Ombligo del mundo, rascacielos, hoyo profundo, 9/11, caleidoscopio, aeropuerto, de kilómetros a millas, desgarre, esperanzas que aterrizan, nostalgias que se enraízan, espacio físico que se encoge, subterráneo, subir escaleras, bajar escaleras, ratas insolentes, ratas resueltas, ratas urbanas, olores que ofenden, grúas, alcantarillas que fuman, ruido, ambulancias, bomberos, policías, pobreza desesperada, riqueza infinita, tribus tatuadas, trabajo, ojeras, sueño, sueño que agota, sueño que despierta, morir de visa, garras, casas compartidas, anhelos compartidos, camas compartidas, encuentros fugaces, amores que nacen, amores que se apagan, culturas, vibraciones, música, vivir sin límites, prejuicios que se desmoronan, libertad a ras de piel, arte que nutre, innovación, movimiento, tesoros escondidos, bares, soledad, amistades, raíces arrancadas y vueltas a reanudar.

Nueva York es eso y mucho más…


 

La música que llevamos adentro

Vía: www.viceversa-mag.com | Por Mariza Bafile y Flavia Romani
Photos by Flavia Romani
 

Basta acercarse a Lincoln Plaza para empezar a respirar cultura. A pesar del bullicio de la calle inundada de un tráfico ruidoso y un incesante movimiento de personas, se percibe en el aire la paz de la música, del canto, de las artes escénicas, manifestaciones todas que nos devuelven la alegría de vivir y la confianza en los seres humanos.

Nos dirigimos a una de las más prestigiosas escuelas musicales del mundo: The Juilliard School, construcción mezcla de cemento y vidrios, imponentes, hermosa. Subimos la escalera amplia y nos cruzamos con jóvenes de todas las razas. Algunos van con su instrumento a cuestas. En ese espacio la música es la gran protagonista.

En lo alto de la escalera nos está esperando Samuel Marchan quien en esta escuela, hace muchos años, no solamente se formó como profesional sino encontró casa y familia. Lleva en las manos un casco de bicicleta cubierto con una malla de lana que reproduce la bandera de Venezuela. “Lo tejió la mamá de un alumno” explica siguiendo nuestra mirada. En sus manos una viola, el instrumento que ama y lo acompaña siempre, y un pequeño violín de papel maché alegre y colorido.

 

Han pasado los años y sin embargo Samuel no ha perdido su aire de muchacho entusiasta y agradecido. El mismo, imaginamos, que iluminó su rostro cuando subió esa escalera, por primera vez, como estudiante. Una meta tan difícil como ansiada por jóvenes de todo el mundo cuando sus sueños se desgranan en notas musicales.

Samuel conoce cada recoveco de The Juilliard, espacio que se despliega entre corredores infinitos. Aquí no solamente ha estudiado sino también ha trabajado y vivido. Su historia es casi un pequeño cuento de hadas. Empieza en Mérida, ciudad venezolana encajada entre montañas verdes, con calles adoquinadas y un gran fermento cultural. La Universidad de Los Andes siempre ha contado con docentes nacionales e internacionales de muy alto nivel. Allí se desarrollaban encuentros culturales, fieras de libros, festivales de cine. Samuel nace en una familia bendecida por el don de la música. Son cuatro hermanos y todos sobresalen como violinista, violista, pianista, cantante. Durante un tiempo los “Hermanos Marchan” tocaron juntos en un cuarteto que deleitaba a sus connacionales. En su casa fueron dos los grandes pilares en los cuales se basó su educación: la cultura, y en particular la música, y la solidaridad y generosidad hacia las demás personas.

 
Viceversa: "The Juilliard School con el violista Samuel Marchan"

En Mérida los cuatro hermanos empiezan a estudiar música con profesores de la talla de los violinistas Oswaldo Vigas y José Francisco del Castillo. Cuando el mayor viaja a Caracas y se une a la Orquesta Sinfónica Juvenil que recién estaba empezando el maestro Abreu, abre un camino para Samuel quien lo seguirá gracias a la ayuda de uno de sus maestros más queridos y admirados: Joen Vásquez. “Un día lo escuché tocar la viola y desde ese momento supe que ese era mi instrumento, que yo quería aprender a tocar como él”. Vásquez, había regresado a Venezuela tras estudiar en Juilliard. Bajo su ala protectora el joven Samuel aprende, mejora su estilo y, gana una audición para tocar con la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas.

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