El estreno de «Madama Butterfly» se le conoce como «el desastre de la Scala», uno de los fracasos más estrepitosos del mundo de la lírica.


Vía: www.larazon.es | Por Gema Pajares

Imborrable el recuerdo de la noche del 17 de febrero de 1904, en pleno carnaval milanés. «Noche tumultuosa, casi rabiosa. El primer acto fue acogido con frialdad. El público se mostró despechado por el resurgimiento de algunos comienzos de melodía típicos de la manera pucciniana: la manera personal del autor, fin de cuentas.

Pero esa noche el público no la quería. La sala aparecía deslumbrante y temible. Fue una de las más veladas de La Scala y se resolvió en una de las más clamorosas, salvajes, espantosas premieres, con gritos, siseos, huracanes de protestas y continuas silbatinas. El público parecía poseído por una voluptuosa manía demoledora. En el segundo acto (…) la hostilidad de los espectadores –que se incitaban unos a otros como invadidos por un acre deseo de destrucción– era tan furiosa que comenzaron a gritar con cualquier pretexto. Se produjo un fenómeno que a veces ocurre en el teatro: la multitud desencadenada parecía feliz de derribar a su ídolo». Así describía la inolvidable noche Arnaldo Fraccaroli, amigo del alma de Puccini y autor de cuatro libros sobre el compositor. Don Giacomo no se rindió, todo lo contrario porque, asegura el íntimo, amaba su obra y confiaba en su trabajo: «Enfrenté la tormenta con un áspero sentimiento de rebelión. Quería demasiado a esa criatura mía para poder creer en la serenidad de un juicio que tan mezquinamente la ofendía. Además, ¿podríamos habernos equivocado todos: yo, el maestro Campanini, Giulio Ricordi, los artistas, los profesores, todos los que habían asistido a los ensayos, los que se habían conmovido?», escribe «Fraka», como era conocido, que decía el músico. Después de varias reescrituras y reformas de alguno de sus actos, la criatura volaba. Y solo unos meses después se hacía grande, enorme en Buenos Aires. Su leyenda empezaba ahí y no haría sino crecer. O quizá partió su agigantarse de aquella pitada mayúscula.

Lo cierto es que Puccini se arrancó la espina, tal era su confianza