Fue descubierto mientras tocaba en una esquina de Nueva York hace veinte años y hoy es considerado uno de los contrabajistas más influyentes de nuestro tiempo

Vía: www.abc.es | Por Israel Viana 

El camino de Avishai Cohen (Kabri, Israel, 1970) para convertirse en uno de los contrabajistas más influyentes de nuestro tiempo no comenzó con «aquella llamada de Chick Corea, en 1997, que lo cambió todo», comenta. Y tampoco fue exactamente un milagro, como habitualmente suelen indicar algunos medios de comunicación cuando cuentan erróneamente que fue el famoso pianista -mano derecha de Miles Davis a finales de los 60- quien le descubrió tocando su bajo en una esquina de Nueva York. No ocurrió exactamente así, aunque es cierto que la historia del israelí es tan valiente, singular y sorprendente que, efectivamente, ha dado pie a que en los últimos años surjan medias leyendas en torno a su figura.

Cohen nació en Kabri, un pequeño pueblo de mil habitantes al norte de Israel, cerca de la frontera con el Líbano, justo en el periodo entre las dos guerras que más han marcado la historia reciente de su país: la de los Seis Días (1967) y la de Yom Kipur (1973). Y por extraño que parezca, no empezó a tocar el contrabajo hasta los 20 años, aunque solo siete después ya formara parte del sexteto Origin de Corea y grabará en el sello de este su primer disco en solitario, Adama.

«Tocar a Bach a diario»

«Para mí Paco de Lucía era como Bach, un inventor, una estrella de cine»

Pasó su infancia mudándose por diferentes pueblos de Israel hasta que su familia decidió establecerse en Shoeva, una especie de comunidad-cooperativa rural al oeste de Israel, formada por inmigrantes de mentalidad abierta que querían trabajar sus propias tierras. «Fue allí, a los 9 años, donde empecé a tocar el piano. Siempre he estado rodeado de música clásica. De hecho, tengo una especie de rutina que me impongo a diario para ser bueno en el jazz: tocar a Bach. A través de mis padres, además, escuchaba mucha música tradicional. Pero a los 14, de repente, escuché a Jaco Pastorius y me compré un bajo eléctrico. Supongo que, tarde o temprano, iba a pasarme al contrabajo, pero lo cierto es que no encontré la confianza suficiente para enfrentarme a ese desafío hasta los 20, muy tarde», recuerda Cohen sobre aquella época de la primera Intifada palestina en la que aprovechó el servicio militar para tocar en la banda del ejército.

Allí demostró rápidamente que tenía un talento especial, asombrosamente creativo y muy por encima del resto, lo que llevó al gran maestro israelí Michael Klinghoffer, contrabajista principal de la Orquesta Sinfónica de Israel, a acogerlo como su alumno más distinguido. «Desde entonces, el contrabajo ha sido mi compañero más fiel, el instrumento con el que desarrollé mi propia forma de tocar y construí mi mensaje. ¡Una bendición!», asegura. Dos años tardó en ganarse el respeto de la escena jazzística de su país, tocando en las salas más importantes. Solo habían pasado seis años desde que la música del malogrado Jaco Pastorius le mostrara el camino y tan solo dos desde que empezó a tocar el contrabajo, cuando, de repente, decidió dar un cambio drástico a su vida y marcharse a Nueva York, donde era un absoluto desconocido. «Fue un desafío enorme, emocional y profesionalmente, la verdad. Y fue realmente difícil, porque me pasé cuatro años tocando en la calle y en el metro, mientras trabajaba en la construcción para salir adelante. Echaba mucho de menos a mi familia, por supuesto, pero tenía claro que no me iba a rendir tan fácilmente», subraya.

El que descubrió al joven Cohen tocando en una esquina fue Danilo Pérez, que no era precisamente un desconocido. El pianista panameño había grabado ya con grandes artistas como Dizzy Gillespie, Wynton Marsalis, Arturo Sandoval, Rubén Blades, Joe Lovano y Paquito D’Rivera. Fue él quien le sacó de la calle, le introdujo en el circuito de pubs de Nueva York y le pidió que participara en su disco PanaMonk, calificado por The New York Times como «una obra maestra del jazz». Y también fue él quien le pasó a Corea una maqueta casera de este. «No tenía ninguna esperanza, pero, de repente, un día de 1997 Chick me llamó. Me dijo que había escuchado la cinta mientras conducía y que le había impresionado tanto por su frescura, que una semana después, mi vida cambió por completo. Pasé de tocar en la calle y en pubs, a ser un miembro importante de su sexteto y, después, de su trío. Durante seis años, Chick se convirtió en mi gran maestro. Fue muy generoso en los discos que grabé con él y sobre el escenario. Me enseñó a ser líder de una banda y a comunicarme con el público. Me educó de muchas maneras. Fue mágico», cuenta el israelí.

Descubrir el flamenco

Desde entonces, Avishai Cohen ha grabado 15 álbumes como líder y ha sido requerido por músicos de la talla de Alicia Keys, Bobby McFerrin, Roy Hargrove, Herbie Hancock, Kurt Rosenwinkel, la Orquesta Filarmónica de Londres y hasta Paco de Lucía. El contrabajista había descubierto el flamenco a principios de los 90, cuando vino a España a tocar con Brad Mehldau y el batería catalán Jorge Rossy, que le llevaron al Candela, la mítica sala madrileña en cuyas cuevas se reunían de fiesta los más grandes cantaores y guitarristas. «Mi mundo se expandió. Seguí investigando y pensé que era la mejor música del mundo». Después de los conciertos que hizo a principios de siglo con Paco de Lucía («siempre intentaba sentarme a su lado en la cena. Para mí era como Bach, un inventor, una estrella de cine»), recuerda cómo el guitarrista repetía que el flamenco tenía mucha influencia de la música sefardí que él había mamado en casa desde pequeño.

En su último trabajo, 1970 (Sony, 2017), Cohen quiso dar otro salto al vacío y recuperar el bajo eléctrico para, cuando ya tenía el prestigio ganado, alejarse del jazz. «No tuve miedo. Quería una música más abierta y decidida, plagada de voces y canciones, para conectar espiritualmente con los 70. Muchas de mis influencias proceden también del soul y el funk que artistas como Stevie Wonder hicieron antes del hip-hop», explica. ¿Y ahora? «Ahora quién sabe lo que haré».