Por Gonzalo Lahoz

Codalario otorga su Sello de Calidad a la ‘Sinfonía nº 8’ de Bruckner, grabada por Zubin Mehta y la Filarmónica de Israel para Newton Classics

Codalario otorga su Sello de Calidad a la  'Sinfonía nº 8' de Bruckner, grabada por Zubin Mehta

Codalario otorga su Sello de Calidad a la ‘Sinfonía nº 8’ de Bruckner, grabada por Zubin Mehta


Nobleza, solemnidad y misticismo son los tres estadios en los que Anton Bruckner nos sumerge de lleno con su Octava sinfonía, un titán sonoro que se eleva ante nosotros como parte de las grandes cordilleras sinfónicas del romanticismo que se abren con Beethoven y concluyen con Sibelius y cuyos caminos confluyen de alguna manera aquí, en esta Octava llamada por muchos la “Sinfonía de las sinfonías”, recogiendo los frutos de sus antecesores y sembrando los de generaciones posteriores. Caminos que al recorrerlos, nos invitan a encontrarnos con nosotros mismos en un viaje que aquí, en la mayor de las sinfonías brucknerianas, comienza sereno mientras se torna poco a poco en noble, con tintes solemnes y alcanza su clímax en un misticismo lleno de recogimiento en forma de adagio, para acabar sellando la partitura con un épico finale.

Vasta partitura, extensísima, incluso en la versión aquí recogida, la tercera de 1890 de Bruckner tras aceptar los recortes, cambios (final del primer movimiento por ejemplo) y refuerzos en la orquesta (escúchense las maderas) que sus allegados, léanse Levi y Schalk principalmente, impusieron al entonces sexagenario compositor.

Toda la partitura se despliega como un halo de romántico color, con esa particular sonoridad cuasi de órgano, enmarcando esa espiritualidad que parece o es obvia en todas las obras de Bruckner, máxime aquí, en el auge de su carrera compositiva y como puede apreciarse desde un principio, con unas maderas que junto a la cuerda entran en una suerte de estremecimiento, con una nota sostenida mientras los metales y el resto de maderas (violines en divisi) y cuerda son introducidos, elevando el grado de tensión, algo que Mehta logra controlar en todo momento, balanceándolo siempre hacia el lado más lírico en las ocasiones más vivas y acercándonos de alguna manera a la sensación de recogimiento y sosiego al que tanto invita la obra, sin perder nunca por ello el pulso exigible para elevarla y disfrutarla.

Encontramos en Mehta un sentido del control, de la tranquilidad únicos ante unas páginas que conoce con exactitud y cuyos clímax sostiene con un medido equilibrio (recordemos que varios directores se negaron o huyeron de esta Octava antes o justo después de su estreno dada su compleja estructura), llegando incluso a crear la impresión de austeridad de medios, cuando en ningún momento es así.

Uno de los mejores momentos lo hallamos al alcanzarse el Scherzo del segundo movimiento, de fuerzas bien contrastadas, logrando Mehta un empaste de colores total entre maderas, cuerdas (pizzicatti incluidos) y metales (brillantes las trompetas).

Desde luego el culmen de la grabación no puede ser si no el Adagio de reminiscencias wagnerianas (todo Bruckner es una feliz reminiscencia wagneriana), alma de la partitura que nos presenta un sueño donde mirar hacia nuestro interior, tal y como los grandes sinfonistas, una vez eclosionado el romanticismo, siempre han perseguido. La Orquesta Filarmónica de Israel se encuentra aquí en una de sus mejores intervenciones registradas (curioso que sea con una de las músicas favoritas de Hitler, recordemos que fue Bruckner lo que sonó en la radio alemana tras anunciarse el suicidio del dictador), con una cuerda de tintes oscuros, brillante no obstante, algo abierta, áspera en los pasajes más tensos y agudos, dibujando unos delicados pianissimi en un tempo el de Mehta no atropellado, pero tampoco moroso ni pesado, justo en la medida requerida y acompañada por unos vientos siempre acertados que nos regalan los oídos construyendo esta, la catedral de las sinfonías.