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EFE | Los pianistas protagonizaron el cierre del festival de jazz, con un concierto memorable que dedicaron a Paco de Lucía

Cuatro mil personas aplaudieron a los pianistas Chick Corea y Herbie Hancock en el único concierto español de su actual gira, celebrado en el pabellón deportivo de Mendizorrotza. El público no era, en su totalidad, el habitual que ha estado llenando este mismo recinto -y aún el del Teatro Principal- en días pasados, pero los pianistas dejaron satisfecho a todo el mundo. El planteamiento de su actuación, para la clausura de este festival, fluyó por veredas amables, de plácido disfrute.

La clave estaba en aquellos dos pianos de cola contrapuestos en la escena, con los dos músicos mirándose, adivinándose, confraternizando. Son los mismos que hace 37 años pusieron cabeza abajo lo que nunca estuvo cabeza arriba. Comenzaron con una especulación electrónica en la que el sintetizador auxiliar de Hancock servía de tapiz cristalino para el ensimismado fraseo pianístico de Corea. A partir de este momento, todo fue desfilando en feliz recorrido.

Escuchar a Chick Corea y a Herbie Hancock tocando juntos es identificar el mejor de los entendimientos. El reto está puesto en apoderarse de las melodías que aman, conversar entre ambos y hacerlo con diferentes palabras. Y, con todo ello, encontrar nuevos caminos para lo de siempre, ya se trate de Miles Davis o de Joaquín Rodrigo, y transformar en estándares -poniéndole la filigrana añadida- cualquier maquinación nueva que se les ocurra. Había una pulsación rítmica muy fecunda en la gramática musical de Hancock cuando acometió su «Cantaloupe island» con una prosa alborotada, chispeante, arrebatada, eufórica.

Conocimiento enciclopédico del jazz
Chick Corea, por su parte, tiene un conocimiento enciclopédico del jazz, y una agudeza especial huyendo de la estructura prevista en los lances melódicos. Sus finales indeterminados, sus mordientes en el teclado, son en él un recurso tan inteligente como las travesuras que lleva a cabo con las citas, la tonalidad y las disonancias. Tras varios años cultivando toda clase de manías melódico-rítmicas, es claro que está ahora en su momento de mayor plenitud, tal como ya constatamos hace tres años a su paso por España con aquel trío que completaban el contrabajista Christian McBride y el baterista Brian Blade.

En el final, después de hacer «All blues» y revisar a los Headhunters, quisieron hacer un trío real con el público como vértice del triángulo. El intimismo fortificado del arranque de «Spain», la composición de Corea, fue el pretexto para un espectáculo de animación cultural en el que las voces del público jugaban el papel de apoyo. El resultado solo fue pasable, pero las ovaciones cerradas del público pusieron en evidencia que una presentación de esta pareja tan bien avenida no es un acontecimiento episódico. Dedicaron, además, el concierto a Paco de Lucía, músico del que Corea reconoció que ha sido una de sus inspiraciones más importantes en su vida musical.

Brandon Lewis, el músico a descubrir
Una jornada redonda, teniendo en cuenta que el turno de la tarde estuvo adjudicado en el teatro Principal al trío del saxofonista James Brandon Lewis. Con este joven intérprete la gran música de hace cincuenta años, la de Coltrane, la de Ornette Coleman, puede estar más viva que éxitos populares de ahora mismo, y sus acompañantes –Luke Stewart desde el bajo, y Warren «Trae» Crudup en la batería- supieron ensanchar el espacio musical: hasta el territorio del jazz de avanzada precisamente.

Lewis posee una facilidad de ataque asombrosa y no hay rincón sonoro por el que no se atreva a penetrar. Desde la lírica de Don Cherry, al funk saltarín de James Brown. Todo se andará, pero si alguna posibilidad de renovación puede darse en el saxofonismo contemporáneo, la tiene entre los dedos este recién llegado a la escena del jazz.