«Sólo se vive una vez y, de la manera que vivo, con una basta», dejó dicho Francis Albert Sinatra

Vía: www.abc.es | Por David Morán

Fue La Voz, sí, pero también la elegancia sublimada, el rompecorazones de swing cimbreante y una estrella pionera obligada a convivir con ese personaje metódicamente moldeado a base de juergas desbocadas, himnos icónicos e intergeneracionales como «New York, New York», y el tránsito constante entre los estudios de grabación y los platós cinematográficos. «Sólo se vive una vez y, de la manera que vivo, con una basta», dejó dicho Francis Albert Sinatra en una frase que suena a epitafio pero que resume a la perfección el carácter luchador y fanfarrón de un artista que, convencido de su potencial, se reflejó en la popularidad de su adorado Bing Crosby para acabar protagonizando el primer fenómeno fan de la historia de la música popular.

Crecido en la adversidad de un hogar del que le echaron a patadas en cuanto se enteraron de que quería dedicarse a cantar, Sinatra cambió su Hoboken natal por los clubs neoyorquinos y empezó a perfeccionar ese fraseo que lo llevaría hasta lo más alto: se alió con la big band de Tommy Dorsey, descubrió el poder magnético de la radio como imparable medio de promoción y logró que su voz destacara en una época en la que todas las miradas del jazz estaban centradas en los instrumentos. A partir de ahí llegarían los clubs de fans, con la Sighing Society of Sinatra Swooners a la cabeza, los coqueteos con la mafia, sus legendarias correrías junto a ese Rat Pack por el que desfilaron Dean Martin, Jerry Lewis y Sammy Davis Jr., y las nominaciones a los Oscar por sus papeles en «El hombre del brazo de oro» y «De aquí a la eternidad». Nacía la leyenda y con ella también su acercamiento a los altas esferas políticas -primero con Kennedy, más tarde, y por puro despecho, con Nixon y Reagan- y una pasión por el poder sólo comparable a su accidentado catálogo de relaciones amorosas: se casó con Ava GardnerMia Farrow y Barbara Marx y se le relacionó con Judy Garland, Kim Novak y Lauren Bacall.


La estrella de Sinatra, epítome de la modernidad durante los años cuarenta y cincuenta, empezó a apagarse a mediados de los sesenta eclipsada por el impacto de un rock and roll que siempre detestó, pero antes de eso ya había conseguido reinventar el jazz con su porte de crooner sofisticado y una voz que, siempre acompañada por esos inolvidables ojos azules, le ayudó a firmar discos indispensables como «Songs For Young Lovers» (1954), «In The Wee Small Hours»(1955) o el insuperable «Songs For Swingin’ Lovers!» (1956).