La estrella del Sistema de Orquestas del país caribeño conduce el jueves y viernes en CorpArtes. Aquí se refiere a la diáspora de músicos venezolanos, a su país y a las orquestas chilenas.

Por Rodrigo González |  culto.latercera.com

Cada vez que Gustavo Dudamel (37) visita Chile está un peldaño más arriba en su escalera al cielo de los directores de orquesta. En el año 2005 era la promesa del Sistema de Orquestas de Venezuela y había ganado el Concurso Gustav Mahler de Alemania. En 2011, cuando vino otra vez con la Sinfónica Simón Bolívar, era el artista estrella del prestigioso sello Deutsche Grammophon y llevaba tres años como titular de la Filarmónica de Los Angeles. Hace tres meses visitó el país con la Filarmónica de Viena y demostró que su autoridad y carisma pueden hasta con la más circunspecta y exclusiva de las orquestas europeas.

Ahora, dentro de una semana, estará al frente de miembros de la Filarmónica de Viena, Filarmónica de Berlín, Filarmónica de Los Angeles, Sinfónica de Gotemburgo, Sinfónica Nacional Simón Bolívar, Nacional Juvenil de Venezuela y Fundación de Orquestas Juveniles de Chile (FOJI). Toda una proeza y con 77 músicos de la FOJI en escena.

Serán dos conciertos el jueves 28 y viernes 29 con el preludio de la ópera Lohengrin de Wagner, la Sinfonía N° 7 de Beethoven y la Sinfonía N° 4 de Tchaikovsky. Las presentaciones tienen por título A mi maestro y son un homenaje a Antonio Abreu, el creador del famoso Sistema de Orquestas de Venezuela y mentor de Dudamel, fallecido en marzo a los 79 años. Mientras el primer concierto será para todo público, el segundo es con invitaciones a niños y jóvenes de las orquestas juveniles de Chile. El primero además será transmitido en directo por las pantallas de 13C y al mundo a través de servicios de streaming de la Deutsche Welle (dw.com), el diario El País (elpais.com) o la página oficial de Gustavo Dudamel (gustavodudamel.com).

El conductor nacido en Barquisimeto, la ciudad musical de Venezuela, lleva dos semanas en Chile (algo inusual para alguien con una agenda tan exigente en todo el mundo), donde ha ensayado con los muchachos de la FOJI, pero donde también ha podido ver parte del rodaje de Araña, la nueva película de Andrés Wood. ¿La razón? Su esposa es la actriz española María Valverde, una de las protagonistas de la cinta sobre tres miembros del grupo de extrema derecha Patria y Libertad.


“Conozco el cine de Andrés Wood y aún recuerdo la gran impresión que me dejó Machuca, sobre todo por su estética”, comenta Dudamel, aún con la mano algo adolorida después de dirigir un ensayo en la Fundación de Orquestas Juveniles. Está en la sede de la FOJI, detrás de la Estación Mapocho, y para él el ensayo es la parte más importante de su trabajo. “Es cuando hacemos un descubrimiento colectivo con los músicos: imagínate que estamos interpretando obras que son de genios, como en este caso de Beethoven y Tchaikovsky, y hay que darles una nueva vida, darles un sentido”.


 

– ¿Por qué eligieron estas obras para el concierto?

– Es un homenaje al maestro José Antonio Abreu y hay que decir que la Cuarta sinfonía de Tchaikovsky y la Séptima sinfonía de Beethoven eran dos de sus obras favoritas. Tal vez la Cuarta de Tchaikovsky era la que más le gustaba en todo el repertorio. Por otro lado al pensar en los jóvenes, me centré en piezas que celebran el espíritu, que son enérgicas. No es la idea tocar réquiems, sino que más bien celebrar, aunque sea un concierto en homenaje. Wagner decía que la Séptima sinfonía de Beethoven era “la apoteosis de la danza”, mientras que la Cuarta de Tchaikovsky representa de alguna manera al hombre que se sobrepone a todos los obstáculos de la vida. Para mí, lo mejor y más justo es celebrar al maestro Abreu con este tipo de composiciones.

– ¿Qué es lo más importante que aprendió de él?

– Fue una especie de padre para mí. Musicalmente hablando, me enseñó a amar lo que hago, a tener conciencia, a crearme preguntas y a responderlas en el momento. Al final eso es lo que hacemos como directores: recrear música compuesta hace muchos años y revivirla en el teatro. Afortunadamente siempre tuve al maestro Abreu a mi lado, aconsejándome y guiándome. Y, además, abriendo las puertas a la pasión y a la locura, que es algo que forma parte de un músico también.

– ¿Y se puede ser riguroso y feliz al mismo tiempo?

Es que la música es así. Y mis ensayos son así también. Somos muy estrictos y trabajamos mucho cada aspecto interpretativo de la obra, pero disfrutamos lo que hacemos. Siempre le digo a los músicos que cuando todo se transforma en rutina, debemos recordar para qué somos músicos, rememorar cuando por primera vez pudimos hacer sonar un instrumento. De Abreu también aprendí que la música es una gran herramienta de rescate social. No sólo es entretenimiento, sino que es construcción estética del ser humano.

– ¿A Ud. lo rescató socialmente el Sistema de Orquestas?

No es mi caso. Yo vengo de una comunidad maravillosa, aunque como sucede en todas partes, hay carencias y problemas. Donde yo vivía evidentemente habían cuotas de pobreza, e incluso algunos de los amigos con los que jugaba terminaron en la delincuencia o ya no están. Pero me parece que todos estos flagelos se pueden derrotar desde el momento en que se le da a un niño la posibilidad de acceder a la belleza. Yo soy prueba de aquello, lo viví: no sólo cambias tú, sino que también tu entorno y tu familia.

– ¿Qué le ha parecido el nivel de las orquestas juveniles chilenas?

– Maravilloso. Y por eso mismo, soy aún más exigente con ellos.

– ¿Qué le parece que en Chile haya cerca de 150 músicos venezolanos, algunos de la Sinfónica Simón Bolívar, tocando en orquestas, en la televisión o en la calle?


– Bueno, es lamentable lo que está sucediendo (en Venezuela), pues efectivamente existe una fuga de talentos. Gracias a Dios, el Sistema existe y siguen entrando niños a las orquestas y las escuelas de música. En ese sentido, el Sistema es un símbolo del país y la gente lo ve como algo que les da optimismo y visión de futuro. Que los músicos venezolanos estén llegando a varias partes del mundo me produce por un lado tristeza, pues estoy seguro que ellos quieren tocar en su país, pero por otro lado, la música conecta y no hay que olvidar que así como ahora hay venezolanos en Chile, en los 70 hubo muchos chilenos que fueron a Venezuela, entre ellos el maestro Hernán Jerez, quien hasta el final de sus días enseñó oboe en Carora (ciudad al noroeste de Venezuela). Las crisis de los países, aunque sean dolorosas, a veces enriquecen insospechadamente la vida cultural de otros. Estoy seguro que mis compatriotas quieren entregar sus conocimientos y también sé que van a volver.


 

– ¿A pesar de sus problemas económicos, la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar va a seguir tocando?

– Sigue dando conciertos, y son maravillosos. Y estoy orgulloso de que instrumentistas de la Simón Bolívar estén tocando en todo el mundo o enseñando en otras partes.

– ¿Volverá a dirigir en Venezuela?

Claro que sí. Ultimamente he tenido algunos compromisos que me han impedido hacer ciertas cosas en mi país, pero siempre sigo en contacto con los chicos, y hago ensayos con ellos por skype. Tengo reuniones todas las semanas con los maestros y los directivos. Por supuesto que pronto regresaré a mi país.

– ¿Cómo se logra que los músicos de la FOJI puedan tocar a un nivel parejo con los de las Filarmónica de Viena o de Berlín?

– No es tan difícil. Muchos de los maestros de Europa o EEUU empezaron tocando en orquestas juveniles y por otro lado los músicos de la Simón Bolívar crecieron dentro de un sistema desde pequeños. Por lo tanto, no es nada complicado para ellos entenderse con los más jóvenes, en este caso con los chilenos. Al revés, será súper natural. Muy enriquecedor para ambas partes.

– Ud. suele mezcla música clásica y popular en sus conciertos ¿Por qué?

– Es que no existen esas divisiones. Imagínate que yo quería interpretar salsa y tocar el trombón en el grupo de mi padre. Antes de estar en una orquesta llegué a tocar los timbales y el güiro en la orquesta de papá. Siempre he tenido esa relación con la música popular. Y me encanta relacionarme con los músicos fuera de las orquestas: he hecho conciertos con Rubén Blades, Juan Luis Guerra o Coldplay. En la música no hay fronteras. Hablar de esas divisiones responde a conceptos muy rancios y justamente es por eso que la música clásica se ha recluido en sí misma, tendiendo a ser elitista y conservadora.

– ¿Puede dirigir en Chile La canción de la tierra, con Teatro Cinema, como lo hizo en Los Angeles?

– Puede ser. ¿Por qué no? Teatro Cinema hizo un trabajo notable con la composición de Mahler, porque no fue creada para el teatro. Es una sinfonía con voz y orquesta, pero ellos la adaptaron a la escena con un gran gusto. Aún me acuerdo de ese final. Fue sublime. Tienen que estar muy orgullosos en Chile de ellos.

– ¿Por qué eligieron estas obras para el concierto?

– Es un homenaje al maestro José Antonio Abreu y hay que decir que la Cuarta sinfonía de Tchaikovsky y la Séptima sinfonía de Beethoven eran dos de sus obras favoritas. Tal vez la Cuarta de Tchaikovsky era la que más le gustaba en todo el repertorio. Por otro lado al pensar en los jóvenes, me centré en piezas que celebran el espíritu, que son enérgicas. No es la idea tocar réquiems, sino que más bien celebrar, aunque sea un concierto en homenaje. Wagner decía que la Séptima sinfonía de Beethoven era “la apoteosis de la danza”, mientras que la Cuarta de Tchaikovsky representa de alguna manera al hombre que se sobrepone a todos los obstáculos de la vida. Para mí, lo mejor y más justo es celebrar al maestro Abreu con este tipo de composiciones.

– ¿Por qué eligieron estas obras para el concierto?

– Es un homenaje al maestro José Antonio Abreu y hay que decir que la Cuarta sinfonía de Tchaikovsky y la Séptima sinfonía de Beethoven eran dos de sus obras favoritas. Tal vez la Cuarta de Tchaikovsky era la que más le gustaba en todo el repertorio. Por otro lado al pensar en los jóvenes, me centré en piezas que celebran el espíritu, que son enérgicas. No es la idea tocar réquiems, sino que más bien celebrar, aunque sea un concierto en homenaje. Wagner decía que la Séptima sinfonía de Beethoven era “la apoteosis de la danza”, mientras que la Cuarta de Tchaikovsky representa de alguna manera al hombre que se sobrepone a todos los obstáculos de la vida. Para mí, lo mejor y más justo es celebrar al maestro Abreu con este tipo de composiciones.