Iniciamos esta semana, dentro de nuestra sección de entrevistas, un ciclo dedicado a algunas de las realizadas por Gonzalo Alonso hace años con grandes figuras de la música, empezando por los directores de orquesta. El primero de ellos es Claudio Abbado.

La entrevistas se publicarán sin retoque alguno, tal y como aparecieron en aquellos tiempos. Hoy siguen tan vivas como ayer. Eran otros tiempos, tiempo de artistas de verdad, tiempos en los que los medios de comunicación se preocupaban de la música seria, tiempos de la última gran hornada de críticos y personas de cultura de verdad…


Vía: www.beckmesser.com | Texto: Gonzalo Alonso


Tímido y famoso, Claudio Abbado nació en Milán hace 53 años. Ha dirigido la Scala milanesa, llevado la dirección musical de la Joven Orquesta de la Comunidad Europea y dirigido las orquestas de Viena, Londres y Chicago. En el futuro se concentrará únicamente en la codirección de la Opera de Viena y en la Orquesta de Europa, de las que afirma son sus dos nuevos amores. Una vida al servicio de la música.

Claudio Abbado,  tras dar por terminado un largo período de vacaciones, ha cogido la batuta con fuerza arrolladora. En Londres continúa sus habituales conciertos como director musical de la Sinfónica de esa ciudad. En Milán se ha despedido multitudinariamente de  la Scala con Pelléas et Mélisande, tras 18 años de intensa colaboración como director musical y artístico. En Viena inauguró su actividad como codirector del Teatro de la ópera. En Múnich, como en otras ciudades europeas, apenas permanece un par de días para dirigir sus conciertos y, por si fuera poco, tiene todavía unas cuantas grabaciones de por medio, entre ellas el ciclo de Beethoven.

Parece increíble que a sus 53 años, y con la mundología que proporciona una actividad como la suya, no haya podido superar una acentuada timidez innata. Se diría que su temperamento se corresponde plenamente con su aire externo de eterna juventud, marcado aún más por un vestuario informal con el sello de ese indudable buen gusto que poseen los milaneses.

-Estoy deseando volver a España, aunque, de hecho, hace muy poco que estuve allí dos veces: de vacaciones y con la London Symphony Orchestra (LSO). Esta será mi quinta visita profesional. De la primera nadie se acuerda, porque yo era muy joven, hace casi 30 años. Con una orquesta de cámara recorrimos muchas ciudades españolas: Madrid, Barcelona, Sevilla, Bilbao, y guardo un recuerdo muy bello de entonces. Después, en 1965, volví para dirigir la Orquesta Nacional, pero aquella experiencia, si he de ser sincero, no fue muy feliz. Por eso, luego, ya he regresado en dos ocasiones, 1980 y 1981, con una agrupación mía como la London Symphony Orchestra. Pero este último ha sido mi primer concierto en la España europea.

Abbado estudió primero en el conservatorio Giuseppe Verdi de su propia ciudad natal, en donde, curiosamente, enseñaba otro grande de la dirección que acaba de participar en el Festival de Otoño de Madrid, Carlo Maria Giulini, del que ha heredado no pocas cosas. Más tarde se trasladó a Viena para continuar con Hans Swarowski. En 1958 logró obtener el Premio Koussevitzky, en Tanglewood (Estados Unidos), y dos años más tarde hizo Su debut en la Scala dentro de la gala conmemorativa del aniversario de Alessandro Scarlatti, pero todavía eran muy escasos sus contratos, hasta que en 1963 venció en la competición neoyorquina Dimitri Mitropoulus.

-¿Considera que los concursos son algo interesante para los jóvenes?

-Personalmente no amo demasiado estos concursos, porque no son algo estrictamente musical, pero, indudablemente, ayudan mucho. En concreto, antes del Mitropoulos yo solamente dirigía tres o cuatro conciertos de importancia al año, y a partir de entonces se me llenó la agenda. Después me han invitado muchas veces a vivir la otra cara de la moneda, como miembro del jurado, pero lo he rechazado siempre, excepto en una ocasión, en Viena, en el concurso Swarowski -que fue mi profesor-, y creo que no volveré nunca a ser jurado. No encuentro humano juzgar a un joven o lo que pueda hacer en su vida en 10 9 20 minutos. No es justo.

-¿Cómo es la enseñanza musical en el mundo actual?

-Depende de los países. En el Reino Unido, Alemania, Holanda… hay una magnífica educación en todos los sentidos. Los jóvenes se preparan en la escuela y en los conservatorios para tocar música juntos. Que sea después cámara, sinfónica u operística es otra cuestión, pero siempre se preparan para hacer música en grupo. En cambio, en los países latinos -como España, Italia o Francia- se trata más bien de crear solistas. No es frecuente encontrar en los países latinos la mentalidad de que es más bello sonar juntos que tratar de hacer divos, y es un error.

-Cuando usted estudiaba en Austria se hizo muy amigo de otro joven colega, Zubin Mehta. ¿Qué recuerda de aquellos días?

-Fue un tiempo maravilloso y aprendimos muchísimo, aunque también resultó un período muy difícil en cuanto a calidad de vida, porque teníamos muy poco dinero. Por eso, para ver a los grandes directores como Von Karajan, Kleiber o Krips íbamos a los ensayos como miembros de los coros.

Aquellos días quedan ya muy lejos, y aquel estudiante consiguió abrir la temporada de la Scala en 1967 con Capuletos y Montescos, de Bellini, y un año después ser nombrado su director musical. En Salzburgo alcanzó también un gran triunfo por aquellos años con la Segunda de Mahler, adelantándose a la moda que en los años setenta invadiría el mundo musical. Las orquestas de Viena y Londres le hicieron después ofertas tentadoras que aceptó: director principal de la primera en 1971 y diversos cargos en la segunda, hasta que en 1983 se creó uno especial para él como director musical. Entre tanto, alternó la dirección musical de la Joven Orquesta de la Comunidad Europea con la dirección artística de la Scala, e incluso con un contrato como principal director invitado de la Orquesta de Chicago.

Un brillantísimo currículo para un hombre de 53 años que encabeza una magnífica generación de directores en la que cabe incluir a Mehta, Maazel, Barenboim, Davis, etcétera.

-¿Qué opinión tiene de los maestros que formaron aquella otra generación legendaria: Furtwangler, Toscanini, Klemperer, Walter, Kleiber, etcétera?

-Les tengo un gran respeto. Furtwangler fue una gran figura, un director inimitable para todo el repertorio alemán. Le escuché cuando era muchacho y le continúo escuchando para recibir lecciones de sus grandes interpretaciones en disco, para mí las más grandes que se conservan. A Toscanini le oí en Milán después de la guerra y me produjo también una magnífica impresión. Y si hablamos de Mozart, habría que referirse a Bruno Walter, realmente maravilloso.

-Usted recibió de Giulini la herencia de la tradición italiana de la dirección y hoy la comparte con Ricardo Mutti. ¿Qué relación hay entre ustedes?

-De gran respeto. Giulini fue profesor mío en el conservatorio de Milán y de él he aprendido mucho como músico y como persona. Por otro lado, Mutti se encuentra realizando un magnífico trabajo en Filadelfia. Es uno de los mejores directores del mundo.

-Quizá una diferencia entre los directores de hoy y del pasado sea una mayor colaboración, un menor espíritu de competencia. ¿Es cierto?

-Efectivamente; ha cambiado, hay mucha más colaboración. Cuando es posible, claro.

La verdad es que en este punto Abbado ha estado un tanto diplomático, porque dentro del mundillo musical se comenta que entre Mutti y él hay un pique semejante al existente entre Pavarotti y Domingo. Plácido no pierde oportunidad de criticar a Luciano, y otro tanto hace Ricardo con Claudio. Sin embargo, ni Pavarotti ni Abbado se prodigan en comentarios al respecto.

-Un pianista que usted conoce, Ivo Pogorelich, declaró recientemente que muchos directores actuales enfocan su trabajo demasiado comercialmente. Fue precisamente a raíz de la grabación del concierto de Chaikovski, que finalmente dirigió usted, tras el enfado entre Pogorelich y Von Karajan por motivos comerciales. ¿Se le podría acusar también a usted de comercialización?

-A menudo es cierto que hay una comercialización excesiva, pero yo trato de evitarla. No hay necesidad de comercializar nada. La música tiene su valor, y trabajar frenéticamente saltando de un continente a otro es una locura de la que huyo. Es totalmente cierto que cuando se está dentro de la rueda del trabajo es muy difícil decir no, pero, por ejemplo, hace poco me he tomado seis meses de vacaciones para estudiar obras nuevas, leer libros y estar con la familia. Mi hijo mayor se licenció en Filosofía y trabaja como director de escena; mi hija trabaja en el Festival Rossini, y el pequeño todavía estudia en Londres. Pretendo vivir con un poco más de paz. No se puede estar siempre pensando en trabajar y en dar conciertos por todas partes. Ya renuncié al puesto de principal director invitado en Chicago y ahora dejo la Scala. A partir de 1991 concentraré mi atención en Viena y en la Orquesta de Europa, mis dos nuevos amores.

-Otra crítica que frecuentemente he escuchado, en este caso a cantantes, radica en la incapacidad de los directores de pedir mucho y dar poco.

-Yo mantengo una buena relación con los cantantes, y siempre encontramos la forma de hallar lo mejor para la música. También sucede a veces que los solistas creen de entrada que lo que se les pide es imposible, pero después, al cabo del tiempo, se dan cuenta de que no lo era. Los cantantes muchas veces están acostumbrados a trabajar de una determinada forma, por ejemplo, con fiatos cortos, y claro, si se ha de cantar Verdi se requieren fiatos largos. Esto se puede conseguir si hay una buena colaboración.

-¿Con qué solista ha experimentado una sensación de mayor comodidad y colaboración?

-Nunca podría apuntar uno solo, pero Rudolf Serkin es uno de los más grandes. De él he aprendido muchísimo, tanto musical como humanamente. Es un hombre que a sus 83 años mantiene un entusiasmo enorme por la música y por la vida. Con él he grabado ya 12 o 13 conciertos de Mozart y en noviembre continuaremos el ciclo en Londres. También, naturalmente, hay otros: Pollini, Brendel, Ashkenazi…

-¿Hay realmente divos, en el mal sentido del término, dentro del mundo de los solistas? ¿Cuál es el problema más grave de ellos?

-Sí los hay, pero tengo la fortuna de poder escoger siempre, o casi siempre, aquellos con los que trabajo. En cuanto a la segunda pregunta, creo que su principal problema es la presunción. La mera idea de creerse un divo me parece absurdo, ya que debemos o deberíamos estar todos al servicio de la música y, en consecuencia, en disposición de aceptar cualquier consejo por el bien de la misma. Hay, en cambio, algunos solistas con los que no he vuelto a trabajar, que piensan no sé qué cosa… Quizá se miran demasiado en el espejo.

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