El filme de Robert Budreau bucea en la tormentosa vida del legendario trompetista con una soberbia interpretación de Ethan Hawke


Vía:  www.lavanguardia.com | Por Astrid Meseguer, Barcelona

Grandes músicos han visto truncada su carrera debido al consumo de heroína. Janis Joplin, Jim Morrison o Jimmi Hendrix son algunos ejemplos de artistas que murieron demasiado jóvenes por culpa de una adicción fatal que ha estado unida irremediablemente al mundo del espectáculo. Chet Baker no fue diferente. El legendario trompetista estadounidense tocó el cielo en los años 50 en locales como el mítico Birdland de Nueva York y una década después paseaba su creatividad en garitos de poca monta, intentando rescatar los aplausos que un día le dedicaron sus enfervorecidas fans.

El director Robert Budreau ha querido rendir homenaje en Born to be blue a la figura de este músico cuyo atractivo le valió el apodo de ‘James Dean del jazz’. La sensualidad con la que tocaba la trompeta, su mirada inquieta y su forma seductora de cantar, saboreando cada palabra como si quisiera atraparla en el tiempo, están presentes a través de la extraordinaria actuación de Ethan Hawke, que compone un personaje vulnerable de mirada melancólica. El intérprete de Boyhood asume un rol que le lleva a adentrase en el mundo de autodestrucción personal por el que deambuló Baker y que contrasta con la belleza de su música. Siempre sincera, siempre eterna.

Robert Budreau rinde homenaje a la figura de un músico cuyo atractivo le valió el apodo de ‘James Dean del jazz’

El filme fue muy aplaudido tras su paso por el festival de Toronto en 2015, pero en España no llegó a estrenarse en el cine. Ahora nos llega en formato DVD y es una ocasión ideal para conocer de cerca los demonios y las pasiones de este artista maldito.

Como Charlie Parker, Billie Holliday, Bill Evans o Miles Davis, Baker se destrozó con las drogas hasta caer en lo más profundo de un pozo sin fondo. Decía que le ayudaban a tocar mejor. Colocarse le hacía feliz y aseguraba que no era culpa de nadie. Él asumía de esta manera sus propias consecuencias. Así fue como condujo su existencia desde lo más alto a un ocaso que lo erigió en otra víctima más de las adicciones y los excesos.

La película arranca en Italia en 1966 con un Baker en plena decadencia física encerrado en una cárcel junto a su inseparable trompeta. Le visita por sorpresa el productor Dino de Laurentiis, que quiere relanzar la carrera del músico en el cine con un filme sobre su vida. En ese momento la fotografía respira colores vivos, pero cuando se trata de recrear el pasado, la cámara de Budreau se tiñe de blanco y negro. Un giro radical a una época en la que hubo esplendor y autógrafos hasta que se cruzó por el camino una oscura y silenciosa compañera de viaje.

Durante el rodaje del filme, Chet se enamora de la actriz que interpreta a su mujer. Jane (Carmen Ejogo) se convierte en su balsa, le da el amor y la atención que necesita y durante la época que están juntos el protagonista empieza a sustituir la heroína por metadona. Un proceso que no resultará fácil. Al poco tiempo de salir juntos, Chet recibe una paliza por parte de unos traficantes que le destrozan la mandíbula. Su regreso al podio se tambalea. Ya no puede tocar la trompeta como antes.

El realizador se centra entonces en mostrarnos una historia de amor atípica e interracial. Jane está siempre a su lado. Le apoya y le anima en su regreso a los escenarios mientras ella intenta buscar su lugar como actriz. “Hola miedo. Hola, muerte” susurra el icono del jazz caído en desgracia mientras pasea por calles desiertas que exhalan nostalgia. Desde una caravana plantada frente a la playa, la pareja planea un futuro mejor que dejará un reguero de sudor y lágrimas por el camino.

Born to be blue no es un biopic al uso. Rescata la imagen de un icono y eleva su legado sin regocijarse en un drama estereotipado. La historia de Chet Baker es una historia dramática, sí, pero también cuenta su proceso de rehabilitación, su amor infinito por el jazz y el ambiente que le rodeaba, donde no faltaban féminas que le servían a escondidas cualquier tipo de droga.

El príncipe del estilo cool dotó de enigmático erotismo el tema ‘My funny Valentine’, que resulta igual de conmovedor en la voz casi rota de Hawke. Baker consiguió resurgir de sus cenizas, aún con dentadura postiza, y volvió a grabar y tocar hasta buena parte de los ochenta. Jane ya no estaba a su lado, pero la relación que mantuvo con ella le ayudó a levantar el vuelo, aunque fuera solo durante un tiempo. Enganchada a las drogas, su alma en pena continuaría vagando por escenarios europeos hasta que se topó con una trágica muerte (no podía ser de otra manera) en un hotel de Ámsterdam el 13 de mayo de 1988.

Budreau evita mostrar los últimos años de la leyenda y se queda con la historia de un hombre que se hizo y deshizo a sí mismo, a la vez que hace hincapié en su episodio romántico con Jane, la mujer que le acompañó en uno de sus momentos más duros. Un relato triste y conmovedor de un talento que se consumió entre jeringuillas y que contrasta con la música elegante e hipnótica que nos dejó de recuerdo.