A dos años de su muerte, el legado de Claudio Abbado, uno de los directores de orquesta más influyentes de nuestro tiempo.


Vía: elcomercio.pe | Por Jorge Riveros-Cayo

Del silencio emerge una nota la, extendida entre ocho octavas: violines, violas, violonchelos y contrabajos. Los músicos rasgan casi imperceptiblemente sus arcos, sempre pianissimo, ejecutando los armónicos de sus instrumentos que generan una sensación etérea. No es un tema, una idea, una melodía o un ritmo, sino un estado de ánimo. El la se extiende por varios compases, suspendido en el aire, langsam, lentamente, hasta que intervienen flautas, oboes y clarinetes entonando también un la al unísono hacia un mi en caída libre, legato. Claudio Abbado dirige la primera sinfonía de Gustav Mahler, de memoria y sin batuta. Dibuja con sus manos la forma precisa como él desea que se inicie uno de los momentos más extraordinarios de la música sinfónica del siglo XIX. Es agosto del 2008. La Orquesta del Festival de Lucerna, la mejor del mundo, es dirigida por el director vivo más importante de nuestro tiempo. La fisonomía del maestro no es la mejor: ocho años antes le diagnosticaron cáncer al estómago. Sobrevivió. La adversidad no evitó que el director italiano completara con este conjunto el ciclo sinfónico de Mahler, de quien se convirtió en un especialista a lo largo de su vida. “Es la música la que me da energía”, susurró Abbado a un periodista alguna vez.

Abbado nació en Milán en 1933. Descendía de una familia prominente de músicos. Fue hijo del violinista y compositor Michelangelo Abbado y hermano del pianista Marcello Abbado. Sin duda Claudio opacó a sus parientes. Dirigió las orquestas más importantes hasta llegar a ser elegido como director artístico de la Filarmónica de Berlín en 1989 tras la muerte de Herbert von Karajan. Pero su mayor sueño hecho realidad fue haber convertido la Orquesta del Festival de Lucerna en el mejor conjunto sinfónico del mundo, integrado por una lista de 120 estrellas musicales, provenientes de las mejores orquestas y ensambles de Europa. Desde el 2003, Abbado ofreció, cada mes de agosto, conciertos hechos a la perfección y a los que acudían grandes figuras artísticas como el compositor francés Pierre Boulez; Sir Simon Rattle, actual director de la Filarmónica de Berlín; el actor suizo Bruno Ganz; o el italiano Roberto Benigni, junto a su esposa Nicoletta Braschi. Por ello, cuando Abbado murió, todos sabían que con él se apagaba la vida de uno de los últimos grandes directores de nuestro tiempo.

“Claudio es un sueño para un solista. Es un hombre con una profundidad y cortesía inigualable. Su amor por la música va más allá de la emoción. Uno siente la forma en la que llega a la audiencia y a los músicos sin necesidad de usar palabras, lo cual es asombroso. Porque sonará a cliché pero es verdad: la música es el lenguaje universal que va más allá de las palabras. Los gestos de Claudio son extremadamente expresivos y logra transmitir muchas cosas solo con la mirada. Hay una enorme claridad cuando dirige. Es sin duda estimulante e inspirador estar al lado de él, musicalmente, ya seas un solista o el miembro de una orquesta, porque es una experiencia que te transforma”. Los elogios provenían de la francesa Hélène Grimaud, pianista audaz y revolucionaria, comparada con Glenn Gould por la crítica y que interpretó una versión soberbia del segundo concierto para piano de Rachmaninoff, bajo la batuta de Abbado, en agosto del 2008.

Tres años después, toda esa admiración de Grimaud por Abbado se esfumó con la siguiente declaración: “Queda claro que Claudio no tiene ningún interés de trabajar con alguien que no hace lo que él quiere”. El motivo: la elección de la cadenza en el concierto para piano número 23 de Mozart. Grimaud quería tocar una escrita por el pianista y compositor italiano Ferruccio Busoni. Abbado insistió en que la pianista ejecutara la original, compuesta por Mozart. Cada uno, desde su trinchera de poder, se negó a ceder. Y así, en 2011 se fueron al tacho 20 años de colaboración artística, lo que generó una de las rupturas musicales más relevantes de nuestros tiempos.

Claudio Abbado murió a los 80 años, el 20 de enero de 2014 en Boloña, Italia. No fue una muerte súbita. La batalla contra el cáncer se inició en el 2000 cuando era director de la Filarmónica de Berlín. Pero el maestro combatió la enfermedad y logró vivir 14 años más, entre su casa en el noroeste de la isla de Cerdeña —su refugio, la llamaba, llena de buganvilias y plantas— y sus compromisos artísticos, que fueron disminuyendo a medida que la enfermedad lo iba consumiendo. En su casa, sorprendentemente, no había un piano. “No necesito uno —dijo alguna vez —. Llega un momento en que he memorizado toda una obra. Pero es un asunto psicológico también. Si no sé una obra de memoria, significa que no la conozco lo suficiente”.