Esta transcriptora musical tiene más de tres décadas de experiencia en su oficio, ha publicado más de 30 libros de partituras con sellos nacionales y extranjeros, y ha hecho posible la edición de obras de maestros como Antonio Estévez, Alberto Grau, Juan Carlos Núñez, Simón Díaz, Luis Ochoa, Vytas Brenner, Aldemaro Romero, entre muchos otros

Flor Angélica Martínez: Una pieza clave entre la música interior y el lenguaje del pentagrama
Por Várvara Rangel Hill @VarvaraRangel | Especial para @vzlasinfonica
No es jefa de fila, ni instrumentista y mucho menos directora. Ya no forma parte del coro. Tampoco es atrilera y casi nunca se lleva los aplausos. Para el público es una desconocida. Sin embargo, la transcriptora musical Flor Angélica Martínez tiene un nombre, una marca con 34 años de peso en la historia reciente de la música en Venezuela.

Los copistas de los creadores han existido desde la antigüedad y sus aportes han pasado casi siempre inadvertidos. En el caso de esta caraqueña no es así, porque su trabajo ha quedado plasmado en más de 30 libros publicados por editoriales nacionales e internacionales, entre libros de texto, partituras sinfónicas, partes y música de coros.

Esta venezolana ha hecho posible la edición de obras de maestros como  Antonio Estévez, Alberto Grau, Juan Carlos Núñez, Simón Díaz y Luis Ochoa, así como las piezas sinfónicas de Vytas Brenner, Aldemaro Romero, entre muchos otros.

“Una cosa es lo que se oye en la cabeza y otra como se escribe para que eso, al ser reproducido, suene igual. Y ahí es donde estoy yo. Conozco la manera de escribir los símbolos, para lograr que lo que se oiga sea lo mismo que el autor quiere”, expresó Flor Angélica Martínez, quien asegura que incluso los compositores con experiencia y títulos universitarios, no logran llevar la música de su interior al lenguaje universal que se escribe sobre el pentagrama.

TARDE EN LA MÚSICA

Martínez asume que su formación musical comenzó tarde, cuando tenía 13 años de edad. Aunque era una adolescente, estudiar música fue una decisión que le comunicó a su padre, justamente después de asistir a varios conciertos de fin de semana en la recién estrenada Sala José Félix Ribas del Teatro Teresa Carreño, donde se presentaba la Orquesta Juvenil de Venezuela, que precedió a la ya famosa Sinfónica Juvenil Simón Bolívar.
Martínez recuerda que su padre comenzó a incluir en su agenda de paseos de los fines de semanas visitas a los museos y conciertos sinfónicos. Y fue en uno de esos encuentros con las orquestas en la Sala José Félix Ribas que Flor Angélica se dijo: ¡Esto es lo que yo quiero hacer! Y comenzó una “campaña” para que sus padres la inscribieran en una escuela de música.

A los 13 años, la joven logró su cometido y su madre le consiguió una audición en la Escuela Juan Manuel Olivares, llegó tarde a la cita, pero pasó el examen y comenzó formalmente su educación musical en 1978.

CON EL MUNDO EN LOS OÍDOS

Martínez se graduó con bajas calificaciones de bachiller a los 16 años y su papá esperaba que fuera a la universidad y estudiara Derecho, por su personalidad “pica pleito”. 

Hice un bachillerato muy malo, porque estaba en la escuela de música, que era una fascinación para mí. Me jubilaba del Liceo Andrés Bello y me iba a la Escuela Juan Manuel Olivares, me sentaba en el patio para escuchar lo que sonaba en los salones alrededor. A mí el mundo me entraba por los oídos. Así que terminé el bachillerato a duras penas”, contó.

Pese a tener un promedio mediocre de 11 puntos en el liceo, Flor Angélica Martínez obtuvo el mejor cuarto puntaje de toda la institución en la prueba de aptitud académica, que le dio un pase directo para estudiar Derecho en la Universidad Central de Venezuela (UCV).

En aquella época, cuando tenía 17 años, ingresó a la Cantoría Alberto Grau y estuvo la Schola Cantorum por casi 30 años.  

UN FRACASO DERECHO

En la UCV, Martínez estudió un año y fracasó “exitosamente” a los 18 años de edad. La joven le comunicó a su padre que no continuaría su carrera de Derecho porque no se imaginaba dentro de 30 años detrás de un escritorio haciendo documentos. “La verdad es que si estoy detrás de un escritorio, pero hago los documentos que me gustan”, dijo entre risas.
Flor Angélica Martínez dejó sus estudios universitarios y su padre dejó de mantenerla, por lo que debió buscar una manera de conseguir ingresos y la música fue la salvación.

“Mi mamá me ayudó mucho, le lavaba la ropa a mi papá, le ponía plástico, y le cobraba como si la hubiera llevado a la lavandería o le cobraba las cosas dos veces. A ella le debo los libros, los zapatos, y a mi papá le agradezco que no sabe lo que hizo por mí”, afirmó.

Por aquella época Martínez ya había aprendido caligrafía musical, comenzó a dar clases de música “a niños malcriados en sus casas” y a hacer copias, transcripciones musicales. “Aquí estoy” 34 años después.  

Flor Angélica Martínez recuerda que su primera transcripción “en serio” fue para Alberto Grau, en 1983, lo hizo sin cobrar, como un favor. Pero desde este primer encargo fue su copista por más de 25 años, hasta que por el bien de su amistad decidieron no trabajar más en conjunto.

“Mi primera transcripción pagada fue en 1984 o 1985, me la solicitó la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas. El director musical era Alfredo Rugeles y lo que me tocó hacer fue transportar, es decir, bajarle un tono a la Canción de la tierra, de Mahler, para que Morella Muñoz pudiera cantarla”, detalló.

Flor Angélica Martínez: Una pieza clave entre la música interior y el lenguaje del pentagrama
Flor Angélica Martínez: Una pieza clave entre la música interior y el lenguaje del pentagrama

EN LA MESA DE DIBUJO Y EN LA PC

Flor Angélica Martínez: Una pieza clave entre la música interior y el lenguaje del pentagrama
El número de partituras transcritas por Flor Angélica Martínez se pierde de vista. Su trabajo puede resumirse en cientos de partituras sueltas, 30 libros en tres décadas, 25 años de transcripciones de la música de Alberto Grau. La primera década como transcriptora fue completamente a mano y luego en formato digital.

“Fui la copista de la Misa de los Trópicos, de Juan Carlos Núñez. Estuve 36 horas trabajando sin parar en la mesa de dibujo. Soy curadora de su obra”, sentenció.

Martínez vivió la transición de las transcripciones a mano, de caligrafía con plumilla sobre las líneas del pentagrama a los avanzados programas de computadora. Hasta ahora, aseguró que ha tenido que dominar cinco software distintos, y explica que no necesariamente estas herramientas tecnológicas sustituyen su oficio.

“Se aprende a escribir (caligrafía musical), se aprende a manejar el software y necesitas tener un conocimiento teórico muy grande de estilos, de maneras de escribir, de técnicas de composición” para llegar al producto final, abundó.

Martínez reconoció que una de las ventajas de hacer las transcripciones con computadora es que triplica su trabajo en corto tiempo. Sin embargo, extraña la plumilla.

“Extraño tener el control del trazo. Porque trabajo con manuscritos, en el que ves parte de la personalidad (del compositor), sabes si lo escribió apurado, si le temblaba el pulso, hay una conexión entre el manuscrito y hacerlo a mano que no se tiene en la computadora”, admitió.

UNA VERDUGA

Además de transcribir a mano, con el tiempo esta editora adquirió conocimientos que elevaron la calidad de su trabajo, primero, con unos años de Música en lo que hoy se conoce como la Universidad Nacional Experimental de las Artes (Unearte) y luego, al trabajar con maestros como Antonio Estévez, quien le dio nociones de orquestación. Por si fuera poco, Martínez fue parte del equipo editorial que copió la Cantata Criolla, en la Fundación Vicente Emilio Sojo.  
La práctica, la lectura de las obras durante tres décadas, han convertido a esta transcriptora en la mejor en su área, en una “verduga” –dice-, que sabe reconocer los errores inmediatamente cuando lee partituras. También sabe que no es perfecta y que no siempre es la más querida por el torbellino de su personalidad.

De su oficio, Flor Angélica Martínez habla como una obsesión, una pasión a la que se entrega la cantidad de días y noches necesarias para llegar a un gran finale. Y cuando siente necesita refrescar la rutina de su trabajo, entonces acepta proyectos de titulación en las óperas.

Flor Angélica Martínez: Una pieza clave entre la música interior y el lenguaje del pentagrama
Flor Angélica Martínez: Una pieza clave entre la música interior y el lenguaje del pentagrama

Según Martínez, las computadoras no hacen todo el trabajo y se requiere de personas que como ella, se encarguen de analizar la transcripción.


 

“La computadora no me dice cómo tengo que escribir, yo le digo a la computadora lo que debe escribir, cambio los parámetros, la intervengo a ella, para que haga lo que quiero ver. No me conformo con lo que dice que puede hacer. La computadora es tan solo una herramienta”, aseveró.

LO QUE VENGA

Después de trabajar con grandes autores y para las orquestas más importantes del país, Martínez sostiene que no se especializa en ningún ritmo o autores particulares: “Yo transcribo lo que venga”.

Ejemplificó que hace unos años, para un festival un joven la buscó para solicitarle una transcripción de un arreglo de Mozart en rock sinfónico. “Me llegó a la oficina con su teclado MIDI porque el muchacho lo que sabía era tocar lo que quería escribir, así lo grababa, me daba el archivo, y línea por  línea ensamblamos la partitura que quería”, recordó.

En otra oportunidad, la productora María Angelina Celis le llegó con un disco compacto con la Misa Rociera, para que Martínez le hiciera las partituras y pudiera tocarla la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar.

Pero de todos sus trabajos, Martínez sabe que “subió de nivel” cuando logró hacer las partituras de 90 canciones escritas y compuestas por Simón Díaz, tan solo escuchando los temas que dejó grabados. El resultado es un libro de gran formato de 360 páginas, de las cuales 327  son obra de la copista venezolana. “Estoy muy orgullosa de este libro”, asintió.

Desde hace cinco años, Flor Angélica Martínez  trabaja con el Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles y Juveniles de Venezuela, en el Centro Editorial Digital. Quiere obtener su título universitario, tiene esa deuda académica. También quiere tener su propia casa editorial.