Vía: www.elmundo.es/ Por JAVIER BLÁNQUEZ

El secreto del éxito de Cecilia Bartoli es como el secreto del acero en las historias de Conan, el Bárbaro: sólo lo conocen los dioses. Sin embargo, ahí está, en la cima de la ópera mundial desde hace más de 15 años sin disfrutar de esas ventajas -limitaciones de la tesitura vocal, el hándicap de cualquier mezzo- que benefician a las sopranos de timbre agudísimo y pulmón explosivo. No pudiendo cantar Tosca, se tiene que conformar con Cerenentola; no pudiendo ser Traviata, le queda Rossina. Y, aún así, ha ganado.

Todo comenzó con Vivaldi: el disco que dedicó en 1999 al repertorio operístico de Il prete rosso vendió inesperadamente un millón de copias y nadie entendió por qué. Salvo por la flexibilidad de su voz, sus piruetas imposibles y -he aquí probablemente el secreto- la calidad de una música escondida entre los pliegues de la historia, que nadie antes se había molestado en exhumar.

“De joven, cuando estudiaba en el conservatorio de Santa Cecilia en Roma, me gustaba Vivaldi”, cuenta Cecilia en un impecable itañol en el bar de un lujoso hotel barcelonés. “Pero lo que escuchaba eran Las cuatro estaciones, los conciertos, su música sacra. Casi nadie se había molestado en investigar su ópera, que fue lo que más escribió Vivaldi”.

Aquel trabajo, The Vivaldi album, convirtió a la mejor mezzo de su generación -excelente en sus interpretaciones de Rossini y Mozart- en un fenómeno popular incontrolable, en una rara avis lírica impredecible. “En la discográfica me decían que no grabara esas arias, que sería un fracaso. Pero yo creí en la fuerza de Vivaldi, quise hacerlo. Fue un descubrimiento para mucha gente”.

Ahora que vuelve a España para girar por tres ciudades -hoy lo hace en Barcelona, en el Palau de la Música; el jueves 5 cantará en Pamplona (Auditorio Baluarte) y el día 8 en Valencia (Palau de la Música)-, Vivaldi vuelve a estar en el programa. Para ella siempre hay una buena ocasión para cantar arias míticas de su repertorio como Agitata da due venti, aunque la novedad que lo ha puesto todo en marcha es St Petersburg (Decca-Universal, 2014), otro disco conceptual que desentierra rarezas que no se habían interpretado desde hacía siglos.

“En el XVIII muchos compositores emigraron a Rusia en busca de trabajo. Era como ahora, no siempre tenías oportunidades en tu país. Las zarinas de la época, Ana o Catalina la Grande, invitaron a muchos músicos napolitanos para que escribieran óperas para la corte”, relata Cecilia. Y fue la curiosidad por saber cómo sonaban aquellas piezas la que le motivó a embarcarse en una ventura de búsqueda de manuscritos.

“Las partituras nunca salieron de Rusia. Las zarinas exigían exclusividad y no se pueden encontrar en Italia, ni en ninguna parte. Así que fui a buscarlas a Rusia”, explica, mientras relata un periplo polar en pleno marzo, a bordo de un barco rompehielos -Bartoli le tiene aversión a los aviones y sólo se sube a uno si no queda otra- y una tenaz insistencia para consultar los archivos del Teatro Mariinsky y vencer la resistencia de su todopoderoso director, Valery Gergiev, “que es muy celoso de los tesoros rusos”.

St Petersburg exhuma partituras -no siempre magistrales, pero sí con gran valor arqueológico- de expatriados napolitanos como Cimarosa, Araia, Manfredini y su asistente alemán, Raupach, que vivieron de vender su talento a la corte rusa. No aparece el valenciano Vicente Martín y Soler, uno de los compositores preferidos de Catalina II -“lo sé, es una pena, quiero hacer una segunda parte porque se ha quedado mucha música fuera y quería centrarme en los músicos italianos”, reconoce Bartoli-, pero eso no significa que haya alejado su atención de España. Uno de sus mejores discos conceptuales sigue siendo ‘Maria’ (2007), centrado en el repertorio popularizado por María Malibrán, la primera gran estrella europea de la ópera en el XIX, y hasta acepta consejos para futuros proyectos: explorar la otra gran voz histórica española, Conchita Supervía, mezzo sobresaliente para la que Falla y Turina escribieron canciones ya clásicas.

Pero por ahora, su próximo proyecto le lleva por primera vez al siglo XX. Heterodoxa como nunca, adicta a la sorpresa, Cecilia Bartoli prepara su debut en el rol de Maria en el musical West Side Story, la obra maestra de Bernstein, que se estrenará en mayo en la edición de Semana Santa del festival de Salzburgo, bajo la dirección musical de Gustavo Dudamel y con dirección de escena de Phil McKinley, uno de los hombres más poderosos de Broadway. “Bernstein quiso siempre que esta música la pudieran cantar voces operísticas. ¿Recuerdas que grabó un disco con Josep Carreras y Kiri Te Kanawa?”. El papel de Maria está escrito originalmente para soprano, pero a Bartoli -una vez más, su secreto- estas limitaciones no le arredran: su voz escala montañas.

Embarcarse en West Side Story implica que tendrá que dejar de lado por ahora algunos proyectos muy deseados por sus fans, como Poppea en la ópera final de Monteverdi -“no sé si haré Poppea, es un papel muy bonito pero no tengo planes, aunque sin duda me gustaría grabar un disco centrado en Monteverdi”-, y por supuesto Carmen. “Carmen es un papel que cantaré, pero no sé cuándo. Necesita una cantante joven, con la mirada feroz, pero a la vez una mujer con experiencia, y combinar esos dos factores es difícil. Se supone que si eres mezzo tienes que cantar Carmen, pero no es una prioridad. Nunca hago lo que se espera de mí».

En cambio, proseguirá con uno de sus grandes hallazgos de los últimos años: Norma en su tesitura original de mezzo, la que escribió Bellini para Giuditta Pasta. “Es un papel que se han apropiado las sopranos líricas, pero creo que nuestra visión, a partir de la edición crítica de la partitura es un descubrimiento que sigue sorprendiendo a la gente. Norma es además un personaje que me gusta más, me parece una mujer más interesante que Carmen”.

Lo que no cambia es la agenda escurridiza de Bartoli: canta poca ópera a lo largo del año -principalmente en Zúrich, o en Salzburgo-, y no por falta de ofertas. Pero su movilidad no es la del resto de las divas del momento, que cruzan el planeta de punta a punta a velocidades supersónicas. Reticente a subirse a un avión -incluso esboza un gesto de disgusto cuando oye la palabra-, prefiere moverse lentamente y cambiar de continente lo menos posible.

“No siempre lo evito: he cantado en China, en Australia…”, explica. “Pero para mí no es la manera ideal de viajar. Los aviones son rápidos, y por eso son peligrosos: existe la tentación de cantar en ciudades muy lejanas y dar grandes saltos. Destroza tu cuerpo y tu voz: gripes, jetlag, afonías, cansancio. En vez de estar una semana en Nueva York antes de cantar, prefiero viajar cinco días en barco. ¡El barco es maravilloso! Y no sabes lo bien que viene el aire del mar para los pulmones”.