Por Pablo Kohan  | Para LA NACION

Su muerte se demoró largamente en aparecer. En 2001, se reveló que padecía un cáncer de estómago. Con las progresivas imágenes de desmejoramiento que se sucedían, cada vez más delgado, cada vez más demacrado, parecía que la llama se iba a extinguir en un corto tiempo. Sin embargo, el gran director se burló de tanta profecía sombría y continuó con una tarea musical destacadísima. Hasta que, lamentablemente, tuvo lugar la confirmación de aquel final tan temido o previsto. Ayer, en Bolonia, a los ochenta, falleció Claudio Abbado, un artista completo, un músico excepcional, una personalidad admirable.

Claudio Abbado

Claudio Abbado

Si las denominadas ciencias duras han concluido por aceptar que la subjetividad es una parte inseparable de cuanto pueda afirmarse en el más exacto o puntual de sus postulados, qué le cabe, entonces, a la música, una actividad en la cual todo aquello que es pasible de ser medido o ponderado carece casi por completo de relevancia y todo lo que de ella pueda manifestarse proviene de enunciaciones en las cuales lo subjetivo es parte esencial y primordial. Por lo tanto, bajo el amparo de este paraguas protector y con toda la carga de declarada subjetividad individual que esta afirmación conlleva, digamos que Claudio Abbado ha sido el más notable director orquestal de las últimas décadas, comprendiendo en ellas, incluso, a los períodos finales de personalidades tan trascendentes e indiscutibles como Herbert von Karajan, Leonard Bernstein o Georg Solti.

Sólo con recurrir a su biografía más sucinta, el material ya se descubre apabullante. Nació en Milán, en 1933, en el seno de una familia de músicos y estudió piano, composición y dirección en su ciudad natal. Abocado ya a esta última actividad, se perfeccionó con Hans Swarowsky en Viena y, a los veinticinco, ganó el primer premio en el Concurso Koussevitzky. Sin embargo, su nombradía internacional como director sinfónico y operístico le llegó luego de la obtención del Premio Mitropoulos, en 1963. Cinco años después, y con actuaciones muy valoradas a ambos lados del Atlántico, comienza un camino que lo hace sumar una serie de cargos cuya enumeración provoca asombros varios: fue, sucesiva o simultáneamente, director del Teatro alla Scala, de la Ópera de Viena, principal director invitado de la Orquesta Filarmónica de Viena, director de la Orquesta Sinfónica de Londres y, sucediendo nada menos que a Karajan, titular de la Orquesta Filarmónica de Berlín desde 1989 hasta 2002. Después, con más tiempo y menos urgencias, equidistante de Berlín, de Viena y de Salzburg, impulsó el antiguo Festival de Lucerna para establecerlo como un nuevo faro de actividades que habría de tenerlo como su principal y más descollante referente.

Más allá de la calidad musical, de la profundidad de sus lecturas y de la capacidad para concretar con cada orquesta cada una de sus ideas, en todos estos puestos, Abbado hizo todo lo que se esperaba de él. Pero, además, se caracterizó por abrir puertas hacia otro tipo de experiencias. Por ejemplo, en la Scala, a razón de una por año, se apartó del repertorio habitual para ofrecer óperas contemporáneas. También fundó la Orquesta de La Scala para abordar un repertorio sinfónico. En la Ópera de Viena, renovó el catálogo con óperas ausentes de los programas austríacos. Por lo demás, en 1987, fundó el festival Viena Moderna, un extrañísimo evento interdisciplinario que abarcó todas las artes contemporáneas. En este sentido, Abbado jamás dejó de lado el repertorio de su tiempo y cometió osadías como, por ejemplo, estrenar obras de Luigi Nono en un lugar tan tradicional como La Scala.

Como director invitado, durante todos estos años, paseó su silueta, sus saberes y su inconmensurable talento al frente de las principales orquestas del planeta, con las cuales también dejó grabaciones memorables para los más importantes sellos discográficos. En este sentido, y por nombrar sólo dos placas de las muchas que obtuvieron premios significativos, habría que recordar el premio “Disco del año”, otorgado, en 1994, por la revista Gramophone, al registro de los conciertos para violín y orquesta de Chaikovski y de Glazunov que hizo con la Filarmónica de Berlín y la participación de Maxim Vengerov. Y, en su tiempo de supuesta postración progresiva, el Grammy que obtuvo junto a Martha Argerich en 2006 por dos conciertos para piano y orquesta de Beethoven.

Podría elaborarse un recuento infinito de logros, elogios e hitos de sus interpretaciones a lo largo de más de cuarenta años de actividad. Y, dejando de lado su ilimitada capacidad técnica para hacer congeniar un centenar de músicos en su mejor realización colectiva, habría que detenerse en la mención de las elecciones inapelables de los tempi, de ciertas lecturas ultrarracionalistas en repertorios románticos, una especie de despojadas tesis doctorales de exposición objetiva de ideas, o de interpretaciones, por el contrario, de sonidos cálidos, de pasiones intensas y de resoluciones admirables. Pero, además, el gran artista desarrolló una carrera de profunda vocación humanística y de solidaridad democrática al participar activamente en la formación de orquestas juveniles o afianzando sus desarrollos. En nuestro continente, contribuyó a la creación de la Orquesta de Jóvenes Latinoamericanos. Además, reiteradamente visitó Venezuela para apoyar ese notable emprendimiento de las orquestas infantiles y juveniles fundado por José Antonio Abreu y consolidado en esa maravillosa Orquesta Nacional Juvenil Simón Bolívar, que, varias veces, lo tuvo como director.

Para concluir y recordar a este músico extraordinario, hay que recurrir a la memoria y trasladarse al 18 de mayo de 2000, cuando debutó en nuestro país la Filarmónica de Berlín. Ese día, Abbado dirigió la Novena sinfonía de Mahler y construyó una de las jornadas más gloriosas de la historia del Teatro Colón, un inolvidable concierto de alto impacto emocional. En el final de la obra, Abbado fue llevando a la orquesta y a todo el público a la experiencia de la extinción de la música llegando al límite mismo de la inaudibilidad. Cuando el último sonido se apagó, el silencio que continuó se prolongó espacioso, inmenso, inalterable y contundente. Todos sabían que la sinfonía había concluido y nadie, absolutamente nadie, quería romper aquel instante de alta espiritualidad colectiva que Abbado había conseguido concretar. Después sí, la ovación más atronadora estalló para agradecer una experiencia artística que solamente pueden plasmar los artistas superiores. A la distancia, aquel breve minuto de silencio, eterno y sublime, puede oficiar como el más merecido homenaje a la memoria de Claudio Abbado, un artista que ha dejado una de las huellas musicales más fenomenales de cuantas se han trazado en las últimas décadas.