Vía: www.clarin.com/ Por Adriana Santagati

María Callas no sólo fue una soprano extraordinaria, sino una verdadera gourmet. Amaba la comida, y se convirtió en una cazadora de recetas. Las pedía en los restaurantes de los hoteles y las copiaba a mano. Era el único momento en que podía “acceder” al placer que esas letras encerraban porque nunca, jamás, las probaba. Después de haber bajado 40 kilos, vivía a carne y ensalada aunque adoraba las tortas y los postres, según Bruno Tosti, el biógrafo que publicó un libro con esas recetas.

Soy como la Callas: en mi casa hay recetas por todos lados. Tengo el equivalente a cuatro estantes de biblioteca completos de libros, revistas especializadas, fascículos coleccionables, hojas que arranco de las revistas dominicales, cuadernos y folletos promocionales, además de recetas guardadas en mi computadora y aplicaciones de cocina instaladas en la tablet, más las cuentas de gastronomía que sigo en las redes.

No canto como la Callas pero, al igual que ella, tampoco las cocino. No me obsesiona la delgadez, pero sí el comer saludable: sé que nunca voy a hacer la receta de esa torta doble chocolate que guardé la semana pasada porque me vencerá la culpa de la diabetes y el colesterol potenciales.

 

Pero lo que más me vence es el enemigo moderno implacable: el tiempo. Cocinar se terminó convirtiendo en un plan del fin de semana. Y al fin de semana llego tan cansada que pasarme tres horas preparando un goulash con spätzle y después lavar todos los platos y limpiar la cocina, deja de ser un plan. Mientras sigo coleccionando recetas para prepararlas a los nietos que espero tener cuando me jubile.