Vía: lanacion.com.ar, Por Por Pablo Kohan

Gustavo Dudamel pareciera no tener techo ni límites. A sus 33, ha recorrido un camino extenso y exitoso, y su nombre es tan rutilante como el de otros directores de orquesta que le llevan una o varias decenas de años. Ya ha estado frente a las orquestas más prestigiosas del planeta y su repertorio se va ensanchando sin dejar de recoger elogios y ponderaciones. Pero no todo es dirigir conciertos y óperas por todo el mundo. Ahora, tal vez para causar un nuevo asombro, se ha editado el compacto con la música que compuso para Libertador, una película biográfica y dramática que pasa revista a la vida de Bolívar, recién estrenada en Venezuela. Habida cuenta de que, cronológicamente, la música está anticipando al film, simplemente desde los sonidos, es difícil imaginar a Libertador como una película de acción, afirmación que no debe ser entendida en desmedro de la partitura, prolijamente compuesta, con muchos atractivos y muy bien interpretada por la Sinfónica Simón Bolívar, obviamente dirigida por Dudamel.

Dudamel y John Adams

Dudamel y John Adams

Los diecisiete tracks del álbum van construyendo, por acumulación, un cuadro general pacífico, tranquilo, algo nostálgico si no francamente melancólico que no parece corresponderse con el Bolívar histórico, un militar libertario, un político avezado y un hombre de acción. Cada título refiere a una situación personal, a un momento determinado, a personajes, a hechos históricos puntuales y a estados de ánimo. En el booklet, que incluye la cronología de la vida de Bolívar, Dudamel señala que ha buscado la sencillez, como si le otorgara a la música una función meramente decorativa, sin la intención de interferir en la construcción del discurso cinematográfico que él considera prioritario. En este sentido su contribución estaría en las antípodas de lo que hizo Prokofiev cuando, en 1938, aportó una partitura genial para Alexander Nievsky, que dio pie a que Sergei Eisenstein repensara y filmara nuevamente más de una escena.

La música de Dudamel es tonal, decididamente tradicional, sin ninguna experimentación compositiva ni contactos con las corrientes de la autodenominada música contemporánea. Con sonidos muy cercanos a la new age de hace algunos años, matizados con flautas étnicas y las voces de un coro infantil, todo se desenvuelve con las cuerdas en el primer plano. Los esperados ritmos venezolanos, con su pujanza y esas pautas y figuraciones características, sólo aparecen en el cuadro del destierro, que recuerda el discurso de Angostura, y en el de la batalla de Boyacá. El resto es todo meditación, poesía y moderación. El componente cíclico está presente en el final. Después del bello cuadro dedicado a la muerte del Mariscal, en modo mayor, calmo y con una voz infantil sin texto, llega “El último viaje” que remite, muy sutilmente y flauta de por medio, a “¿Quién puede detener la lluvia?”, el número inicial.

No sabemos si Dudamel, que llegó a esta banda de sonido casi de casualidad, insistirá en la composición. Desde el mero prejuicio, alguien podría intuir que sus alcances compositivos son limitados y que no podría avanzar más allá del supuestamente campo menor que es el de la música de películas. Seguramente él tendrá la última palabra. Sus innumerables viajes, sus fulgurantes apariciones como director por todo el mundo, sus largos ensayos y sus infinitas horas de estudio para poder abarcar más y más obras no parecen ser un impedimento para no intentar dedicarse a algo más. El tiempo y Dudamel dirán