La obra de Alberto Ginastera -prohibida en su país, Argentina, por su carga sexual- llega a Madrid entre recuerdos de aquel impacto


Vía: www.elmundo.es | Por Darío Prieto

“Cuando se estrenó Bomarzo, la entonces primera dama de Argentina, María Emilia Green Urien, esposa del militar Juan Carlos Onganía, dijo que qué era aquella porquería”. La soprano Isabel Penagos (Santander, 1931) estuvo presente como cantante en el estreno de la ópera en Washington, en mayo de 1967, y también estuvo presente en los tensos momentos en que todo el equipo artístico viajó hasta Buenos Aires para el estreno en el Teatro Colón, que nunca se llegó a realizar por la prohibición del gobierno militar de entonces. Aquello fue un mazazo para el compositor Alberto Ginastera (Buenos Aires, 1916- Ginebra, 1983), autor de la partitura de la ópera a partir de una novela de Manuel Mujica Láinez (Buenos Aires, 1910 – Cruz Chica, 1984). Ginastera, considerado ya entonces uno de los grandes compositores latinoamericanos, había volcado su creatividad en esta pieza sobre el condottiero renacentista Pierfrancesco Orsini y sus relaciones bisexuales.Georgina Ginastera, hija del compositor, recuerda desde Argentina que “la prohibición del gobierno militar consideraba que la obra estaba llena de sexo, alucinaciones y astrología. De hecho, ese mismo gobierno llegó a prohibir todo lo relacionado con la astrología, por considerarla contraria a la religión católica”. Aquella censura “causó un gran impacto general y familiar”, según recuerda Georgina. “Durante los cinco años en que no se pudo representar Bomarzo, hasta 1972, mi padre prohibió que sus obras fuesen ejecutadas en el Colón”. Ginastera tenía “un gran deseo de que la ópera triunfase”, y esa imposibilidad de verla en escena “llevó a un deterioro a la familia; un par de años más tarde mis padres se separaron, mientras yo estaba estudiando en París, así que tampoco pude vivir el drama demasiado de cerca”.Ahora, medio siglo después de aquel escándalo, Bomarzo llega al Teatro Real de Madrid con un montaje que se estrena el próximo día 24 y que cuenta con dirección musical de David Afkham (responsable de la Orquesta Nacional de España) y con Pierre Audi como director de escena. Una oportunidad para recuperar una ópera “que no ha sido totalmente comprendida”, en palabras de Georgina Ginastera.

Para ella, igual que para su padre, Orsini no era un arquetipo del Renacimiento, “sino un hombre de su tiempo” y sostiene que “todo lo que le pasa a él nos puede pasar a nosotros: el deseo de ser inmortal, los amores contrariados, las relaciones familiares conflictivas… A mi entender, es la ópera más importante de las tres que hizo y da para todo“.

La obra sinfónica y para piano de Ginastera son un must dentro del repertorio concertístico actual, aunque no sucede lo mismo con sus óperas. “Con éstas, y con las obras de su última época no tuvo tanto éxito. No quería volver a los Malambos y, en cierta forma, este Bomarzo está en un lugar intermedio”.

Por eso sostiene que “falta mucho para que sea reconocida” y ahora, un año después de los actos del centenario del nacimiento del compositor, es cuando se empiezan a recoger algunos frutos de esa recuperación de su repertorio no tan conocido.

“De alguna forma, esta ópera marca una ruptura de mi padre con lo argentino y lo latinoamericano. Frente a otras piezas donde se nota una mayor influencia de la música del norte del país, más andina, ésta representa una cosa nueva”, asegura su hija. También subraya que nunca estuvo contento del todo con las representaciones del personaje principal que se hicieron de los montajes que él presenció. “Para él no estaba tanto en lo jorobado ni la corona, sino en un hombre sufriente, como todo ser humano, que ama a una mujer más que a otra. Que tiene, sí, querencias bisexuales. Y en el que su deformidad es simbólica”.

Georgina señala que Bomarzo “se ha convertido en un icono de la censura, como protesta de una derecha recalcitrante frente a la libertad de creación”. Sin embargo, la hija apunta la paradoja inherente en ello: “Mi padre era tremendamente católico y ante las cartas de sacerdotes que protestaban por el contenido de la ópera, se sintió en soledad. No diría que fue un hombre conservador, pero sí discreto. Ahora bien, siempre creyó en la separación entre la vida y el arte. Y en éste consideró que debía imponerse la libertad total de la creación“. Un poco como si el sexo fuese un catalizador para contar cosas. “Buscó distintas áreas de la música para expresarse, desde la nostalgia de sus piezas para piano a la religiosidad de sus coros”.

Algo en lo que coincide Penagos al recordar su relación con el compositor y con el libretista. “Ginastera era un señor tradicional, pero que había sabido ver lo que había en la obra de Mujica Láinez, que era homosexual y con el cual mantuve una relación excelente. Ambos fueron dos personas de una gran valía“.

“En aquel primer montaje, cuyo director de escena fue Tito Capobianco, el texto estaba subrayado por la música. Y la música estaba muy de acuerdo con lo que se contaba”, evoca Penagos. Por eso bromeaba cuando le avisaron del supuesto contenido sexual que iba a tener el montaje. “Intentaron convencerme, pero les dejé claro que yo no me desnudaba en escena. Que, si acaso, me llevaba las pastillas anti-babys por lo que pudiera pasar”, se ríe. En cualquier caso, y a pesar de las diferencias de criterios morales que pudiese haber en el equipo que levantó aquel primer Bomarzo, la soprano sostiene que “la gente culta se muere de risa con consideraciones como las que algunos plantearon entonces, porque en el arte no se va a la letra pequeña, sino al sentido general de todo”.

Por eso se enorgullece de haber sido a lo largo de su carrera “como un saco” en el que los directores podían depositar todo lo que ellos consideraban oportuno para que la ópera llegase a buen puerto y el resultado fuese satisfactorio.