Escrito por: Alirio Díaz (Publicado en El Impulso el 11 de Julio de 1992) | Le agradecemos al maestro Felipe Izcaray que nos haya enviado este valioso artículo

Todavía la Orquesta Sinfónica Venezuela se hallaba en una delicada y emocionante fase de reorganización cuando a mediados de 1950, con el patrocinio de la meritísima institución artística Centro Fantasías Dominicales que dirigía nuestro esforzado filarmónico Reinaldo Espinoza Hernández, tuvo la suerte de acoger en sus actividades a la joven personalidad de Sergio Celibidache. Al poco tiempo las actuaciones de este maestro, rumano de origen, nos revelaron al Maestro, al más grande de cuantos hayan podido registrar los anales culturales de Venezuela, y hoy artista máximo en el complejo arte de la dirección sinfónica. Llegaba con una carga fresca de experiencias musicales conquistadas en la Filarmónica de Berlín, de la cual asumió su dirección y, diríamos parte de su reorganización, cuando apenas concluían las horribles matanzas humanas provocadas por una humanidad de la segunda guerra mundial.

Sergio Celibidache

Casualmente, la orquesta venezolana celebraba una etapa importante: la de los veinte años de heroicos actos sinfónicos, los únicos que hasta entonces realizaba en nuestro país la tenacidad de Vicente Emilio Sojo y el fervor de un pequeño grupo de instrumentistas nacionales. Fue en 1947 cuando el conjunto obtuvo el suspirado apoyo económico de parte del gobierno, lo cual hizo posible una válida presencia de músicos de orquesta contratados en Italia y otros países europeos, por lo que la llegada de Celibidache no pudo ser más propicia para los ajustes definitivos de la sinfónica. En efecto, ésta, ya con un cuerpo de 84 músicos, al poco tiempo quedó transformada por el maestro en el instrumento ideal para profundizar capacidades, fortalecer disciplinas de trabajo y sembrar fructíferas lecciones. Para 1950 Sergio, joven de 38 años y ya entonces por los más ascendentes derroteros musicales, vino a demostrarnos que no solo sobre tradicionales esquemas técnicos debían cimentarse las ejecuciones sinfónicas, sino también sobre múltiples elementos que al fusionarse y correlacionarse constituían un núcleo propio y total. Expresado esto así podría producir algún desconcierto en nuestro medio, más al quedar ratificado ello con la demostración viva de sonidos, gestos, clímax, tensiones y pasiones, se produjo el esperado impacto público, ante el cual se sintieron emotivamente sorprendidas nuestras más relevantes figuras de la música como Vicente Emilio Sojo, Juan Bautista Plaza, Raúl Borges, José Antonio Calcaño e Israel Peña.

Si bien frente a la orquesta eran de extremado rigor sus exigencias, fuera de allí Celibidache era del porte humano más natural y sencillo. Le veíamos caminar solo por la calle, tomar el autobús, vestir de común modo tropical, y en ocasiones llegaba a complacerse en bailar ritmos latinoamericanos. Pero lo que no sabíamos relacionar con estos comportamientos eran sus principios budísticos, lo cual nos sorprendió a todos, secuaces como éramos de culturas europeas y desde luego para nada al tanto del interés o curiosidad que podían despertar en el Viejo Mundo los fundamentos de aquellos principios.

“El budismo – señalaba – no es una filosofía ni una religión, pero su disciplina espiritual contribuyó mucho en mi carrera. Sus beneficios espirituales me retribuyen estados anímicos que valorizo muy esencialmente”. (Hace poco declaraba en una mesa redonda efectuada en el país de Buda Zen: “Yo soy un hijo de esta tierra; el Japón es mi patria espiritual”). Todo esto, decía después y ya entrando en materia fenomenológica, sin alguna conexión con lo racional para acceder al vacío de la mente, al no-querer-nada, al silencio interior. De todas maneras, su formación cultural y filosófica la adquirió en Alemania, y aunque sin apartarse de sus orígenes rumanos, llegó a declarar: Yo me siento profundamente latino, combato por la latinidad: quisiera que nosotros los latinos alcanzásemos la perfección técnica de los anglosajones”.

De frente a la Orquesta Sinfónica Venezuela

De los pacientes, intensos y minuciosos ensayos, en los que se ponía a prueba la resistencia física y mental de la orquesta, aparecían los resultados definitivos. Una vez lograda su adaptación a nuestra idiosincrasia, el maestro convertía los ensayos, ya lejos del trabajo simple rutinario, en una altísima cátedra de interpretación, de ejecución, análisis, explicaciones de muchos porqué … Fue allí cuando por tratarse del caso Celibidache muchas aulas de nuestra Escuela Superior de Música cerraban sus puertas para permitir a maestros y estudiantes asistir a tan excepcionales enseñanzas en el Teatro Municipal y obtener aquí, hasta lo posible, alguna asimilación de las mismas. Pero la gran alumna del maestro era la misma reestructurada Orquesta Sinfónica Venezuela. ¡Tamaño desafío para el desfile de directores que luego pasó por el conjunto!

El primer concierto de Sergiu Celibidache se llevó a efecto el 16 de Junio de 1950, en una de las noches de música más intensas vividas en el Municipal, pues todo deslumbraba por un pathos específico. Nadie había escuchado así una Quinta Sinfonía de Beethoven, ni la Sinfonía Clásica de Prokofiev, y sobre todo aquella compleja exposición de una de las obras superiores del impresionismo musical, como es la Rapsodia Española de Ravel. Aquí Sergio trascendía de la dirección a un desdoblamiento plástico-coreográfico, convertido en un Cézanne con sonoridades; allí vimos – sentimos – sortilegios nocturnos en el Preludio de la Noche, el quid sensual de una Carmen diluida en los matices de la Habanera, un vértigo dionisiaco en la Fiesta, en fin, una España envuelta en sus colores y misterios.

Tanta apoteosis tuvo un añadido hermoso, como fue el gesto del propio Celibidache de instar a Sojo a compartir las ovaciones que el público tributaba no solo al maestro rumano y la orquesta sino además al ilustre fundador de ésta. (Una estupenda foto del momento fue publicada en el diario caraqueño El Nacional en esos días, como también un admirable artículo de nuestro crítico de música y poeta Israel Peña).

Las impresiones se extendían hasta las aulas y pasillos de la Escuela Superior en comentarios definitivos, y dirigíamos la atención especialmente a los juicios que venían de Plaza, Sojo, Borges, Estévez, los Castellanos, Lauro, Carreño y aquel agudo Oswaldo Rodríguez con su frase “¡Celibidache no es que dirige: es que toca la orquesta!”. Resultado: ¡Que ya desde entonces ni después ningún otro director pudo sacudirnos con tales intensidades y tensiones!

La generosidad tanto artística como humana del grande Celibidache – generosidad que él mismo insistió en definir años más tarde como “una fuerte tendencia a dar a otros lo que me ha sido dado”, quedó demostrada en esos mismos meses cuando aceptó extender sus conocimientos al campo didáctico, y si accedió a ello fue por haberle respondido el ambiente que se había producido con las primeras generaciones de compositores nacionales formados bajo el alto magisterio de Vicente Emilio Sojo. Esa atención de Celibidache enriqueció notablemente las capacidades de nuestros jóvenes músicos con lecciones recibidas en el mismo recinto de la Escuela Superior de Música.

Agradecido, no puedo menos que evocar así mismo un hecho personal ocurrido en esos días: mientras me obstinaba en obtener un subsidio oficial para perfeccionar mis estudios de guitarra en Europa, fue el maestro rumano el primero en firmar una carta dirigida al gobierno venezolano con tal propósito, carta que a su vez fue suscrita por un grupo de personas representativas de la cultura nacional. De alto valor para mí fue un posterior encuentro con el Maestro, cuando interpreté bajo su dirección el Concierto No. 1 para guitarra y orquesta de Mario Castelnuovo-Tedesco en el Aula Magna de la UCV el 13 de Diciembre de 1962.

Sus retornos a Venezuela

Celibidache fue invitado a reexponer los privilegios de su arte en Venezuela, a lo cual respondió con el desinterés y la simpatía de siempre. En alguna ocasión sus compromisos le permitieron conocer algo del interior venezolano en compañía de Sojo y sus discípulos, y una vez le vimos asistir a un concierto de música coral nacional en Valencia. ¿Sería en una de estas oportunidades que oyó también los cantos de nuestra naturaleza, como el de aquel anónimo pajarito que tanto lo maravillara y que aún hoy perdura en su recuerdo? Mientras él al piano trataba de remedar el gorjeo con un intervalo musical muy característico, reaccionó de inmediato la viva musa de nuestro Antonio Estévez, allí presente, concibiendo una estilización del mismo tema (fue la que más tarde apareció con el título de El Pajarito en ese hermoso florilegio de miniaturas musicales que hoy constituyen las Diecisiete piezas infantiles para piano del compositor venezolano).

Las actuaciones continuaron como un gran crescendo musical, y entre las más grandiosas – la primera en la historia de nuestras actividades culturales filarmónicas – fue la que tuvo lugar el 15 de Enero de 1952, día de los maestros venezolanos, cuando dirigió un concierto multitudinario (ante unas cinco mil personas) dedicado especialmente a nuestros escolares, educadores, estudiantes y público en general, en el Estadio Universitario de Caracas. No menos memorables las presentaciones en las que participaban bajo su dirección solistas consagrados como Nicanor Zabaleta con sus magias arpísticas, interpretando en primera audición mundial el concierto para arpa y orquesta de Salvador Baccarise; François Poulenc, el gran compositor francés, ejecutando su propio concierto para piano y orquesta; los pianistas Alexis Weissenberg, Judit Jaimes e Istvan Nadas, virtuosos brillantes en la interpretación de conciertos de Bach, Beethoven y Tchaikovsky.

En sus dos primeros viajes (1950-1951), Celibidache llegó a dirigir un total de 38 conciertos. ¡Qué experiencia para nuestros compositores, intérpretes y para nuestro público! ¡Y qué experiencia, igualmente, para el mismo aún joven e infatigable maestro rumano).

“No es de los que vienen a dirigir para llevarse unos dólares”

Ya hemos visto como el Maestro Sojo le manifestó públicamente su admiración y cómo comprendió el extraordinario legado artístico que podía dejarle a la Orquesta Sinfónica Venezuela. Continuaba siendo ésta la gran institución orquestal con que contábamos en esa década de 1950-1969. Sojo no titubeaba en ratificar por prensa sus opiniones: “Ha sido Celibidache –decía- quien mejor ha trabajado la orquesta. Otros directores vienen solo para hacer un trabajo fructífero y llevarse unos dólares…” Además de que los esfuerzos culturales del maestro venezolano habían sido reconocidos por Celibidache, éste descubrió en aquel una personalidad tan excepcional que aún hoy siente con orgullo las influencias artísticas y humanas derivadas de los repetidos encuentros entre ambos.

Fue con motivo de un festival consagrado a la memoria de Sojo que pudimos contar aquí con la última breve visita de Sergio Celibidache. El festival, celebrado a fines de 1977, fue promovido por el Instituto de Estudios Musicales “Vicente Emilio Sojo”, cuyo director, que entonces lo era el eminente pianista venezolano José Vicente Torres, comprendiendo la importancia de la presencia acá del maestro, le dirigió una especial y deferente invitación. No se hizo esperar el gran artista, pues aquí lo vimos participar, tanto en Caracas como en Guatire, sin las preocupaciones de las partituras, de batutas o baúles, en todos los actos conmemorativos. Por entonces dedicó una brillante clase magistral a los jóvenes músicos venezolanos, y dejó una admirable entrevista para “El Nacional”, que le fue hecha por distinguida periodista Teresa Alvarenga; una entrevista en la que el maestro hizo declaraciones fundamentales en torno a sus principios artísticos, sobre lo que está sucediendo en la música actual y sobre la personalidad de Sojo.

Las intensas jornadas habían cumplido su cometido, aunque fue de lamentar el no haber hallado en alguno de los actos el espacio que Sergio esperaba para pronunciar una sentida disertación que había preparado. Por fortuna, el infortunio fue reparado poco después: con el título Mi Amigo Sojo la disertación apareció en las páginas de mayor alcance público y nacional del mismo diario caraqueño el día 20 de Diciembre de 1977. En este escrito, que por su densidad y contenido necesitaría de un estudio especial aparte, luego de penetrar en singulares detalles sicológicos, el maestro rumano expresa emocionantes y evocaciones sobre el hombre y el artista que él vio en su ilustre amigo, consideraciones que hoy quedan en uno de los textos más hermosos de cuantos haya podido concebir una gran mente europea sobre un egregio artista venezolanos.

Itinerario Europeo

Tuve la suerte de presenciar parte del posterior itinerario de Celibidache, pues radicado yo en Italia, no podía renunciar a las ocasiones de readmirar la proyección de sus genialidades. A pesar de no haber estado nunca satisfecho incluso de las mejores orquestas del mundo, y esto siempre por no llenar requisitos personales, toda actuación suya era de por sí un regocijo musical extraordinario, una segura esperanza de asistir a la chispa del último descubrimiento, al encuentro de nuevas magias del sonido.

De la severidad en lo que exigía nos dimos cuenta en los cursos de verano que ofreció en la Accademia Chigiana de Siena, en los que de un arduo trabajo teórico, físico, intelectual y mental que podía durar de 8 a 9 horas diarias, se pasaba a la acción viva con la orquesta. Aquí sobrevenían los detalles del gesto, del movimientos, tensión, relajamiento, complejos asuntos fenomenológicos de la obra musical y de las correlaciones que habían de fusionarse en un contexto unitario (He de señalar a dos destacados participantes venezolanos a los cursos de la Academia Chigiana, Gonzalo Castellanos Yumar, compositor y director, y Marçal Gols, director. Al primero debí una preciosa relación sobre el examen de admisión y el desarrollo de los cursos. La Academia culminaba entonces en ápices insólitos con las sabidurías de Pablo Casals, Alfred Cortot, Georges Enescu, Andrés Segovia, Nicanor Zabaleta, Guigo Agosti y Ferdinando Germani).

Como ya hemos aludido antes, Celibidache había sido llamado a dirigir y reestructurar la Orquesta Filarmónica de Berlín en 1945, frente a la cual estuvo hasta 1952, a menudo con la colaboración de Furtwängler. Por personales desaveniencias renunció y se alejó de allí para nunca más volver.  (Ha sido en la primavera de este año [N. De FI: 1 de Abril de 1992] cuando aceptó una invitación para dirigir un concierto benéfico con el célebre conjunto). Desde 1979 asumió la dirección permanente de la no menos célebre Orquesta Filarmónica de Munich, orquesta casi centenaria que tuvo entre sus directores permanentes o huéspedes a figuras cimeras de la música como Richard Strauss, Max Roger, Gustav Mahler y Wilhelm Furtwängler.

Ha sido con la Munchner con la que Celibidache ha podido realizarse mayormente. Satisfechas sus exigencias –estreno de obras capitales de hoy y de ayer, renovación de la interpretación y del repertorio sinfónico, un trabajo inaudito, disciplinario, de doce horas o más para los ensayos, renuncia decidida a las tentaciones del consumismo discográfico, etc., hizo de esa orquesta lo que prometió hacer desde un primer momento: “Haré de ustedes una orquesta de clase mundial…”

Para el mes de Mayo de este año el maestro y su conjunto habían programado una gran excursión concertística por algunos países latinoamericanos, incluyendo a Venezuela. Molestias de salud impertinentes impidieron la realización del ansiado y trascendental proyecto…

Es en estos días cuando el mundo musical europeo concentra su atención en la excepcionalidad del artista, de este conquistador de ocho décadas de la vida y la gloria que se llama Sergio Celibidache, a quien desde ya consagramos este cariño venezolano.

Roma, Julio 10 de 1992