Prensa FundaMusical Bolívar

Con su experiencia académica en Canadá, Estados Unidos y su trabajo musical en países como Italia, República Checa, Brasil y Ucrania como respaldo, este director venezolano concibe a El Sistema y los programas inspirados en él como la esperanza para cambiar el futuro de la música sinfónica

David Cubek

David Cubek


Aunque su carrera en la música comenzó con el piano e independiente del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, David Cubek (Caracas) sabía que en casa había mucho trabajo que hacer. Luego de alcanzar su grado en Teoría Musical con honores en la Universidad de McGill (Canadá), de hacer una maestría en Dirección en Montreal y un doctorado en también en Dirección en la Universidad de Northwestern (Estados Unidos), tocó la puerta del maestro José Antonio Abreu.

“Vi que podía aportar mi formación teórica aquí en Venezuela y así comenzamos a trabajar eso en paralelo con la práctica”, explica el joven de 36 años, que además de ser profesor titular del departamento de Música del complejo de universidades de Claremont (California), colabora desde 2009 como profesor del Programa de Formación Académica para Jóvenes Docentes y Directores de El Sistema. Además, Cubek ha dirigido orquestas juveniles en el estado Bolívar, Portuguesa, Falcón, y recientemente hizo lo propio en Caracas, donde condujo a las sinfónicas juveniles Evencio Castellanos y Teresa Carreño.

Como director de orquesta ha recorrido un largo camino de formación académica. ¿Qué opina Usted sobre la proliferación de jóvenes, muy jóvenes directores que se ha dado en Venezuela?
El tener un país sembrado de orquestas requiere un país sembrado de directores para esas orquestas. Desde esa realidad, es normal que surjan muchos, pero lo importante es que ellos tienen una gran oportunidad para ser directores y ganar ese saber hacer. La práctica, que es tan importante en la dirección, es mucho más difícil de obtener en el exterior. Normalmente en Estados Unidos, Canadá y Europa no comienzan a estudiar dirección sino después de haber terminado de estudiar un pregrado en su instrumento, en teoría o en composición; puedes ver cursos introductorios de dirección, pero son estudios de postgrado realmente. Aquí eso ha cambiado y genera esa precocidad y fluidez que tienen los jóvenes directores que crecen dentro de la orquesta. Es algo instintivo y eso es maravilloso.

Podríamos decir que conoce muy bien la labor de El Sistema, pues ha dirigido en varias orquestas juveniles del interior del país. ¿Cómo ha sido su experiencia trabajando con nuestras orquestas?
La verdad es que me encanta trabajar acá, principalmente porque este es mi país. He logrado siempre una conexión muy bonita con las orquestas de El Sistema. Por haberme formado afuera he estado expuesto a otras orquestas, he ido a conciertos en varias partes del mundo, pero aquí los muchachos tienen una inmensa sed de conocimiento. Siempre están dispuestos a hacer las cosas de otra manera.

El trabajo que se hace en el interior del país es muy importante, porque si uno ve la estructura de las orquestas que están en la cúspide de El Sistema ve que el gran porcentaje de jóvenes viene de cualquier parte de Venezuela. El interior es el semillero y trabajan en condiciones muy exigentes. Lo más hermoso es ver la dedicación que hay en esas regiones; su devoción y pasión. Quizás suene trillado, pero uno puede hacer en el interior ensayos de tres horas, con mucho calor y un receso de cinco minutos, y los músicos no se quejan. Quieren tocar bien, quieren mejorar, y quieren estar ahí con sus compañeros. Esa dedicación es excepcional y lo nutre a uno; es pasión por hacer música en el nivel más alto.

Un nuevo aire para la música clásica

Hablemos ahora sobre el proyecto. Usted nació como músico fuera de El Sistema y se ha formado en otros países. Desde esa visión y la que tiene de un tiempo para acá trabajando como profesor y director dentro de este proyecto ¿cómo lo evalúa?
Nosotros buscamos siempre la excelencia musical, pero el fin va más allá de eso: va hacia la formación de ciudadanos, de seres humanos. Ahí quizás recae la fuerza de El Sistema a nivel internacional. Yo pienso que por ese énfasis que pone El Sistema es que es, junto a los modelos inspirados en él en otras partes del mundo, el surgimiento del rescate de lo que es la música clásica en el mundo.

En los países desarrollados -Estados Unidos, Canadá y en Europa- las orquestas sinfónicas, las casas de ópera, están sufriendo. Unas han cerrado, y en Europa cuentan tradicionalmente con un apoyo gubernamental que a veces se reduce, que a veces merma totalmente, y son instituciones con muchos costos. A los músicos que conozco por todas partes, les cuesta sobrevivir. A la orquesta sinfónica le ha costado justificar su rol en la sociedad; las personas que no están inmersas en el mundo del arte ven que los repertorios son arcaicos, obsoletos.

Dentro de este panorama surgió entonces un programa tan tangiblemente fructuoso como El Sistema, un proyecto social absolutamente coordinado y entrelazado con la música, que no solo ayuda a la sociedad, sino que puede darle al mundo musical -que en muchos lugares se ve moribundo- un nuevo aire. Por primera vez vemos que la finalidad de estas orquestas no es solo tocar la música escrita en el siglo XIX, vender taquilla o crear nombres virtuosos, sino que tiene una realidad concreta que se plasma en la vida de los muchachos que se unen a los núcleos y al programa alrededor del mundo… su trayectoria cambia para bien.

¿Además del trabajo social, de qué más está compuesta esa transformación que según usted da un nuevo aire a la música clásica?
Se trata de una transformación profunda. Aquí la taquilla no tiene importancia, el público es la familia, los profesores, los muchachos de otras orquestas. La barrera entre el público y el músico, como existe en otros países, no existe acá. Esa transformación no va a llegar rápidamente a otros países. ¿Por qué en otros lugares la música clásica no tiene gran relevancia? porque ya no existen los músicos aficionados, los amateurs que toquen en su casa. Hay una brecha demasiado grande entre lo que es el público y el músico. Aquí nadie dice que la música clásica es aburrida porque hay una relación totalmente directa entre el público y el intérprete. El contacto directo y humano entre el músico y los asistentes a un concierto que vemos aquí permite generar empatía, y no es esotérico, es tangible; se producen ganas de aprender, de escuchar, de apoyar. Acá el público se acerca al repertorio sinfónico que tradicionalmente se considera hermético, inaccesible, elitista, sin miedo ni tabúes.

Con los años, a medida que estos programas que han comenzado inspirados en El Sistema formen más muchachos, ellos -terminen siendo músicos profesionales o no- van a ser amantes de la música o van a poyar de algún modo a las orquestas de su comunidad. Esa es la verdadera transformación. Regresaremos de algún modo a lo que fue antes, cuando en otras partes del mundo la música sinfónica era parte de los programas educativos de todas las escuelas, la gente tocaba en su casa.

En el siglo XIX, por ejemplo, era absolutamente común para la gente de clase media tener un piano en su casa porque todo el mundo tocaba, no existían grabaciones. En el siglo XX hubo una especie de masificación de la música y la cultura por la radio, la televisión y el disco. Sin embargo, a partir de los años 60 la orquesta ha empezado a verse como algo ornamental en la sociedad y dejó se ser una parte fundamental.

Yo pienso que a través de estos programas que encausan el objetivo hacia la transformación del individuo social, se puede, lentamente -ojalá no tanto- cambiar totalmente el panorama musical. Esa es mi esperanza al menos.