Hacía mucho, mucho tiempo que tenía este libro en mi interminable lista de lecturas pendientes. Menos mal que existen las vacaciones.

Vía:  jazzeseruido.blogspot.com | Improvisado por Félix Amador alrededor de las 19:05

El jazz en el agridulce blues de la vida (Jazz in the bittersweet blues of life) prometía ser, en un principio, un experimento periodístico en el que el escritor Carl Vigeland acompañaría al septeto de Wynton Marsalis durante toda una gira para después publicar algo así como un “diario de carretera”. «Adoro la carretera», escribe el músico. «Para mí no supone ningún esfuerzo actuar en público. No lo siento como una obligación. Adoro salir ahí cada noche, y lanzarme de cabeza al swing con la banda, con la gente que viene a escucharnos. Espíritu de equipo, estilo y dar en el clavo, eso es el swing. Y, cuando lo pruebas, siempre quieres más.» Después describe esa sensación de que un lugar le trae a la mente otro lugar, una actuación le recuerda otra anterior.«En la carretera, ese tipo de cosas pasa cada día.»

Pero esta road movie en papel no es sólo un libro sobre música y mucho menos una biografía. Es casi un diario íntimo en el que el alma del músico se revela hacia el exterior en forma de palabra, con parrafadas, páginas enteras, que no se pueden describir como periodismo ni como entrevista ni como conversación. Son, simplemente, pensamientos en voz alta o monólogos en los que Marsalis expresa su concepción de la vida. lo que ve y lo que siente, lo que tiene entre manos y lo que proyecta y, sobre todo, en qué se inspira cuando escribe o cuando toca:

«Una vez en Lincoln, Nebraska, pero para el caso podría haber sido cualquier otro sitio, tocamos You don’t know what love is, de nuestro repertorio habitual. Lo tocamos a menudo pero nunca del mismo modo. […] Esa noche recuerdo que cuando tocamos You don’t know what love is yo pensaba en alguien que reía, un niño o una niña por la calle que oyes mientras estás sentado en el portal de tu casa al atardecer; o una mujer al teléfono a miles de millas de distancia, a al aque haces feliz con algo que dices; o tus hijos jugando en la bañera. La risa. Pensaba en eso cuando llegamos al final de la canción y empecé a alargarme con unas cuartas, intervalos de cuartas: un minuto más o menos, no estaba contando. Después, fin.» .

Si en la portada aparece el nombre de Wynton Marsalis al lado del de Carl Vigeland es porque las impresiones del músico llenan tantas o más páginas que el trabajo del periodista.

También es un diario de toda la gente que aparece y desaparece día a día en la intermitencia de una vida llena de ciudades, conciertos, estudios de grabación, televisiones, pero sin contabilidades innecesarias. Es un diario de lo que pasa y de lo que permanece («Nunca dimos el mismo concierto dos veces. En realidad, “interpretar” no es realmente la palabra adecuada para describir lo que hacemos […] Nunca sé qué pasará. En la vida pasa lo mismo») y una enciclopedia sobre sus esfuerzos. Queda constancia de sus continuos problemas para acabar a tiempo los encargos que le hacen, especialmente cuando se trata de componer para otros, su apretado calendario para grabar, actuar de aquí para allá con algún alto en algún instituto para dar una clase de música a los alumnos, sus vivencias en ese autobús que traslada al septeto y que siempre encuentra un lugar para parar donde hay una pista de baloncesto para que los chicos de la banda jueguen sus habituales partidillos. Los escenarios recorren todo Estados Unidos, Puerto Rico, Francia, España…

El septeto de esta gira proviene de un quinteto de los 80 que se convirtió en cuarteto cuando su hermano Brandford y el pianista Kenny Kirkland lo abandonaron para tocar con Sting. Marsalis nunca ha superado esta experiencia. Tras algunos cambios, quedó en septeto a finales de los 80, una formación que duraría casi quince años. Está formada por el trompetista y por Todd Williams (saxo), Wess Anderson (saxo alto), Wycliffe Gordon (trombón), Marcus Roberts (piano), Reginald Veal (bajo) y Herlin Riley (batería). Siete personajes memorables, humanos y cercanos, cada uno de ellos con tantos apodos que es imposible aprendérselos. Sus experiencias y opiniones terminan haciéndose familiares e imprescindibles.

El jazz en el agridulce blues de la vida está destinado a convertirse en uno de mis libros de cabecera. Después de haberlo terminado, es como si hubiera viajado con Wynton en ese autobús, estado entre bastidores con su banda y escuchado sus pensamientos mientras componía o improvisaba. No sólo es un documental fabuloso sobre Wynton Marsalis sino una experiencia viva que pienso repetir.

«¿Quieres saber lo que me enseñaron todos esos músicos de jazz con los que crecí? No hay ningún precio que pagar por la vida, excepto vivirla. Y, si alguien quiere hacerte pagar un precio por ello, que se joda. Deja que el filo azulado del amor te abra lo dulce y lo amargo y, cuando te toque el hueso y sientas aún que haces el amor como si el filo de la navaja te hubiera abierto el corazón por primera vez y encendido la sangre, deja tu alma en libertad y, cuando cada vez que toques sea así, entonces habrás encontrado el jazz en el agridulce blues de la vida.»
(Wynton Marsalis)