La propuesta musical del guitarrista consiste en un pulso en el que no hay un dominador definido. En algunos pasajes la balanza se inclina hacia la salsa mientras que en otros prima el rock.

Vía:  www.elespectador.com
Por Juan Carlos Piedrahita B.

Carlos Santana es un ensamble latino al servicio del rock. La disposición que tiene sobre el escenario el grupo del guitarrista nacido en Jalisco, México, pero radicado en Estados Unidos desde los primeros años de la década del 60, puede suponer o bien una descarga de aires tropicales o una avanzada de sonidos cercanos a las manifestaciones anglo.

Lo curioso en el caso de este guitarrista veloz es que en el pulso musical no hay un dominador definido porque en algunos pasajes la balanza se inclina hacia la salsa y el jazz latino, mientras que en otros se destacan los golpes de batería y los punteos de las cuerdas en su versión más electrificada. El resultado de esta confrontación rítmica y melódica es un diálogo afortunado, lúdico y, sobre todo, pluricultural.

El chicano Carlos Santana, que en los 70 siguiendo sus influencias espirituales adoptó el nombre de Devadip, camina por todo el frente de la tarima con su guitarra y se ve cómo durante ese desplazamiento le da la espalda a un ensamble percutivo impecable, en el que se rotan el comando el timbal, el bongó, la tumbadora o la conga.

En su música no hay una guerra pera establecer cuál intérprete logra exhibir más sus destrezas y habilidades, simplemente se complementan, se ayudan y su compenetran para hacer que la ejecución de piezas como Oye cómo vaSamba pa’ti y No One To Depend On, entre muchas otras, sea una experiencia sabrosa, enriquecedora y vital. Cuando Santana llega al otro extremo del escenario, ahí lo recibe el rock en su más pura expresión con teclado, bajo, guitarras armónicas y, cómo olvidarlo, batería.

A grandes rasgos, así fue su comportamiento en el Festival de Woodstock en 1969 cuando se sumó a la gran oleada casi universal por el amor y paz. También mostró la misma nómina en su primera presentación en Colombia a comienzos del 70, repitió en 1996 cuando alternó con Soda Stereo en el estadio El Campín, en Bogotá, y reprodujo el esquema en su concierto del 2009, año en el que se dijo que haría una versión especial de El ratón junto al puertorriqueño Cheo Feliciano aprovechando la presencia de varios artistas de la Fania en la capital colombiana.

Sin embargo, lo que sucedió allí fue totalmente contrario porque a los salseros los trataron como a músicos de segunda y los obligaron a desalojar el escenario para darle paso a Carlos Santana y su corte, los exponentes principales durante aquella jornada de sintonía entre la salsa clásica y uno de los clásicos del rock.

El 20 de julio de 2017 Carlos Santana llegó a los 70 años y, al parecer, piensa seguir creciendo al ritmo de su guitarra porque como él mismo dice citando a Bob Marley: “el futuro es brillante, fructífero y positivo”.

Durante esa noche, memorable para los rockeros y desafortunada para los salseros, el guitarrista tocó más de dos horas y realizó un recorrido emotivo por los temas más representativos de sus álbumes de antaño, pero también mostró que no se quedó en el pasado y que en el último lustro ha publicado temas exitosos sin la necesidad de recurrir a fórmulas facilistas.