Vía: www.latercera.com | por Rodrigo González M.

Las Filarmónicas de Berlín y Nueva York eligen nuevos conductores. Atrás quedaron los tiempos de autócratas como Toscanini o Karajan: el nuevo siglo exige líderes persuasivos y abiertos al diálogo.

El director de orquesta húngaro Sir Georg Solti, que desde joven lucía un cráneo casi totalmente calvo y al que los músicos de la Royal Opera House de Londres apodaban “la calavera que grita”, entendía los conciertos sólo en términos bélicos. “Lo que busco entre los músicos es precisión, disciplina. Para mí, una ópera es una operación militar”, dijo en 1986, un año antes de su muerte. Nacido en Hungría en 1912 y fallecido en la Costa Azul francesa en 1997, Solti fue uno de los grandes conductores de la segunda mitad del siglo XX junto a sus contemporáneos Herbert von Karajan (1908-1989) y Leonard Bernstein (1918-1990). Fue además un superventas para la compañía Decca al frente de la Orquesta Sinfónica de Chicago y, para muchos, uno de los ejemplos del director autoritario y adherente a la verticalidad del mando.

Con una confianza ciega en sus aptitudes (en aquella entrevista concedía “haber cometido quizás uno o dos errores en su vida”), Solti fue capaz de aceitar la desorganizada máquina de la Royal Opera House y ponerla en el primer lugar entre los grandes teatros de ópera del mundo. En el camino se hizo de varios enemigos y dejo víctimas. Entre los primeros había miembros impacientes del público, en particular uno que le lanzó un repollo con la inscripción “Solti debe largarse” del escenario. Entre los segundos, el barítono Peter Glossop y el tenor Jon Vickers, quienes se negarían a ser dirigidos para siempre por la “calavera que grita”. Para ellos, y para muchos, era un “matón” con batuta.

A 18 años de la muerte del músico calvo, el panorama de la dirección de orquesta en el mundo ha cambiado radicalmente: desde la época de los déspotas con talento se ha evolucionado al territorio de los hábiles y carismáticos diplomáticos del podio; desde el maestro furioso representado por el legendario director italiano Arturo Toscanini (1867-1957) se ha pavimentado una segunda vía al campo del maestro dialogante encarnado en el británico Sir Simon Rattle (1955), titular de la Filarmónica de Berlín desde 1999.

Precisamente la noticia de que el músico Liverpool asumirá el próximo año como director musical de la Orquesta Sinfónica de Londres revitaliza la discusión sobre el rol del conductor en la orquesta clásica actual. En mayo, la Filarmónica de Berlín decidirá quien será su sucesor, que asumirá en el 2018 y tendrá a su cargo la agrupación sinfónica mas mediática y prestigiosa del mundo.

La coyuntura también quiere que este año el titular de la Filarmónica de Nueva York, Alan Gilbert (1967), anunció el término de su mandato, tras ocho años al frente de la orquesta más antigua de Estados Unidos. A diferencia de Berlín, en Nueva York la decisión del sucesor no cae en manos de los músicos, sino que en un comité. Como Rattle, Gilbert fue un director abierto a un repertorio más amplio, con gran énfasis en lo contemporáneo. Ambos comparten además la misma mirada a las audiencias. Sus posturas difieren diametralmente de Herbert Von Karajan, director de la Filarmónica de Berlín por 30 años desde 1959 hasta 1989, y de Lorin Maazel (1930-2014), que estuvo al frente de la Filarmónica de Nueva York entre el 2002 y el 2009.

Grandes intérpretes, Karajan y Maazel fueron además maestro y discípulo en un período en extinción y donde las ventas de discos eran el complemento perfecto a su mando autoritario.

LIDERAZGO Y COMUNICACIÓN

Por el contrario, en una época en que la música clásica se consume vía streaming (o en menor medida a través del dvd y blu-ray) y cuando las ventas de discos han caído; la persuasión, el carisma y la conexión con el público y los músicos son factores determinantes. “Parto de la base de que los músicos son los que tocan. No yo. El liderazgo no se logra a la fuerza, como en los viejos tiempos, sino que a través del respeto y el compromiso mutuo”, comenta Paolo Bortolameolli, joven director nacional y ayudante de la destacada conductora Marin Alsop en la Orquesta Sinfónica de Baltimore.

Paolo Bortolameolli

Paolo Bortolameolli

“Pero antes que nada, veo al director de orquesta moderno como un líder cultural y un gestor, capaz de motivar no sólo a sus músicos, sino que a las audiencias, derribando las paredes, conectando a las butacas con el escenario. Debe generar programaciones coherentes y siempre con una mirada hacia lo que se está creando en el momento. Tenemos que conectarnos con nuestra época”, agrega Bortolameolli, de 32 años.

PRESENTACI”N DE LA ORQUESTA SIM”N BOLÕVAR BAJO LA DIRECCI”N DE GUSTAVO DUDAMEL

Dos años más que el chileno tiene el conductor venezolano Gustavo Dudamel, un caso ejemplar de director con capacidad de persuasión entre los suyos, al mismo tiempo embajador de la música clásica en las nuevas generaciones y líder cultural en su país y en California. Titular de la Filarmónica de Los Angeles desde el 2009 y habitual conductor de la Sinfónica Simón Bolívar en Caracas, Dudamel es también un heredero de Claudio Abbado (1933-2014) y de Simon Rattle, dos batutas que han estado en Berlín (Abbado sucedió a Karajan en 1989) y que tuvieron especial cuidado con la llegada al público y la formación de audiencias. “Poca gente sabe que Simon Rattle y sus músicos de la Filarmónica de Berlín han venido constantemente a enseñar y dictar clases magistrales a Venezuela”, contaba Dudamel al diario El País en el 2005.

El Sistema • National Children's Symphony Orchestra of Venezuela: Simon Rattle, National Children's Symphony Orchestra of Venezuelal © Silvia Lelli

De mirada directa y tan sonriente como Dudamel, Rattle fue capaz de darle a la Filarmónica de Berlín una plataforma poderosa en el streaming online, con transmisiones habituales de sus conciertos a todo el mundo. Políticamente liberal, Simon Rattle se hizo cargo de la agrupación alemana sólo a condición de que se les aumentaran los salarios a todos los músicos. Sus métodos están a años luz del recordado Karajan, un personaje de infinito amor a sí mismo (“un pavo real”, según el productor inglés John Culshaw), asociado al Partido Nazi (al que perteneció) y que solía tomar las decisiones en Berlín sin consultarle nadie.

El director austríaco fue representante de aquella vieja raza del conductor autócrata retratada por el crítico británico Norman Lebrecht en su libro El mito del maestro (1991). Muchos de ellos tenían sueldos astronómicos, anteponían sus nombres a los de los compositores en las portadas de los discos y, básicamente, se transformaban en tiranos: el húngaro Fritz Reiner despidió a la mitad de los músicos de la Sinfónica de Chicago cuando asumió en 1953; el italiano Arturo Toscanini, que curiosamente era un declarado antifascista, afirmaba que no creía en la democracia en las orquestas; George Szell provocaba tanto temor en la Orquesta de Cleveland que los músicos se desahogaban llamándolo a escondidas Doctor Cíclope, aludiendo a una película de 1940 cuyo villano era calvo y usaba anteojos similares.

“En esa época, si Reiner miraba en un ensayo tres veces a un músico significaba que estaba despedido. Hoy, es completamente al revés: las orquestas tienen fuertes sindicatos que protegen a sus integrantes de este tipo de abusos. Pueden, al revés, provocar perfectamente la salida de un director de orquesta”, dice el maestro ucraniano Leonid Grin, titular de la Sinfónica de Chile. Grin, sin embargo, estima que nada es blanco y negro: “Yo vengo de una formación bastante democrática, con Leonard Bernstein, alguien que siempre creyó en la colaboración y el respeto. Pero entiendo que siempre existirán tipos más autocráticos que otros. Es parte de la naturaleza humana: siempre habrá un Congreso con un Partido Republicano y un Partido Demócrata”.

Formado con el alemán Hermann Scherchen, el maestro Juan Pablo Izquierdo es probablemente el director más prestigioso de nuestro país. El Premio Nacional de Música 2012 y actual titular de la Orquesta de Cámara de Chile también concede que los tiempos de Toscanini están muertos y enterrados. “Obviamente pasó esa época, donde conductores como Leopold Stokowski estaban incluso rodeados de un aura especial y eran jefes supremos. Valoro el respeto y la colaboración y creo que cualquier cosa se puede modificar siempre y cuando esté en la partitura”, dice. “Sin embargo, en los ensayos soy muy detallista. No me importa lo que duren en la medida que lleguemos al sonido, la afinación y el ritmo que busco”, agrega Izquierdo, quien nunca ha dirigido con batuta y sólo tiene fe en los movimientos de las manos.

El director valora los aires democráticos que Abbado y Rattle llevaron a Berlín tras los 30 años de Karajan, pero no deja de hacer un matiz sobre el viejo estilo de conducir: “A pesar de que Toscanini o Reiner eran duros, nadie puede negar que hayan sido grandes músicos”.

Representantes del sadismo laboral para algunos y glorias de una época irrepetible para otros, los viejos maestros son páginas del pasado. En el congreso del futuro, los demócratas tienen asegurada la mayoría.