Daniel y Michael Barenboim, Kian soltani Obras: Trío en Mi bemol mayor Opus 1, N° 1; Trío en Re mayor, Opus 70, N° 1 “Fantasma”; Trío en Si bemol mayor, Opus 97, “Archiduque”/ Intérpretes: Daniel Barenboim (piano), Michael Barenboim (violín), Kian Soltani (violonchelo) / En el Teatro Colón.,Daniel y Michael Barenboim, Kian soltani / Nuestra opinón: excelente

Vía: www.lanacion.com.ar | Pablo Gianera

En este Festival Barenboim, el concierto de cámara en trío era para muchos la joya del año. No se equivocaban. Realmente Daniel Barenboim, su hijo Michael y Kian Soltani dieron una lección camarística. Pero fue también una de esas lecciones que le gusta dar a Barenboim: la cuestión no fue poner literalmente en escena el más auténtico arte del trío -aunque sin ese supuesto nada más habría sucedido-, sino mostrar un despliegue en escala de la poética de Beethoven. Entre el Opus N° 1 y el Opus 97 median casi dos décadas que son todo un mundo, aunque también la evidencia de una continuidad.

Resulta realmente increíble que la ouvrebeethoveniana se haya arrancado a sí misma de la nada con el Trío Opus 1 N° 1: tan maduro es su vínculo, y a la vez tan grande su distancia, con la plenitud del clasicismo vienés. El propio Maestro lo dijo hace unos días: “Yo diría que este trío marca un nuevo comienzo”. Justamente así debería escucharse el Allegro: el élan inicial de Barenboim padre no pudo hacerle más justicia a ese Beethoven tempranísimo. En el Adagio, en cambio, fue decisiva la contención, la pericia para que no esté nunca todo a la vista. Hay que decir que Barenboim-Barenboim-Soltani consiguieron mostrar el origen y el curso que tomaría Beethoven.

Claro que un trío es un diálogo de tres, pero también de solistas y, en ocasiones, de pares. La comunicación de Michael Barenboim y Soltani no tiene interferencias. El Largo del Fantasma constituyó en sí mismo un milagro de concentración: una auténtica animación suspendida de tipo específicamente musical.

Charles Rosen observó en uno de sus libros que casi podría formularse una regla general aplicable a Beethoven según la cual cuanto más extensa es una obra más sencillo es el material que la compone. Esto último vale particularmente para el Trío en Re mayor Opus 70, N° 1. Ya en el primer movimiento, Barenboim-Barenboim-Soltani delinearon con la mayor nitidez la concentración del material temático.

Cualquiera que ame el arte de Barenboim (y más todavía al Barenboim camarista) no podrá evitar que se le presente como nostalgia la versión estremecedora del Fantasma que hizo con Jacqueline du Pré y Pinchas Zukerman. En este caso, como en el otro, Daniel es el primus inter pares que dirige desde el piano. Pero también es necesario concebir este trío y su Fantasma como un nuevo comienzo.

El Archiduke corresponde al final del llamado período medio de Beethoven, y en verdad aparecen en él ciertas estrías, ciertas hendiduras que anticipan su estilo tardío. Ya en el principio, en el primer compás del Allegro moderato sucede algo significativo: el carácter épico es contrariado por la indicación de piano dolce, como si, en las agudas palabras de Theodor Adorno, se leyera una epopeya de Homero para sí mismo y en voz baja.

En esa época de Beethoven, los adornos empiezan a no tener ninguna condición ornamental, esto lo sabemos. En cuanto suspensión o transformación constituyen la estructura de la pieza, pero esto, que puede ser claro en la teoría, es más arduo en la práctica. El tratamiento fue en este caso magistral. Por su lado, las variaciones del movimiento lento tuvieron un delineamiento de una transparencia sorprendente.

El de los dos Barenboim (Daniel y Michael) y Soltani es un trío que parece tocar desde hace años, tanto es el nivel de su sobreentendimiento, y sin embargo consiguen mantener ese asombro mutuo de quienes acaban de conocerse y no quieren que la conversación termine por nada del mundo.