Dudamel empezó la noche del jueves en el Palau de la Música una gira por España con la Filarmónica de Munich, el Orfeó Català y el Cor de Cambra del Palau y la soprano Chen Reiss y la mezzo Tamara Munford, que interpretarán de nuevo mañana en Formentor (Mallorca).


EFE | Madrid | Por Concha Barrigós

Gustav Mahler tenía 28 años cuando empezó a componer su segunda sinfonía, «Resurrección», una obra sobre la muerte con «las palabras justas» de salvación, las que esta noche han llenado el Real dirigidas por Gustavo Dudamel, que ha vuelto a enamorar al público, esta vez al frente de la Filarmónica de Munich.

Dudamel empezó la noche del jueves en el Palau de la Música una gira por España con la Filarmónica de Munich, el Orfeó Català y el Cor de Cambra del Palau y la soprano Chen Reiss y la mezzo Tamara Munford, que interpretarán de nuevo mañana en Formentor (Mallorca).

El público del Real esperaba expectante al venezolano (1981), que dirigió por primera vez en ese recinto en enero del año pasado y «la armó» junto a la Filarmónica de Viena con un programa dedicado al adagio de la décima de Mahler y la «Sinfonía fantástica» de Berlioz.

Esta noche volvía a Mahler, su compositor fetiche, y los atronadores aplausos han durado diez minutos, en los que ha entrado y salido varias veces al escenario para recibirlos como es habitual en él: dando el protagonismo a los músicos y sin subir al podium para capitalizar el éxito.

El director, como siempre de memoria, sin partitura, ha creado una versión extrovertida e impactante de un «obrón», tanto por su magnitud como por la profundidad de sus reflexiones sobre la vida y la pérdida de fe para «resucitar» y encontrar la salvación.

«El último movimiento de mi segunda sinfonía significaba tanto para mí que prácticamente horadé a través de toda la literatura mundial, hasta la Biblia, tratando de encontrar palabras justas de salvación que yo buscaba…», explicaba Mahler en sus memorias.

El compositor austríaco tardó seis años en terminar la sinfonía porque hasta que asistió al funeral de Hans von Bulow, en 1894, no vio con claridad cómo debía terminarla.

Llevaba tiempo acariciando la idea de introducir en el movimiento final un coro, aunque eso la hiciera en cierta forma parecida a la Novena de Beethoven. La segunda sinfonía de Mahler, compuesta para una gran orquesta sinfónica, un coro mixto, dos solistas, órgano, y un conjunto fuera de escena de metales y percusión, es, de hecho, el primer intento exitoso de ir más allá de la pieza del alemán.

El primero de sus cinco movimientos, en do menor, es una marcha fúnebre, profunda, terrosa y densa que se centra en la fatalidad, en lo inexorable del tiempo y la muerte y de la «utilidad» de esta y es electrizante.

El segundo movimiento es un recuerdo de tiempos felices, el tercero es la completa pérdida de fe ante una muerte que no se comprende, en el cuarto vuelve la fe –«Yo soy de Dios, y retornaré a Dios»-, y el quinto movimiento concluye con el reconocimiento de la vida después del fin – «Sí, moriré para seguir viviendo»-.

Ese movimiento final ha sido espectacular, con las solistas bordando una de las composiciones más bellas de Mahler, y un control exquisito de los fortísimos y los silencios con el que Dudamel, director de Los Angeles Philarmonic, ha apasionado de nuevo al público del Real.