La filarmónica de Bogotá trajo en 2016 al músico venezolano José Sumoza a la capital para que enseñara música a niños de varios colegios distritales.

La esposa de José Sumoza fue clara cuando, durante su primera visita a Bogotá, le aseguró a su esposo, bajo un aguacero, que Colombia sería el último país en el que vivirían. En 2016, la crisis política de Venezuela los obligó a abandonar su país y traicionar la promesa.

El puente lo hizo la música, pues la Filarmónica de Bogotá buscaba un contrabajista como José, que pudiera desarrollar un programa educativo con niños de colegios distritales. Empacaron lo necesario, incluyendo su perla más preciada: un antiguo contrabajo construido en 1949, y se despidieron, indefinidamente de su hogar.

Nunca buscó ni quiso semejante cambio, por dos grandes motivos. El primero es el amor que siente por Venezuela y el segundo que, luego de 29 años trabajando en la Sinfónica municipal de Caracas, ya se había pensionado, por lo que le tocó cambiar de planes.

El primer año en Bogotá fue especialmente duro, “porque al inicio, ninguno de la Filarmónica me conocía. La experiencia en Venezuela no funcionaba mucho. Claro, cuando vieron lo que podía hacer, quedé trabajando en la prejuvenil, haciendo talleres, y también empecé a dictar clases en la Universidad Distrital”, asegura Sumoza.

Su objetivo se ha mantenido claro: vino a aportarle al país y a construir cultura a través de la música. Además, el hecho de enseñarles a niños de estratos uno, dos y tres es simbólico para Sumoza, quien señala: “Yo les doy mi ejemplo y les trato de mostrar la música como un salvavidas. Cuando estuve en Brasil, vi lo que es el fútbol para ellos. En Colombia también está la parte musical”.

La música, sin embargo, es un oficio costoso, el cual implica sacrificios importantes. En los niños, Sumoza ve un reflejo de lo que fue él a esa edad en Maracay, ciudad en la que nació. Su madre trabajaba en un mercado vendiendo frutas y su padre atendiendo una gasolinera dentro de la escuela militar. A pesar de no contar con muchos recursos pudieron darle su primer contrabajo a muy temprana edad. “Mi primer instrumento era malísimo, pero para empezar estuvo bien. A los tres años o cinco años lo pude cambiar, pero al comienzo hicieron un gran esfuerzo porque siempre la música ha sido muy costosa”, asegura.

“Yo voy a estar bien y los voy a invitar a ustedes a mis conciertos cuando esté tocando en el teatro Teresa Carreño y así fue. Cuando fueron a mis conciertos, se dieron cuenta de que la música sí era rentable”.

En el momento en el que acabó su bachillerato, sus papás dejaron de apoyarlo en la música. Para ellos, ningún diploma servía si no era de médico, abogado o ingeniero. Por eso cursó seis semestres de ingeniería eléctrica en la Universidad de Carabobo mientras estudiaba paralelamente música en Maracay. Al cuarto año empezar tomó la decisión de dedicarse exclusivamente al contrabajo y les dijo a sus papás: “Yo voy a estar bien y los voy a invitar a ustedes a mis conciertos cuando esté tocando en el teatro Teresa Carreño y así fue. Cuando fueron a mis conciertos, se dieron cuenta de que la música sí era rentable”.

Se ganó una beca en Miami, en donde se especializó en partes orquestales, trabajó de cerca con el reconocido músico Lucas Drew y nunca dejó de trabajar con la Sinfónica municipal de Maracay. Un recorrido que la Filarmónica de Bogotá reconoció y por eso le hizo el ofrecimiento.

Sumoza siente que puede ayudar a crecer al país que le abrió las puertas. Y aunque nunca sintió ningún tipo de rechazo en su trabajo, sí ha sentido la xenofobia en el día a día: “Una vez estaba en un Transmilenio, iba lleno y el señor que iba al lado mío no sabía que yo era venezolano. Entonces dijo que desde que habíamos empezado a llegar, los transmilenios iban llenos. Yo le dije: ‘Maestro, yo tengo dos años aquí y antes de esta reciente migración venezolana el Transmilenio también era así’. No podemos decir que ahora todo es culpa de los venezolanos”.

El músico, sin embargo, destaca y agradece a todos los colombianos que los acogieron a él y a su esposa. A pesar de tener claro que algún día quiere regresar para ayudar a que Venezuela renazca, es consciente de que Colombia debe familiarizarse, cada vez más, con los venezolanos.


“Tengan paciencia, porque es una cuestión cultural y de costumbre. El colombiano no estaba acostumbrado a recibir tanto inmigrante, por eso les afecta un poco, pero es cuestión de aprender convivir con ellos”.