, donde se establecerían durante seis semanas, tiempo que aprovechó el compositor para trabajar en un proyecto que se había hecho un hueco a codazos en su mente: una ópera sobre el Holacausto que nunca pudo concluir. Aunque más cerca en el tiempo le esperaba el estreno de «A Quiet Place», en 1983, que no fue bien recibida por la crítica y que supuso un verdadero tormento para el músico, que hizo desplazarse hasta Houston, donde se estrenó, a familiares y amigos para sentirse arropado. Todo se antojaba insuficiente para levantar los ánimos de LB, que así se refiere a su jefe a lo largo de la narración. Fue excesivo en todo: exigente, impaciente y propenso a «ataques de furia y mal comportamiento», que a su asistente le pillaron desprevenido al principio y que atribuyó a la honda pena que padecía por la muerte de Felicia. Si Bernstein era un hombre complicado, Harmon asegura que todo se multiplicó de manera exponencial debido, por una parte, al consumo de alcohol y, por otra, al de una sustancia, Dexedrine (un estimulante al que se enganchó rápidamente), de la que era dependiente. Añádanle, asegura Harmon, «un cóctel de drogas y un comportamiento depresivo continuado», con lo que la convivencia se convertía en un verdadero infierno.

No obstante, Bernstein, que la mayoría de las veces, por no decir casi siempre, mantenía la cordura, se convirtió para su ayudante en un quebradero de cabeza, «pues no solo tenía que hacerme cargo de lo que se veía, de sus maneras de trabajar, su método, su proceso de creación, sus ensayos, su agenda, sino que también tenía que lidiar con la otra cara, con el hombre, la parte más íntima del genio». Le describe como un tipo inflexible alrededor del cual pululaba una legión de personajes de todo pelaje y condición capaces de vivir al amparo del genio y decirle lo que deseaba escuchar en cada momento. Ejércitos de jovencitos en busca de una migaja del maestro se agolpaban cerca de su alcoba. No todos traspasaban el umbral. «Se comportaba en ocasiones de una manera tan egoísta que me llegaba a intimidar. Su forma de actuar rayaba en la crueldad», asegura.

Sin embargo, no cambiaría esa experiencia de cuatro años y «la educación que recibió viviendo al lado de LB», un máster para cualquier persona, por nada. Sabía que quienes le habían precedido en el puesto acabaron por desistir literalmente abrasados. Era espabilado y sabía que trabajar al lado de Lenny, así le llamaban sus íntimos, significaba que su vida se reducía a dos letras, L y B. El resto pasaba a un cuarto plano: «Fui consciente y supe que era la experiencia más grande a la que podía enfrentarme. Me sentía incapaz de desaprovecharla porque sabía que después ya nada sería igual». Y así fue. Tras dejar su puesto tuvo que tumbarse en el diván de un psiquiatra para tratar de enderezarse de nuevo. Pero no todo fue una locura: después de dejar el empleo se dedicó a catalogar lo que ahora se conoce como la Colección Leonard Bernstein para la División de Música de la Biblioteca del Congreso y se convirtió en su editor. En el lecho de muerte el músico tomó su mano y le confió una misión: que se encargara de su legado. «Por favor, cuida mi música», le suplicó. Harmon respondió con un «sí» lleno de responsabilidad. Y A ello se consagró.

Las reglas del juego

¿Cuáles eran las labores de Harmon? o quizá cabría preguntarse, ¿qué no era de su competencia? Por sus manos pasaba todo. Contestaba al teléfono, al correo, incluso se encargaba de transportar el voluminoso equipaje al que antes hemos aludido (que llegaba a subir hasta los treinta bultos) para que todas las maletas llegaran a su punto de destino, repletas de partituras y conjuntos para los ensayos y conciertos. Un armario más completo que el de una estrella de Hollywood, aunque ¿no lo era él acaso? Ayudante de cámara, portero, mozo, chófer, secretario fiel (¿o infiel al desvelar ahora las aventuras que vivió a su lado?). Alude a que fueron bastantes las ocasiones en las que tuvo que sacar al maestro de la cama después de una noche de borrachera y desenfreno y mantenerle sereno para asistir a un ensayo.

Homosexual, Harmon desde el principio dejó claro a su jefe que debían de separar el placer de los negocios y que él no iba a convertirse en una aventura de LB, que, bisexual, respetó siempre las reglas del juego. Desmitifica al hombre a quien más de una vez salvó el pellejo: «Bebía en exceso, fumaba demasiado (quizá lo que le llevó a la muerte a los 72 años, víctima de un cáncer), se divertía demasiado y le gustaban también demasiado las drogas y el sexo». Por ejemplo, nada más conocerse, Harmon asegura que LB estaba ebrio, que su aliento era fétido y que le costó acercarse a él. «¿Qué estás bebiendo?», le espetó al joven Harmon, que se dio cuenta de inmediato de que no estaba sobrio. Una de las muchas situaciones que vivió junto a uno de los músicos más grandes del siglo XX.